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Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

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Apuestas erróneas

En días recientes, la Revista Factum publicó un reportaje sobre los costos de la implementación del bitcoin en El Salvador. En la publicación se reveló que el Gobierno salvadoreño gastó alrededor de $4.7 millones para el desarrollo del software de la Chivo Wallet y para el funcionamiento y mantenimiento de 255 cajeros Chivo. Pese a la millonaria inversión, y tras más de un año desde que la ley bitcoin entró en vigencia, es más que evidente que esa apuesta gubernamental no resultó como se esperaba. De hecho, la última encuesta del Instituto Universitario de Opinión Pública (Iudop) reveló que esta es la medida más impopular del gobierno de Bukele, pues 77 de cada 100 salvadoreños opinan que la implementación del bitcoin en el país ha fracasado1. Pese a ello, el presidente Bukele anunció el pasado 17 de noviembre, que El Salvador compraría un bitcoin diario a partir del 18 de noviembre. La insistencia en mantener a flote un proyecto que ha sido rechazado por la mayoría de la población revela que la intención es favorecer intereses económicos de grupos cercanos al presidente de la República. Pero mientras se continúa derrochando dinero para mantener la circulación del bitcoin en el país y mientras se continúan privilegiando las apuestas económicas de grupos empresariales cercanos al poder Ejecutivo, el año se acerca a su fin con otras serias problemáticas que han quedado desatendidas o no son han sido prioridad para el Gobierno. No es ocioso insistir en ellas, pues tienen que ver, nada más y nada menos, que con el sostenimiento de la vida de la población. En El Salvador miles de personas no cuentan con ingresos suficientes para comprar alimentos. Según reportes del Programa Mundial de Alimentos (PMA), unas 60 mil personas afectadas por la pandemia de covid-19 y por fenómenos climáticos han recibido asistencia alimentaria por parte de organismos internacionales en distintos municipios de siete departamentos del país. Sobre esta problemática, ya varias organizaciones sociales han llamado con sentido de urgencia al gobierno para que priorice la producción de alimentos a nivel nacional debido al encarecimiento de la canasta básica y al impacto en los cultivos, ocasionado por los fenómenos climáticos. En la misma línea, durante la última semana, organizaciones que promueven el derecho humano al agua han denunciado que el presupuesto para el año 2023 asignado a la Autoridad Salvadoreña del Agua (ASA) destina muy pocos recursos para la gestión del agua. Representantes de la Alianza Nacional contra la Privatización del Agua señalaron que, de $17.4 millones asignados a la ASA, solo $735,791 se utilizarán para financiar la gestión hídrica, mientras que $5.2 millones se destinarían al pago de salarios. Por su parte, la Mesa contra la Minería Metálica denunció que el proyecto de presupuesto general del Estado 2023 excluye los rubros presupuestarios destinados al cierre técnico de minas y a la reconversión de la minería artesanal y a la remediación ambiental de los impactos ambientales ocasionados por las actividades mineras. Curiosamente, en la última Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 27), el ministro de Medio Ambiente, Fernando López, denunció la existencia de proyectos mineros cercanos a las fronteras salvadoreñas que “atentan contra nuestros ecosistemas, y nuestra soberanía. Hacemos el llamado a la solidaridad, la cordura y las buenas prácticas”. Sin embargo, a nivel de país, ha quedado demostrado que se han hecho muy pocos esfuerzos para frenar las amenazas de la minería metálica. Por ello, en medio de la discusión del presupuesto general del Estado para 2023, no queda más que seguir insistiendo en que hay problemáticas que no se resuelven con promesas o con propaganda, se resuelven destinando un presupuesto justo para atenderlas y eso no está ocurriendo. ____________________________________________________________ Referencias: 1. Ver boletín: La población salvadoreña opina sobre la situación económica familiar, la implementación del bitcoin y el régimen de excepción, disponible en https://uca.edu.sv/iudop/publicacion/encuesta-sobre-coyuntura-nacional-2/ * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 112.

Nov 30, 20225 min

Juventud en tiempos de covid

En nuestros países centroamericanos tenemos la tendencia a ensalzar a los jóvenes y a despreocuparnos de ellos al mismo tiempo. Les llamamos “el futuro de la patria”, les anunciamos un destino fabuloso, en un país bello en todos los aspectos, pero no planificamos con ellos. Incluso cuando hablamos del futuro, parece que hablamos solo del de los adultos, de los que mandan, de los que saben cómo funciona la realidad, aunque esta esté mal. No educamos para el futuro sino para el presente, y en ocasiones para un presente en que solo una pequeña proporción de los jóvenes se libera de problemas que entre todos podríamos solucionar. Con demasiada frecuencia nos basamos en valores de consumo, de comodidad, en la esperanza de alcanzar niveles de vida semejantes a los del Primer Mundo, aunque solamente lleguen a disfrutarlos un débil porcentaje de la población. Y mientras los adultos hablamos sobre las maravillas del futuro, los jóvenes son los más afectados por el paro laboral, por la violencia delictiva y también, como lo hemos comprobado en este tiempo de régimen de excepción, por la violencia del Estado. Los jóvenes pueblan mayoritariamente las cárceles, son los que más emigran y los que tienen los peores salarios. Recientemente, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) publicó una encuesta sobre los jóvenes y el covid a nivel latinoamericano. El 38% de los jóvenes que trabajaban se hallaban en la informalidad. Y durante la pandemia, más del 60% de los jóvenes en edad de trabajar tuvieron dificultades laborales. Y en particular, las mujeres jóvenes tuvieron más dificultades laborales que ellos. El 72% de los jóvenes encuestados afirma que el covid ha afectado su salud mental. Estrés, ansiedad y depresión han sido los efectos más frecuentes, aunque también se han dado en menor cantidad insomnio y ataques de pánico. De nuevo, las mujeres han sido más afectadas que los varones. El acoso y el abuso aumentó durante los meses de reclusión domiciliaria obligatoria en tiempo de pandemia. Durante el mismo tiempo, la mayoría de los jóvenes con alguna enfermedad crónica dejaron mayoritariamente de acudir a los controles de rutina. El 65% de los jóvenes piensa, además, que han “aumentado las situaciones de agresión, maltrato, discriminación o violencia por razones de género”. Es un fenómeno de toda América Latina y, por tanto, no somos la excepción. Lo sucedido durante el covid señala que la tendencia a no tener en cuenta a los jóvenes continuó durante la pandemia, por más que hablemos de ellos como beneficiarios de donaciones que van desde canastas alimentarias a computadoras. Un sector de población descuidado tradicionalmente termina siempre con mayores problemas cuando hay una situación extraordinaria que daña al conjunto de un país. Y en ese escenario nos encontramos en El Salvador. Durante el Gobierno del presidente Sánchez Cerén se elaboró un excelente proyecto educativo, asesorado por el PNUD, con la idea de universalizar la educación salvadoreña hasta los 18 años y dotarla de calidad de Primer Mundo. El proyecto tenía un costo elevado. Pero al año siguiente de la presentación pública del proyecto, el presupuesto de educación disminuyó. Hoy, aunque el presupuesto educativo ha crecido, no lo ha hecho en conformidad con las necesidades. El endeudamiento gubernamental y el abandono escolar durante la pandemia no auguran el adecuado desarrollo de la educación. Einstein solía decir que es una locura “hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”. Mientras continuemos invirtiendo en nuestros jóvenes recursos insuficientes, la injusticia seguirá transmitiéndose intergeneracionalmente. Hablar mucho del futuro, por bien que lo pintemos, no dará resultados si no cambiamos de actitud y de política de juventud. Un proyecto racional, bien financiado, que incluya una educación de calidad y el acceso al trabajo digno es indispensable para poder hablar de los jóvenes con seriedad, sin hipocresía.

Nov 22, 20225 min

Opción por el aislamiento

Según el más reciente informe del Observatorio Universitario de Derechos Humanos de la UCA, basado en datos de origen oficial, las desapariciones van en aumento. El hecho conecta con la sistemática negativa de todos los Gobiernos de la posguerra a ratificar la Convención Interamericana sobre la Desaparición Forzada de Personas. Mientras nuestros tres vecinos más próximos, Guatemala, Honduras y Nicaragua, ya han firmado la Convención, El Salvador permanece al margen. Y diversas señales apuntan a que el país no suscribirá ni este ni otros tratados de derechos humanos, como el Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura. Un tuit reciente del presidente de la República afirma que los cambios que experimenta El Salvador son tan positivos “que ya a nadie le importa lo que digan los grandes medios, los organismos internacionales, las ONG o la oposición”. Por supuesto, es una ingenuidad pensar que el aislamiento facilitará resolver los problemas nacionales. Sin duda, ni el propio presidente cree en lo que dice. Al final, cuando la realidad aprieta, no les queda más remedio que acudir a las instancias internacionales. Tampoco todo es positivo en el país. Las cifras de las desapariciones, el aumento de la deuda y la negativa a a firmar el Acuerdo de Escazú, por ejemplo, apuntan a que en algunos aspectos se está empeorando. La resistencia a comprometerse con nuevos instrumentos de defensa de los derechos humanos y la necia decisión de prescindir de la opinión de los organismos internacionales y de la sociedad civil salvadoreña afectarán negativamente tanto el desarrollo económico y social como las relaciones con la comunidad internacional. Cuando se critican algunos aspectos de la política salvadoreña y de la actuación del Estado, no se quiere decir que todo lo que sucede en el ámbito político es negativo. La crítica es siempre un apoyo al bien común, pues, incluso cuando está errada, ayuda a reflexionar y pensar mejor las cosas. En ese sentido, el Gobierno actual debería abrirse al diálogo y dar los primeros pasos para hablar con quienes tienen preocupaciones legítimas por el futuro de El Salvador. El tema de las desapariciones y la firma de normativas internacionales sobre derechos humanos no son caprichos de la oposición, sino reclamos serios de personas e instituciones de la sociedad civil que responden al dolor y las quejas de un buen número de ciudadanos. Quienes solicitan la ratificación de nuevos instrumentos legales tienen razones de fondo, sustentadas en datos inobjetables. Dialogar al respecto no implica rendirse ni humillarse, sino buscar caminos comunes de desarrollo humano. Esperar a que las situaciones se tensen o los problemas crezcan no es lo mejor para el país. Tener mayoría no debe nunca ser una excusa para negarse a dialogar con la minoría.

Nov 22, 20224 min

¿Para cuándo el fin de la pobreza?

Vivir en condiciones de pobreza supone estar sujeto a la precariedad y la vulnerabilidad, y no poder satisfacer las necesidades humanas fundamentales. La pobreza obliga a privaciones inaceptables. Para Amartya Sen, una persona es pobre si carece de los recursos y las capacidades para realizar el mínimo de actividades necesarias para el desarrollo y la realización personal. Las estadísticas oficiales muestran que más del treinta por ciento de la población vivía en condición de pobreza en 2018, aunque con acusadas diferencias entre la ciudad y el campo: mientras que en el área urbana viven en pobreza 17 de cada cien, el número casi se triplica para el área rural, donde 49 de cada cien viven bajo esa condición. Es muy posible que por esa razón la pobreza pase desapercibida para muchos, y que incluso haya algunos que crean que en El Salvador el problema no es grave. Con la pandemia y sus consecuencias en la economía, y el alza del costo de la vida, especialmente en el precio de los alimentos, el porcentaje de salvadoreños que viven en condiciones de pobreza se ha incrementado en los últimos años. Asimismo, las proyecciones de la FAO para nuestro país señalan un aumento en el número de personas que padecen hambre. Si más de la tercera parte de la población vive en condiciones de pobreza, y ello le impide desarrollarse y realizarse personalmente, es justo y necesario que el país tenga políticas claras y eficaces para combatir la pobreza y disminuir el número de personas que la sufren. Esta tercera parte de la población, por ser la más vulnerable, la que no tiene acceso a un nivel de bienestar mínimo, la que vive en precariedad, debería constituir la principal preocupación del Gobierno. Los países que conforman la ONU, entre ellos El Salvador, se propusieron en 2015, hace ya siete años, trabajar a conciencia para que en 2030 se alcanzaran los 17 objetivos de desarrollo sostenible. El primero de ellos es “poner fin a la pobreza extrema, en todas sus formas y en todo el mundo”; una meta fundamental para avanzar hacia una humanidad que pretenda ser fraterna y respetuosa de la igual dignidad humana. Para lograr este objetivo, y que el propósito no se quede, una vez más, en simples palabras bonitas que a todos gustan, pero a nadie movilizan, cada país debe hacer su parte. Ciertamente, los países empobrecidos requieren de la cooperación internacional para emprender programas que contribuyan a esta finalidad, pero la principal responsabilidad y la iniciativa corresponde a los Gobiernos de las naciones en las que la pobreza es una realidad acuciante. Este es el caso de El Salvador. Desde una perspectiva cristiana y de solidaridad entre hermanos, todos estamos obligados a preocuparnos por las personas en condiciones de pobreza; todos deberíamos poner de nuestra parte para aliviar su situación. A ello, sin duda, están más obligados aquellos que más tienen. Sin embargo, por mucho que las acciones de solidaridad y generosidad personal o grupal sean valiosas y deban mantenerse o incluso intensificarse, no bastan. Es necesario implementar medidas estructurales encaminadas a que el sistema económico y social deje de generar desigualdad y pobreza. Pero todo indica que en El Salvador no existe un plan que apunte en ese sentido. Así será difícil, por no decir imposible, que se logre reducir la pobreza extrema en los próximos siete años. En esto, como en muchas otras áreas, el actual Gobierno está en deuda con la gente.

Nov 18, 20224 min

Otra organización social es posible

El papa recordó a la Iglesia salvadoreña, presente en Roma, que mientras haya injusticia, esto es, “mientras no se escuchen los reclamos justos de la gente, mientras no haya signos de madurez en el caminar del pueblo de Dios”, debe levantar su voz “contra el mal […] contra todo aquello que nos aparta de la dignidad humana”. Cuando el papa habla de injusticia, piensa en “los más pobres, los presos, los que no les alcanza para vivir, los enfermos, los descartados”. Esto lo dijo delante del Gobierno salvadoreño, representado por el vicepresidente y su familia al completo. Los mártires, enfatizó el papa, son “un regalo inmenso” para la Iglesia y el pueblo salvadoreño, por su compromiso con el derecho y la justicia. Se desvivieron para reunir al pueblo, porque sin pueblo, no hay pueblo de Dios. La tarea está inconclusa. Hoy como ayer, el pueblo está disperso, dividido y enfrentado por enemistades, rencores y conflictos. La opresión lo mantiene sometido y el egoísmo lo ha enemistado consigo mismo. No es pueblo aquel que confía más en la riqueza, el poder y la violencia que en Dios. A veces, el pueblo yerra. Prefiere permanecer en Egipto a levantarse y aventurarse por los senderos de la justicia y la paz. Prefiere la seguridad de los ajos y las cebollas egipcias que arriesgarse a erradicar el egoísmo, el odio, la pendencia y la venganza. Prefiere construir pirámides que recuperar su condición de pueblo, tomar conciencia de lo que es y actuar en consecuencia para el bien de todos. Mientras esto no ocurra, el pueblo errará disperso y será presa fácil de los poderosos. A pesar de los desvaríos, Dios nunca olvida a su pueblo. Le envía profetas para que hablen en su nombre. La historia reciente del pueblo salvadoreño está repleta de ellos. Los profetas penetraron en la realidad y descubrieron el pecado del pueblo y, también, la presencia de Dios. La palabra profética llama al mal por su nombre, pone en crisis las falsas seguridades humanas y religiosas, e invita a la conversión. Por eso, deviene en contradicción y persecución. Pero también avisa que el Reino de Dios está cerca. El pueblo de Dios tiene “hambre y sed de justicia”. Pero no es pendenciero, ni revanchista, sino manso y humilde. No enfrenta el conflicto con el insulto y la agresión, sino trabaja por el derecho y la justicia. Se esfuerza para que no haya hambrientos, enfermos, llorosos y perseguidos. Las obras de la justicia traen la paz. A este pueblo, el Evangelio le promete la posesión de la tierra, una cierta materialidad tangible del Reino de Dios. Aquellos que solo tienen ojos y corazón para la ganancia, el abuso y la opresión, no prevalecerán. El pueblo de Dios es misericordioso. Siente el dolor ajeno y contribuye a sanarlo. Los misericordiosos se compadecen de los afligidos y practican la misericordia con ellos. La cercanía y la identificación son lo contrario a la indiferencia y la permisividad ante los males de este mundo. Ahora bien, la benevolencia con el débil o con quien ya ha sido derrotado es intolerancia ante aquello que causa su aflicción. El pueblo de Dios es limpio de corazón. Su corazón es sincero y no está dividido, sirve lealmente a Dios y a los demás. El corazón limpio es libre del tener y del poder. Por eso, ve a Dios en los pobres. El pueblo de Dios no añora riquezas. En su seno nadie será rico, tampoco pobre. Habrá abundancia para todos. Una mesa común con manteles largos para todos, decía Rutilio Grande. Cada uno con su taburete, para todos llega la mesa, el mantel y el con qué. La pobreza que bendice el Evangelio es la que se va superando activamente con la construcción del Reino de Dios. Por eso, la promesa a los pobres no es igual a las otras. Al hambriento le promete saciedad y a quien llora, alegría. Pero al pobre no le promete riqueza, sino el Reino de Dios. La propuesta de las bienaventuranzas es atrevida y, aparentemente, perdedora. Sin embargo, tiene la virtud de romper la cadena del mal. El Espíritu de profecía, recibido en el bautismo, no finge no ver las obras del mal, ni se desentiende de ellas para evitar problemas. El pueblo de Dios adopta una actitud positiva y una práctica diferente ante el ejercicio del poder que se caracteriza por el abuso y la violencia, ante la opresión de los débiles y ante la imposición que suprime las libertades. Si los poderosos negocian entre ellos para explotar y oprimir, demostrémosles que otra manera de organizar la vida común es posible y necesaria. Una donde prevalezcan el respeto al otro en su diferencia, la comprensión, el entendimiento y la colaboración para el bien de la totalidad. Esta forma de vida es posible y necesaria, porque el dinero y la violencia institucional dejan ruina, desolación y muerte. Los mártires nos exhortan a construir un pueblo donde prevalezca el perdón y la convivencia. * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

Nov 18, 20227 min

Artífices de esperanza

Una sociedad justa y civilizada es aquella que garantiza y promueve los derechos humanos. Una sociedad donde se respeta la vida en todas sus formas, en la que se garantiza la integridad física y moral, donde el derecho a la educación, al trabajo digno y a la salud son prioridades, y en la que todas las personas tienen los mismos derechos y deberes es una que ha puesto en el centro de su quehacer a la persona humana. Independientemente de la denominación ideológica de sus gobernantes, la meta de toda sociedad debería ser la dignificación de la vida de sus miembros, sin exclusión alguna. Este es el objetivo que buscan alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los cuales tendrían que orientar la acción de cualquier Gobierno que pretenda servir en verdad a su país y sus habitantes. La historia de la humanidad, sin embargo, ha discurrido en sentido contrario. La norma general ha sido la violación a los derechos humanos; respetarlos ha dependido más bien de la raza, la religión, el sexo, la ideología, el poder económico y otra serie de variables. Por ello, la lucha por la plena vigencia de los derechos humanos ha sido una de las más difíciles y peligrosas, motivo de encierro, de destierro o de entierro. Entre menor justicia haya en una sociedad, a más desigualdad y exclusión, peor será la respuesta del poder establecido contra quienes denuncien atropellos, abusos e ilegalidades. Los mártires de la UCA, monseñor Romero y tantas otras personas generosas, conscientes y valientes que fueron asesinadas durante la guerra civil entendieron que la clave para que una sociedad sea justa es que se respeten los derechos humanos, comenzando por el derecho fundamental a la vida. Decirlo y comprometerse con esa causa les llevó a la muerte, pero también a su resurrección en la memoria del pueblo. En vida, los mártires son humillados y los poderosos enaltecidos. Pero luego, aquellos se mantienen vivos en los ideales de la gente, mientras que los segundos son olvidados o caen en la ignominia. Y esta verdad evidente no conduce a la resignación y la pasividad, sino que anima a seguir adelante con la seguridad de que la lucha por los derechos humanos es justa, hoy y siempre. En la actualidad, El Salvador vive de nuevo tiempos difíciles, en los que el poco camino democrático recorrido desde los Acuerdos de Paz está siendo desmontado pieza a pieza. Tiempos en los que,entre aplausos, se violan los derechos humanos; en los que se ensalza el odio y se atiza la división. Tiempos en que defender los derechos humanos es causa de denigración, amenazas y persecución, como lo fue en el pasado. Por este momento histórico que atraviesa el país, la UCA instauró el Premio de Derechos Humanos Segundo Montes, a fin de reconocer públicamente a organizaciones y personas que defienden los derechos humanos. Los ganadores de esta primera edición del Premio fueron Guadalupe Mejía, “Madre Guadalupe”, y el colectivo Salvemos Valle El Ángel, conformado por mujeres y hombres de diversas denominaciones religiosas que luchan contra un Goliat impune que atenta contra la sostenibilidad ambiental y, por tanto, la vida de la población. Desde este espacio, la UCA les felicita y les agradece, porque su valentía alientan la esperanza en la construcción de un país más inclusivo, democrático y solidario.

Nov 17, 20224 min

Libertad esclarecida

Si algo podemos decir de los mártires en general es que fueron personas muy libres. Cuando se leen las actas de las víctimas de la persecución del Imperio romano, destaca la libertad y el coraje con los que gente humilde respondió a los jueces, que indefectiblemente la condenarían si no renunciaba a su fe. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se repite incansablemente que los apóstoles predicaban el Evangelio, en medio de graves dificultades, con una libertad valiente. En esa línea, no cabe duda de que los mártires de la UCA eran personas valientes, sinceras y capaces de transmitir sus ideas e ideales sin que las amenazas de muerte enturbiaran su actuar y hablar. Fijarse hoy en sus valores resulta indispensable. Ellos están ahora envueltos y presentes en el misterio de Dios; su libertad, ideales y valores están entre nosotros como semilla y levadura de un mundo nuevo en el que se respete plenamente la dignidad de la persona humana. Cuando hablaban de impulsar una nueva civilización, construida sobre el trabajo y la dignidad de la persona, indicaban un camino opuesto al del capitalismo de seducción que hoy domina al mundo; opuesto al marketing que valora más el tener que el ser. En la primera carta del apóstol Juan se dice que “el amor echa fuera al miedo”. En los mártires salvadoreños, el amor y la conversión al prójimo oprimido los liberó del miedo. E incluso los liberó de la muerte, pues continúan viviendo en nuestra historia como antorchas que iluminan el camino de la verdad y de la vida. Su ejemplo nos muestra caminos y opciones en situaciones históricas en las que se mezclan realidades nuevas de esperanza y justicia con la permanencia de viejas situaciones de explotación y opresión. El respeto a la dignidad humana es hoy la clave a trabajar; y la conversión al prójimo oprimido, tal vez la tarea más difícil de incorporar a la propia vida. Mientras quienes los asesinaron son hoy irrelevantes, los mártires han crecido y nos muestran siempre una opción de compromiso vital. Ser libres como ellos para hablar, para debatir, para encontrar soluciones a los problemas es la tarea que nos corresponde. No es posible reparar la injusticia que sufrieron, pero con su pensamiento y con su testimonio de generosidad y solidaridad podemos construir un futuro distinto. En las actuales circunstancias, en las que el Estado de derecho se ha debilitado profundamente y no se entiende que la democracia y el respeto a los derechos humanos están íntimamente relacionados, a quienes valoran a los mártires les corresponde retomar la palabra beligerante, de la que hablaba con frecuencia Ignacio Ellacuría. Palabra esperanzada y creativa que no se rinde ni ante la fuerza bruta, ni ante la mentira apoyada desde el poder. La trampa de asegurar que para defender a las víctimas de la violencia hay que ser violentos con los victimarios y con quienes tienen el más mínimo parecido con ellos debe ser revertida mediante una racionalidad humanista y religiosa. Privar de libertad a los delincuentes es legítimo, pero el maltrato, la exhibición humillante, la detención masiva sin pruebas y el silencio como respuesta a las peticiones de información de los familiares de los detenidos no son justos ni decentes. Mienten quienes aprueban ese tipo de comportamiento policial y judicial, y al mismo tiempo afirman que simpatizan con la UCA de Ellacuría. Frente a la mentira y a la autorreferencia, no hay más camino que “aquella libertad esclarecida, que donde supo hallar honrada muerte, nunca quiso tener más larga vida”.

Nov 15, 20225 min

#LaEntrevistaYSUCA | Lunes, 14 de noviembre de 2022

Tema: Factores que inciden en el alza de precios de la canasta básica Invitado: César Villalona, economista ⏰ 7:00 A.M. - www.ysuca.org.sv

Nov 14, 202258 min

El para qué de la reelección

La reelección presidencial, dejando de lado su inconstitucionalidad, tendría una razón de ser si el mandatario de turno dispusiera de un plan ambicioso y sostenible para mejorar sustancialmente las condiciones de vida de las mayorías. Pero ese no es el caso de la reelección de Bukele, cuyo mandato constitucional acumula fracasos y vacíos. El bitcoin, su ciudad y su energía volcánica yacen abandonados. El ferrocarril costero, el aeropuerto oriental, varios hospitales y Los Chorros no superan el anuncio. La reforma de pensiones se posterga continuamente. La remodelación de más de cinco mil escuelas (dos diarias) y la reforma educativa, renombrada en cada alusión, son promesas incumplidas. Y lo último, trenes elevados y teleféricos, son ideas rescatadas del desván de gobernantes anteriores. Los devotos de Bukele pueden alegar que la reelección es indispensable para realizar estas promesas y otras que se le ocurran. Lo más probable es que no se concreten. Aquellos tendrán que conformarse con unos cuantos centros turísticos para extranjeros, algunos pasos elevados, el descongestionamiento de algunos centros urbanos a costa de mayor congestionamiento en sus alrededores y alguna que otra obra, más bien de poca envergadura, para mostrar que la novedad avanza y mantener viva la ilusión de los creyentes. El incumplimiento de las promesas presidenciales se debe a la incapacidad demostrada para ejecutar obras de gran envergadura, a la falta de liquidez y a una deuda creciente cada vez más cara. Pese a ello, aún hay quien confía en las promesas presidenciales para erradicar la pobreza y la desigualdad. El deseo legítimo prevalece sobre la dura realidad. Entonces, ¿para qué reelegirse? Hay dos posibles respuestas. La reelección permitirá a la familia presidencial y a su círculo más cercano seguir viviendo muy por encima de la media nacional y continuar haciendo fortuna a expensas del Estado, del tráfico de influencias y de variadas prácticas corruptas. Los funcionarios, cada uno según su rango, tienen asegurado un salario muy superior al promedio nacional, empleo para sus familiares, exenciones y privilegios variados. Los de alto rango tienen larga experiencia en vivir impunemente del Estado. El fiscal general es ejemplo convincente de esta especie, pero no es el único. En los pasillos presidenciales circulan muchos otros vividores. Los novatos aprenden rápido y no se privan de nada. A todos ellos les sobran razones para apuntarse a la reelección. La otra explicación, que no excluye la anterior, es la ambición. No solo de Bukele y su círculo, sino de todos los funcionarios, cada uno en la medida de sus posibilidades. Todos ellos disfrutan, algunos obscenamente, con la exhibición de su poder. El gozo es tanto que bastantes se lo llegan a creer. Piensan que tienen derechos adquiridos no solo para continuar en la burocracia estatal, sino para avanzar posiciones. Los más avezados son discretos, no arriesgan tanto, ejercen su poder y acrecientan su fortuna personal y familiar detrás de las bambalinas. Así, sobreviven exitosamente la rotación de mandatarios. Más de uno es egregio en este arte. La reelección les conviene, pero pueden arreglárselas sin ella. Los más visibles suelen ser los más perjudicados, ya que la exposición pública los identifica con el gobernante saliente. Dos de los azotes de las pandillas, el fiscal general y el responsable de las cárceles, han mantenido relaciones estrechas con el liderazgo de lo que ahora han dado en llamar “organizaciones terroristas”. El primero influyó en procesos judiciales para beneficiar a un narcotraficante, vinculado a una pandilla, y a la esposa de un expresidente de la infamada Arena. Al otro, una investigación policial lo vincula con las pandillas, el narcotráfico y la corrupción. La carrera delictiva de este funcionario se remonta a su adolescencia. Uno de los habituales en los pasillos presidenciales sacó del país a uno de los líderes pandilleros buscados por la justicia. Es voz común que los magistrados impuestos cobran bien por las resoluciones. Dondequiera se escarbe, salen a relucir delitos de toda clase. Bukele lo sabe y lo permite, porque la familia presidencial se vale de su posición ventajosa para enriquecerse. Explota, por ejemplo, las empresas asociadas al bitcoin. Y porque es una manera de recompensar la incondicionalidad de los funcionarios. La corrupción galopante demanda, por otro lado, silencio extremo y oscuridad total para poder retener la fuente del poder y la riqueza ante la opinión pública. De esa manera, estos funcionarios hacen alarde de honestidad y de novedad nunca vistas. La reelección es para ellos una gran oportunidad para continuar con la rapiña. El pueblo es indispensable para la reelección, que depende, formalmente, de su voto. Pero, una vez depositado este, volverá a ser un accesorio. Una excusa poderosa, es verdad, para violentar la institucionalidad democrática, pero no por eso vivirá mejor, encontrará oportunidades mayores y la convivencia

Nov 11, 20227 min

Cátedra de cinismo e incoherencia

Es normal que los políticos formulen diversas promesas antes de llegar al poder y que luego, ante el choque de la realidad y de los recursos disponibles, cumplan, en el mejor de los casos, solo una parte de lo ofrecido. Distinto es que a la hora de pedir el voto se mienta con alevosía y premeditación. Estando en campaña electoral, Bukele ofreció aumentar el Fodes para las alcaldías, pues, en los Gobiernos anteriores, los municipios habían sido abandonados y eso generó pobreza, subdesarrollo y migración forzada, entre otros males. Sin embargo, ya en la Presidencia de la República, no solo incumplió su promesa, sino que desde junio de 2020 dejó de transferir el Fodes a las alcaldías. Además, en noviembre de 2021, a través de la bancada oficialista, redujo el Fodes del 10% al 1.5% de los ingresos corrientes del Estado y creó la Dirección de Obras Municipales (DOM), que maneja los recursos que originalmente eran para las alcaldías. Hoy, las administraciones de los municipios son incapaces de atender las demandas de su población. En campaña, Bukele prometió implementar una reforma fiscal progresiva que beneficiara a los que menos tienen. A la fecha, el tema está en el olvido. Siendo candidato, dijo que el neoliberalismo “solo trae desigualdad, pobreza, endeudamiento, y por último, default”. Pero en su gestión no ha cambiado nada del modelo económico; al contrario, ha profundizado las políticas neoliberales. La mejor muestra de ello es la adopción de un criptoactivo como moneda de curso legal y el anuncio de la construcción de una Ciudad Bitcoin que funcionaría con la lógica de un paraíso fiscal. Por otro lado, siendo aspirante a la Presidencia, se comprometió a mejorar la educación y prometió convertir a la universidad nacional en la mejor institución educativa de la región, para lo cual se incrementaría su presupuesto, se construiría dos sedes más y se remodelaría las existentes. No solo no se ha hecho nada de lo anterior, sino que se ha reducido presupuesto al centro educativo y el asignado se entrega a discreción. Otro ejemplo: el mandatario comenzó su gestión criticando con aspereza el nepotismo para poco después llenar el Estado con su familia y allegados. Finalmente —aunque la lista podría continuar—, su principal bandera de campaña fue la lucha contra la corrupción; prometió un comisionado anticorrupción nombrado por la oposición y declaró públicamente en cadena nacional que metería a la cárcel a cualquiera de sus funcionarios que robara. Hasta hoy, ha perseguido a exfuncionarios y opositores acusados de corrupción, pero a los suyos los ha protegido. Hay claros signos de corrupción en la compra de alimentos y en la entrega del bono de 300 dólares al inicio de la pandemia. También en la billetera electrónica Chivo, en los fondos de las tiendas de los centros penales, en la compra de insumos médicos, etc. Una cosa es no poder cumplir las promesas y otra hacer lo contrario de lo apalabrado. El actual Gobierno y quien lo dirige han cumplido la difícil tarea de superar toda marca previa de cinismo e incoherencia. Solo la venda virtual que el oficialismo ha construido y mantenido con esmero y muchos recursos impide que más gente vea con claridad esta realidad aberrante.

Nov 9, 20225 min

La mujer en políticas públicas

Los cien años cumplidos de la Dra. María Isabel Rodríguez, además de un motivo de alegría y felicitación a su persona, debe hacernos reflexionar sobre el papel de la mujer en las políticas públicas salvadoreñas. Al igual que ella, ha habido otras mujeres que han sido señeras en diversos campos. Los tristes acontecimientos de guerra y violencia que le ha tocado vivir a El Salvador multiplicó el papel de la mujer en la actividad de defensa de los Derechos Humanos. También en ese campo tenemos que alegrarnos con la presencia de mujeres ejemplares. Pero la dimensión de la ex Rectora de la Universidad de El Salvador nos señala las responsabilidades pendientes en el campo del desarrollo. Empeñada desde muy pronto en la construcción de una medicina pública de calidad desde el ámbito universitario, tuvo que salir del país en un momento en que lo público se veía como enemigo de los poderes privados de algunos millonarios. Sirvió en la Organización Panamericana de la Salud y desde ella continuó colaborando con la construcción pública de la medicina social en América Latina. Regresada a El Salvador ya en tiempos de paz, la UES tuvo el acierto de nombrarla su Rectora. En esos años se distinguió en los esfuerzos por reconstruir y mejorar físicamente la Universidad, por devolver a la Universidad su capacidad de investigación, y por la palabra de ánimo y aliento que ella daba a todo proyecto en el que el beneficio público ampliara la capacidad de desarrollo del pueblo salvadoreño. Como colofón a una vida de servicio fue ministra de salud. Consciente de la necesidad de una salud pública de calidad dentro de un sistema público único, trabajó incansablemente por mejorar la salud de primer nivel como un primer paso hacia la medicina pública y universal de calidad. Más allá de la oposición ridícula de algunos diputados, de los memes y de las críticas, María Isabel continuó dialogando, trabajando, insistiendo y alentando a excelente profesionales de la medicina, jóvenes y adultos mayores, impulsándoles a creer en El Salvador y a elaborar planes para la construcción de una salud pública decente. Este ejemplo de vida debe ayudarnos a entender el papel de la mujer en el desarrollo. Aunque cada vez nos encontramos con un número mayor de profesionales excelentes que son mujeres, todavía falta mucho para tener plenamente incorporada a la mujer a las tareas del desarrollo y al trabajo digno. El machismo continúa teniendo un peso grande en muchas instituciones tanto estatales como privadas. Y por supuesto, el trabajo en el hogar pesa demasiado sobre las mujeres. Si fuéramos hombres de negocios diríamos que con la ausencia laboral de la mujer se pierde potencial productivo. Pero si observamos el trabajo de nuestra centenaria amiga como ejemplo del trabajo de la mujer, tendríamos que decir que se pierde dimensión humana y entendimiento social. Realidades estas mucho más importantes que la pura productividad. Porque la producción, sin tener en cuenta la dignidad humana y la distribución social justa y solidaria, ni crea justicia ni cohesión social. Tanto mujeres como hombres con valores como los de nuestra ex rectora, son indispensables para el desarrollo humano de el Salvador.

Nov 9, 20224 min

1 - UCA entrega Premio Ignacio Martín Baró

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En el marco del XXXIII aniversario de los Mártires de la UCA, bajo el lema: “Porque la lucha es justa, la esperanza no desfallece", el Departamento de Psicología y Salud pública de la UCA, entregó el Premio Ignacio Martín-Baró a la investigación. Participaron quienes realizaron los trabajos de graduación de 2021 y tras la evaluación se premió a tres graduados de la UCA y se dio reconocimiento a 9, del total de participantes. La directora de la carrera de Psicología y Salud Pública, Lucía Cano, explica por qué el premio hace referencia a Martín Baró.

Nov 7, 20220 min

Privados de libertad y justicia

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A los privados de libertad solemos olvidarlos. Y en ocasiones, cuando los recordamos, no hablamos bien de ellos. Sin embargo, el papa Francisco en su más reciente entrevista con sacerdotes y laicos salvadoreños animó a todos los presentes a pensar en los que más sufren los problemas nacionales para buscar soluciones. Dijo textualmente: “Animémonos unos a otros, pensemos en aquellos que están en dificultad en nuestro pueblo: los más pobres, los presos, los que no les alcanza para vivir, los enfermos, los descartados”. Entre los presentes estaba la Conferencia Episcopal de El Salvador y el vicepresidente de la República. Y es evidente que si el papa mencionó a los presos es porque sabe que están sufriendo una situación especial. El señor Osiris Luna, que unas veces ataca, castiga y muestra a los presos en situaciones humillantes y estigmatizantes, y otras afirma que les está proporcionando unos cuidados de salud superiores a los que brinda el Estado en sus instituciones públicas, no es la fuente adecuada para saber cómo están los privados de libertad. Y más cuando añade que los que han muerto en prisión, incluso los jóvenes, ya venían enfermos desde fuera. Sin duda es mejor escuchar al papa Francisco y pensar un poco más. Y es que los presos están en situación muy triste. Aunque se les prive de la libertad, fundamentalmente para proteger al resto de la ciudadanía, conservan derechos. E independientemente de los delitos que hayan podido cometer, exhibirlos en fotografías, muchas veces antes de que un juez decida si son culpables o inocentes, viola los estándares de derechos humanos. El trato que se les da durante el régimen de excepción es en muchos aspectos injusto y violador de derechos básicos. Prohibir las visitas familiares, negar información a los parientes, tratar a los niños como adultos, hacinar y poner en riesgo la salud de los detenidos, golpearlos y aislarlos son violaciones serias a normativas latinoamericanas de derechos humanos. Y más cuando un porcentaje de los así tratados han sido detenidos arbitrariamente. Son personas, no daños colaterales en una supuesta guerra en la que los vencedores se dan el lujo de arrasar con el enemigo, caiga quien caiga. Si a esta realidad le añadimos que la mayor parte de los detenidos durante el régimen de excepción son pobres, podemos pensar que algo anda muy mal en El Salvador. Luchar contra la pobreza siempre será más importante que perseguir a los pobres que cometen delitos. Evidentemente, hay que perseguir el delito en todos los sectores sociales, pero prevenirlo es políticamente más inteligente que perseguir al delincuente. Y la mejor manera de prevenir el delito de los sectores empobrecidos es luchar contra la pobreza; tarea esta en la que el Gobierno actual no parece tener la proactividad y capacidad de decisión que muestra en las tareas represivas. El sistema judicial, sometido y servil hasta el presente, debería tener en cuenta la grave responsabilidad que tiene de cumplir tratados y convenciones suscritas y ratificadas por El Salvador dedicadas a proteger los derechos humanos. La omisión de las responsabilidades convencionales puede ser perseguida en algún momento como delito. El papa recordaba a los salvadoreños presentes en la audiencia que “mientras haya injusticias, mientras no se escuchen los reclamos justos de la gente, mientras en un país se estén dando signos de no madurez en el camino de plenitud del Pueblo de Dios, ahí tiene que estar nuestra voz contra el mal, contra la tibieza en la Iglesia, contra todo aquello que nos aparta de la dignidad humana y de la predicación del Evangelio”. Ojalá nuestros obispos sigan repitiéndonos este mensaje del papa y ojalá el vicepresidente, que tan atento estuvo a las palabras de Francisco, influya en el Gobierno para que escuche los reclamos justos de la gente respecto a las violaciones de derechos que se están cometiendo con el régimen de excepción.

Nov 7, 20225 min

El oficialismo se atora con la basura

Los diputados oficialistas piensan hacer una contribución excepcional para eliminar la basura con la imposición de medidas represivas, multas y cárcel. Pero por muy represiva que pueda ser la legislación, no hará desaparecer la porquería ambiental, porque la normativa es inaplicable. No cuentan con los agentes necesarios para impedir que la población tire desperdicios donde le plazca. Tampoco los tienen para ordenar el tráfico terrestre, otro problema que ha recibido el mismo tratamiento represivo. Las pocas sanciones impuestas se deben más a transeúntes que las registran con sus cámaras que a la acción positiva de agentes de tránsito. El aumento de las sanciones no ha conseguido ordenar un tráfico cada vez más caótico. En el caso de la basura, los agentes tendrían que disponer de una balanza, pues las sanciones se endurecen al lanzar más de dos libras de desperdicios. No cabe duda de que la basura es uno de los elementos que más contribuye a la vulnerabilidad del país, pero reprimir no es alternativa. Mucho más eficaz sería una campaña educativa nacional bien pensada y de largo plazo, la limpieza sistemática de los botaderos habituales, el tratamiento adecuado de la basura recolectada, la promoción del reciclaje y la regulación del plástico, sobre todo, del de un solo uso, ya que buena parte de la basura es plástico. Los legisladores desconocen su oficio y sus responsabilidades. Legislan desde la ignorancia. No les han advertido de la existencia de una legislación variada sobre la basura. Otra campaña de educación vial haría más para ordenar el tráfico que las multas esporádicas; ahorraría combustible y reduciría las emisiones contaminantes. Pero el régimen no está por la educación de la población. Su responsable está más preocupado por la distracción que, según él, causa el contraste del azul y blanco de la bandera en las escuelas que por una educación de calidad y por la dignificación del magisterio. El régimen ha demostrado muy poca capacidad para ejecutar la inversión pública programada. En más de tres años, el nivel de ejecución es casi nulo, mientras las áreas sociales languidecen. La dictadura reprime, en consonancia con la mentalidad autoritaria y violenta predominante desde hace ya varias décadas. Esa mentalidad está convencida de que el mejor gobernante ha sido el dictador de la década de 1930. El actual satisface todos sus atributos, excepto uno. Represión implacable, mano dura, autoritarismo, centralización, excentricidades y reelección. La particularidad que no satisface es la honradez. La eficacia de aquella dictadura es un mito. A mediano plazo, la violencia represiva y el desconocimiento de la institucionalidad no arrojan el resultado esperado. Al igual que el fenómeno de las pandillas, la vulnerabilidad medioambiental y la pobreza, la proliferación y la acumulación de basura por dondequiera supera la capacidad de respuesta del régimen. Esos desafíos muestran que Bukele y los suyos no tienen control del territorio. La afirmación es válida aun en el sentido restringido en el que suelen usarla. Ahora resulta que el llamado plan de control territorial era el paso previo del régimen de excepción. En esa fase, los policías y soldados se habrían familiarizado con el territorio y habrían identificado a los pandilleros, capturados en la fase en curso. Si así fuera, hubieran ido directamente a por ellos, en lugar de recurrir a redadas masivas; habrían reunido pruebas sólidas para sustentar la acusación ante el juez y no tendrían necesidad de procesar grupalmente por crímenes genéricos; y la denuncia anónima no haría ninguna falta. Muy seguros deben estar los responsables de estos desmanes para mentir tan desvergonzadamente. Más les valdría tomar nota de la situación en la que ahora se encuentran los generales y coroneles del conflicto armado, acusados de crímenes de guerra al cabo de cuatro décadas. Hablan de haber defendido al pueblo salvadoreño y de haber hecho prevalecer la institucionalidad contra organizaciones y agresiones “terroristas”, con “honor y valentía”, y a costa de “un enorme sacrificio”. El lenguaje es curiosamente similar al del régimen de Bukele. No sería extraño que cuando pase, este y sus peones, si no han fallecido, enfrenten también la justicia, acusados de corrupción y de crímenes de lesa humanidad. ¿Se atreverán ellos también a descalificar la justicia como “injusta persecución” y “flagrante violación de los derechos humanos”? ¿Solicitarán una amnistía? * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

Nov 3, 20226 min

¿Por qué ha fracasado el bitcoin?

Aunque el asunto ha sido silenciado por parte del oficialismo, el bitcoin sigue siendo tema frecuente de conversación, sobre todo porque los signos parecen indicar que la principal política económica del actual gobierno se ha descalabrado. En una economía maltrecha como la de El Salvador, el presidente Bukele pretendió implementar un sistema económico basado en el bitcoin para buscar soluciones a los problemas estructurales del país. Para ello presentó un paquete de 52 reformas que buscaban atraer inversión extranjera a través de la criptomoneda y la tecnología blockchain como instrumento de liberación económica. Entre esas medidas se incluía la creación de la Bitcoin City, un paraíso fiscal exento de impuestos, sin emisiones de carbono y con minería de criptmonedas. Cuando se anunció el bitcoin, se dijo que su uso abarataría el costo del envío de remesas y permitiría ahorrar hasta 400 millones de dólares anuales. Sin embargo, la idea se desplomó. La más reciente encuesta del Iudop reveló que en lo que va del 2022, el 75% de la población no ha usado el bitcoin. Este dato corrobora los datos del estudio realizado por la Oficina Nacional de Investigación Económica de los Estados Unidos en 2021 que reveló que solo un 20% de los salvadoreños que descargaron la aplicación de Chivo la siguieron utilizando tras gastar los 30 dólares que las autoridades regalaban para promover su uso. De acuerdo a la Camarasal, un 86% de sus empresas afiliadas nunca realizaron una transacción con el bitcoin. Además, solo un 1.6% de las remesas que recibe el país ha sido enviado en bitcoin. Tampoco está claro que este rubro represente un ahorro para los usuarios como se prometió. ¿Por qué ha fracasado, hasta hoy, el bitcoin? Hay factores externos e internos que pueden ayudar a entenderlo. El precio del bitcoin cambia de acuerdo al antojo del mercado internacional abierto. Si la demanda del bitcoin aumenta, sube su precio y si baja, se deprecia. Desde el mes de abril hasta la fecha el mercado de las criptomonedas ha colapsado. Especialistas en el tema estiman que el valor de los bitcoin comprado por el gobierno de El Salvador ha caído hasta 58%. También es cierto que cada vez más gobiernos como los de China y Estados Unidos, toman medidas para regular las criptomonedas y eso ha influido en su depreciación. Pero hay sobre todo factores internos que han hecho fracasar al bitcoin. El principal factor, y que es resultado de los otros factores, es la desconfianza de la población. Las monedas y billetes de curso legal carecen de valor en sí mismos. Su aceptación y uso descansa en la confianza de la gente en que otras personas las aceptarán a cambio de bienes y servicios. Y eso no lo logró el bitcoin que, además, no reúne las condiciones para ser considerada una moneda. En primer lugar, la forma vertical y autoritaria de imponer el bitcoin sin explicar a la población su funcionamiento, pesó más que el respaldo social al presidente. En segundo lugar, la excesiva volatilidad del bitcoin que lo ha llevado a valer menos de la mitad de su máximo histórico afectó, no solo al plan del presidente de emitir los bonos volcán por mil millones de dólares, sino la confianza ciudadana. El bitcoin tiene más características para ser una reserva de valor que un medio de pago o intercambio, es decir, una moneda. En tercer lugar, la suplantación de perfiles en la billetera electrónica Chivo Wallet para cobrar el bono de $30.00 que prometió el gobierno a todo aquel que descargara la aplicación, causó desconfianza en la población. A un mes de implementado el bitcoin la policía, en voz de su director, anunció que los que suplantaban la identidad para retirar el efectivo, serían procesados. La nula efectividad de este anuncio, hasta la fecha, también minó la confianza. Además, en cuarto lugar, los cajeros chivo instalados para operar el bitcoin presentaron múltiples fallas que alejaron a los salvadoreños y salvadoreñas. Esta ha sido la realidad de la medida. El gobierno usó estrategias mediáticas para “aparentar” el éxito de la medida; afirmó que el bitcoin contaba con 4 millones de usuarios, pero la realidad se impuso y entonces se optó por el silencio. Los cajeros Chivo fueron progresivamente abandonados y el dinero de todos los salvadoreños y salvadoreñas invertido en la compra de bitcoin, en su promoción y en la adquisión de equipos e infraestructura, es como leche derramada.

Nov 2, 20226 min

El suicidio, un síntoma de malestar social

El suicidio es un problema personal grave, pero también un síntoma de malestar social. No tiene demasiado que ver con el tema del desarrollo o del bienestar económico, sino con otros factores de tipo educacional o social. Algunos países, como Francia o Alemania, han duplicado algunos años las tasas salvadoreñas de suicidios. El aislamiento, la falta de perspectivas en la vida, los valores que se cultivan o, más bien, que se dejan de cultivar inciden en el aumento del número de personas que deciden quitarse la vida. En El Salvador, si bien no estamos entre los países con mayor proporción de suicidios a nivel mundial, sí nos ubicamos en un rango que podemos calificar de peligroso. En efecto, en el país, la tasa de suicidios supera, aunque ligeramente, la cifra de 10 suicidios por cada cien mil habitantes. Ello hace que a nivel global estemos catalogados entre los países que se considera sufren una epidemia de suicidios. De hecho, somos en Centroamérica el país con la mayor tasa de este doloroso fenómeno. Tanto las naciones vecinas con mayor desarrollo que nosotros, como las que tienen una problemática mayor en el campo de la pobreza tienen tasas inferiores a la nuestra, en algunos casos incluso de menos de la mitad. Sin embargo, no es frecuente, probablemente por desconocimiento, que el tema aparezca con el debido interés en el debate nacional. Solo cuando los suicidios afectan a instituciones estatales, la preocupación aflora, aunque únicamente enfocada a la instancia que sufre especialmente la epidemia. Tal es el caso de los suicidios de policías, que ha aparecido recientemente en algunos medios. El fenómeno recibió atención hace algunos años, durante la administración de otro Gobierno. Aunque ciertas instituciones han tratado de ayudar en este campo a la PNC, solo en algunas ocasiones los mandos policiales mostraron algo de interés en el tema. La diferencia y desigualdad entre la comodidad de los mandos y la vida difícil y compleja de la base policial es uno de los factores que puede degenerar en estados depresivos de los agentes. Ante estos datos es importante que reflexionemos y que demos pasos para enfrentar el problema. Pasar indiferentes ante el suicidio es conformarse con una situación que puede afectarnos a todos. Una situación que en sí misma es fruto no solo del dolor individual de las personas, sino de una sociedad poco atenta al sufrimiento de los demás y muy poco dispuesta al cuidado preventivo. Desde hace años ,el número de psicólogos dentro de la PNC es insuficiente para atender los problemas de muchos de los que pertenecen al cuerpo policial. No es un trabajo fácil y necesita apoyo. Y más ahora, cuando el régimen de excepción ha significado una multiplicación de tareas y un modo de actuar que a algunos agentes les crea un dilema moral, por la arbitrariedad y el abuso cometido. También el sistema público está mal dotado para las necesidades de salud mental. Un país que ha sufrido una guerra civil deja siempre detrás una estela de sufrimiento y sinsentido que debe ser seriamente atendida. Por otra parte, después de prácticamente dos años de educación virtual, los niños y niñas regresan a un sistema escolar con una severa ausencia de psicólogos en el sector público. No hay duda de que el encierro y el miedo, unidos a la crisis económica que ha golpeado a muchos, aumenta tensiones y problemas mentales tanto en los adultos como en los niños. Seguir como si no hubiera pasado nada no es lo más conveniente para la salud social. Mientras en la escena internacional se advierte del estrés y los problemas sicológicos causados por la situación vivida durante la pandemia, nosotros no hemos hecho un esfuerzo para evaluar los daños y problemas surgidos en ese tiempo. En medio de la positiva preocupación por la primera infancia, bueno sería que el Gobierno se preocupara también con un interés creciente por la salud sicológica de sus empleados y de sus usuarios, especialmente en el área de la Policía, la salud pública y la educación.

Nov 2, 20225 min

Ruptura de la esperanza

La esperanza encuentra suelo fértil en los pueblos centroamericanos. Hace décadas, la esperanza en que la paz fuera fuente de una sociedad más justa y un desarrollo equitativo se mantuvo en El Salvador pese a la barbarie y el sinsentido de la guerra. Cuando la frustración y los golpes de la realidad indicaron a muchos que ese sueño era una ilusión, la migración se multiplicó, la esperanza se puso en otro lugar, en el Norte desarrollado. Por otra parte, los cambios de rumbo en la política nacional, como en su momento fueron el gane de Mauricio Funes y el de Nayib Bukele, han tenido como trasfondo la esperanza popular de un futuro diferente. Sin embargo, la esperanza solo se mantiene cuando se persiguen fines objetivamente buenos y se comprueba el avance hacia los mismos. La lentitud en los procesos, las actitudes ambiguas y los retrocesos en el desarrollo humano marcan el surgimiento del miedo. Este es un proceso irreversible, por más que los poderes establecidos busquen mantener la ilusión invirtiendo en propaganda, otorgando favores a propios y extraños, y realizando promesas y actividades con escenarios y efectos de ciencia ficción. Lo cierto es que o se avanza claramente hacia el desarrollo, o la esperanza se pierde y surge el miedo. Y cuando este se apodera de la gente, solo los testigos de la verdad y la fe generan esperanza, porque su actitud ante la vida demuestra que la fidelidad a determinados valores es siempre más fuerte que el mal. En el país se ven a diario señales de ruptura de la esperanza. La práctica desaparición de los mecanismos de control del poder político ha supuesto un balde de agua fría para buena parte de la clase media y del sector profesional. A la migración por causas económicas se le ha sumado la que nace del miedo a un poder político prepotente y antidemocrático muy amigo de repartir condenas judiciales sumarias. La indebida relación entre fines y medios en la persecución de la delincuencia, plagada de violaciones a derechos básicos, ha aumentado la incertidumbre entre amplios sectores de la población. Asimismo, la reducción del presupuesto2023 a sectores claves como salud y pensiones, que contrasta con el aumento al rubro de comunicaciones (es decir, propaganda), rebajará los niveles de esperanza en un porcentaje de la población. E igual resultado tendrán el lujo del que hacen gala los nuevos ricos de Nuevas Ideas. El Salvador necesita diálogo para renovar la esperanza. Si alguna guerra tiene que hacer el Gobierno de Bukele, es contra la pobreza. La actividad económica siempre ha beneficiado en exceso a unas minorías, dejando en la pobreza o en la vulnerabilidad a las mayorías. Y hoy todo indica que se están reforzando estatalmente los patrones neoliberales de funcionamiento, al tiempo que se trata de adornar la situación con promesas de obras extraordinarias, propaganda sin contenido real y ataques a la sociedad civil crítica. La esperanza es un bien profundamente humano. Cultivarla es indispensable para construir un futuro respetuoso con la dignidad humana. En este sentido, es fundamental que el poder sepa hacer suyos los dolores y limitaciones de la gente, dialogar sobre la problemática social y dar pasos eficaces en la superación de los males nacionales. Lo contrario, cerrar los ojos al dolor que produce la exclusión, negarse al diálogo y mantener la estructuras tradicionales que provocan desigualdad y violencia, solo lleva a la pérdida de la esperanza y al fracaso.

Oct 31, 20224 min

Hacia un Estado policial

No solo sería interesante, sino necesario y un acto de honestidad con la población que el Gobierno de Bukele dijera con claridad hacia dónde pretende llevar a El Salvador. Cuarenta meses después de llegar a la Presidencia de la República, el presidente no ha presentado un proyecto de país que permita dar certeza de qué busca lograr con sus acciones. Ante ese vacío, no queda otra alternativa que intentar deducirlo a partir de las obras, aplicando la máxima evangélica de “por sus obras los conocerán”. En los últimos meses, las principales decisiones del Ejecutivo y el legislativo muestran que el país va en una dirección bien concreta. Tanto la decisión de aprobar y mantener un régimen de excepción como las reformas legales encaminadas a restringir derechos constitucionales apuntan claramente a que se está imponiendo un Estado policial, entendido como aquel que busca tener un estricto control sobre toda la población, particularmente a través de la supresión de las libertades civiles y los derechos ciudadanos, ya sea mediante una fuerza de seguridad no civil o un gran despliegue de mecanismos de vigilancia, o una combinación de ambos. En un Estado policial, los cuerpos que realizan funciones de seguridad son omnipotentes y omnipresentes, mientras que el individuo está desprotegido frente al poder y sus abusos. El Estado policial es lo contrario a un Estado de derecho. La Constitución de la República, en los artículos del primero al vigésimo octavo, le otorga a la población una serie de derechos que solo pueden ser restringidos de manera excepcional y sin afectar el ejercicio de sus libertades y la protección de su privacidad. En este sentido, la posibilidad de detener a una persona por tiempo indefinido sin motivo ni evidencia de que haya infringido la ley, sin que medie orden judicial y sin investigación policial seria es la prueba más evidente de que la ciudadanía ha perdido las garantías constitucionales, quedando a merced de la arbitrariedad de las autoridades. No satisfecho con ello, el régimen sigue presentando y aprobando, sin análisis ni debate, medidas orientadas a que el Estado pueda ejercer un mayor y más férreo control sobre la población. Las reformas aprobadas por el oficialismo a la ley de telecomunicaciones y a la ley contra el crimen organizado son los ejemplos más recientes. Ahora todas las comunicaciones podrán ser intervenidas y controladas sin necesidad de orden judicial. El Estado tendrá acceso a la correspondencia ordinaria y electrónica, a las llamadas telefónicas, a todo lo que se escriba, hable o postee a través de las redes sociales, en plena contradicción con, entre otros, el artículo 24 de la Constitución, que prohíbe la interferencia y la intervención de las comunicaciones telefónicas. Si El Salvador contara con una Sala Constitucional independiente, con seguridad estas reformas serían declaradas inconstitucionales, pues niegan las garantías que la Carta Magna da al pueblo salvadoreño y la convierten en letra muerta.

Oct 29, 20224 min

Mal paga el diablo

En los frecuentes disparates del régimen, a veces, la verdad se cuela impertinentemente. Ejemplo de ello es la reciente explicación de las muertes ocurridas en las prisiones de los Bukele. Su responsable alega que “no se ha confirmado ninguna muerte […] que no esté vinculada al tema de la salud”. Los detenidos, según él, ingresan en prisión con graves enfermedades crónicas. Algunos, sigue la aclaración, ni siquiera lo saben, hasta que la revisión médica del penal la diagnostica. Así, pues, bienvenidas sean las capturas de la excepción, que brindan a sus víctimas la oportunidad para descubrir el mal estado de su salud. Sin embargo, hay quienes rechazan el tratamiento y mueren, dice el funcionario. Los certificados de defunción, elaborados por el régimen, suelen confirmar la versión oficial. Atribuyen las muertes a edema pulmonar o a padecimientos similares, aun cuando los cadáveres muestran señales visibles de tortura y los testimonios del maltrato ya abundan. Bien entendida, la versión oficial pone en aprietos a quien quiere librar de responsabilidad, pues admite que buena parte de la población está enferma y sin atención médica adecuada. La mayoría ni siquiera lo sabe. Los enfermos sufren durante meses ante de pasar consulta, aguantan colas interminables, no reciben medicación y soportan maltrato. Estas penurias no son nuevas, tampoco se han reducido. En los más de tres años de gestión, Bukele no ha mejorado el sistema nacional de salud. Gasta pródigamente en militares, en armamento, en represión y en frivolidades como darle al alumbrado público de zonas exclusivas el color oficial, pero no en la salud de la gente. Los hospitales tienen menos presupuesto que las mascotas; los animales encuentran mejor atención que las personas. Tal vez convenga repensar las declaraciones del carcelero mayor del régimen, que habría pecado de exceso de celo al defender a Bukele. Pero entonces la causa de la creciente cantidad de fallecidos en sus cárceles queda en el limbo. En cualquier caso, esas muertes son responsabilidad directa del mandatario y sus acólitos. El estado de la salud pública pone de manifiesto que las prioridades del régimen de los Bukele no son las de la población, incluidos aquellos que lo saludan como su salvador. En el país, la inflación, el desempleo y la pobreza golpean más que las pandillas. El control de los precios, supuestamente riguroso, y el subsidio a los derivados del petróleo no pueden contener el creciente costo de la vida. Aparte del bitcoin, una tabla de salvación financiera fracasada, Bukele no tiene una propuesta viable para detener la emigración y, mucho menos, para que la diáspora comience a regresar, tal como quisiera. Al contrario, el flujo de los que huyen de su dictadura tiende a aumentar. La diáspora, aparentemente crucial para conservar la mayoría legislativa, tampoco figura entre sus prioridades. Se ha desentendido de la preservación del estatuto de protección temporal (TPS) estadounidense, crucial para miles de inmigrantes. Si algo le interesa es evitar el colapso financiero. Gasta millones de dólares en contratos de asesores extranjeros. La mayoría se siente ahora más segura, pero, según la última encuesta de la UCA, también reprueba con claridad meridiana la brutalidad policial y militar, la falta de garantías jurídicas y la tortura. Pareciera que la excepción se agota como fuente de popularidad de la dictadura. Tendrá que inventar otra cosa. ¿Qué hará con los más de 50 mil detenidos? ¿Los retendrá indefinidamente en sus cárceles, a pesar de la carga financiera que implica para la hacienda pública, de la creciente erosión de la opinión pública y de la responsabilidad por las vidas de los detenidos? ¿O los liberará gradual y discretamente para disimular el fracaso? El llamado plan de control territorial corrió la misma suerte. El comienzo fue brillante en términos publicitarios, hasta que cortocircuitó y lo reemplazaron con la excepción. Además de improvisar y de gobernar de cara a la popularidad, la dictadura juega con la vida de decenas de miles de personas y sus familiares. Simultáneamente, Bukele ha pedido oraciones para suplir el abandono de la vulnerabilidad del país. La enrevesada formulación cantinflesca de la petición desafía a los maestros de la espiritualidad. En el fondo, simple ignorancia, revestida de piedad trivial. El decreto embrolla introspección, meditación, estabilidad emocional, oración, espiritualidad y esperanza. No sabe qué pide, pero sí por qué pide. Solicita oraciones para que las lluvias torrenciales no causen inundaciones, derrumbes y pérdidas humanas y materiales. Esa oración es una coartada para deberes no realizados a su debido tiempo y tiene mucho de “yo”, “mí”, “me”, “conmigo”, “para mí”. Es la oración del fariseo, donde hay mucho yo, pero poco Dios. La negligencia gubernamental, por lo general, solo golpea a la población con menos recursos y más desprotegida; paradójicamente, aquella donde la dictadura concentra el respaldo incondicional. Una

Oct 28, 20227 min

Una invitación al fraude electoral

“Para mí, el padrón electoral es la columna vertebral del sistema electoral. Sin un registro electoral confiable, actualizado, depurado permanentemente, cualquier proceso electoral resultaría con un fuerte grado de contaminación y no reflejaría exactamente cuál es la voluntad del cuerpo electoral”. Estas palabras fueron dichas por el ahora vicepresidente de la República, Félix Ulloa, en el programa Abriendo Puertas del Departamento de Sociología y Ciencias Políticas de la UCA, transmitido por Radio YSUCA en 2014. Ulloa tenía toda la razón: en un estado democrático, en el que se reconoce el derecho al sufragio activo, el padrón electoral es imprescindible en tanto herramienta para contabilizar y dejar constancia de quiénes pueden votar y quiénes ya lo han hecho. El padrón es una garantía de la democracia, pues permite contabilizar los votos de manera efectiva e impedir que alguien vote más de una vez en un mismo ejercicio electoral. Sin embargo, los diputados oficialistas, partiendo del argumento de que el padrón es muy engorroso, decidieron dejarlo fuera de la Ley Especial para el Ejercicio del Sufragio en el Extranjero, aprobada el pasado 18 de octubre. Que los y las migrantes tienen derecho a votar, está fuera de discusión. Pero el voto en el exterior debe hacerse bien, sin artimañanas que manipulen la voluntad de los migrantes para favorecer a una fuerza política. Que en la recién aprobada ley no se incluya el padrón electoral no solo es una grave deficiencia, sino también un signo de alarma sobre la intencionalidad de la normativa. Y no es esa la única falencia. Los diputados oficialistas contradicen tanto lo dicho por el ahora vicepresidente como al presidente de país. Una sentencia de la Sala de lo Constitucional mandó a la Asamblea Legislativa a emitir una ley que permitiera a los salvadoreños en el exterior votar también por los consejos municipales. En 2020, Nayib Bukele vetó una ley del voto en el exterior precisamente porque no contemplaba que los compatriotas votarán por concejos municipales. “Adefesio jurídico”, le llamó entonces el mandatario. Siendo así, la ley aprobada es otro adefesio jurídico: a los compatriotas en el extranjero solo se les permitirá votar para elegir presidente, vicepresidente y diputaciones. No podrán hacerlo para concejos municipales ni para el Parlacen, por lo que esta ley también viola la sentencia de la Sala de lo Constitucional. La ley del régimen contempla dos modalidades para votar en el extranjero en 2024: la electrónica presencial, que se realizará en consulados y centros de votación, y la remota, que se realizará por Internet. Los migrantes podrán votar con su pasaporte o su DUI, sin importar que esté vigente o vencido. Quienes en su documento de identidad estén domiciliados en El Salvador tendrán que votar el domingo 4 de febrero en los consulados o centros de votación habilitados. Quienes en su documento estén domiciliados en el extranjero votarán por Internet y tendrán 30 días para ejercer el sufragio. Así, las personas que deberán desplazarse para emitir su voto solo tendrán un día, pero aquellos que podrán votar por Internet, lo cual solo les tomará unos minutos, tendrán un mes para hacerlo. Además de esta contradicción, todos los votos por Internet serán para elegir las diputaciones de San Salvador. Y la ley prohíbe a los partidos políticos vigilar el voto por Internet, incluso excluye al mismo Tribunal Supremo Electoral, y obliga a contratar a un tercero para que audite el programa de computación utilizado. Y como ya es costumbre en el régimen, la ley autoriza al Tribunal saltarse la Lacap en las compras que se deriven del seguimiento al tema electoral. De este modo, gracias a la ley de Nuevas Ideas y sus aliados, no se podrá detectar si una persona, aprovechando que tiene domicilios diferentes registrados en su DUI y pasaporte, vota dos veces. Tampoco se podrá garantizar la autenticidad de los votos por Internet. Diversos analistas creen que con esta ley hasta los muertos podrán votar. Este panorama alienta el temor de que las elecciones de 2024 no sean limpias ni transparentes. Si a miles de salvadoreños les suplantaron la identidad registrando su DUI en la billetera electrónica Chivo, ¿qué impedirá que eso suceda masivamente el día de las elecciones? En este sentido, la ley aprobada es una invitación al fraude electoral.

Oct 27, 20226 min

Tal para cual

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El viernes 14 de octubre, la abogada Raquel Caballero de Guevara fue electa como procuradora para la defensa de los derechos humanos. Caballero ya había ocupado ese cargo en el período 2016-2019 y fue sancionada por el Tribunal de Ética Gubernamental (TEG) por haber promovido a su hijastra, Gaby Lourdes Guevara Quintanilla, al cargo de asistente técnica, además de haberle aumentado el salario. Caballero también fue reconocida porque, durante su primera gestión como procuradora, cerró la mesa de temas LGBTI y por su postura en contra de la despenalización del aborto. De igual forma, Caballero de Guevara fue una de las funcionarias que apoyó la implementación de medidas extraordinarias en los centros penales del país durante el gobierno de Salvador Sánchez Cerén. Es necesario recordar que dichas medidas también ocasionaron graves violaciones a los derechos humanos de las personas privadas de libertad, según las denuncias de distintas organizaciones. Por todos esos antecedentes, en realidad, no es sorpresiva la elección de Raquel Caballero. La bancada legislativa y sus aliados eligieron a una procuradora que no cumple con el requisito de tener “moralidad notoria”, pero que tiene historial de no incomodar al gobierno de turno, de no cumplir con sus mandatos constitucionales. En síntesis, Caballero es un perfil ideal para complacer al Gobierno del presidente Bukele, la procuradora que necesitaba. Sin embargo, como ya mencionamos en un editorial de hace algunas semanas, que la persona al mando de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tenga un historial como el de Raquel Caballero es un hecho desesperanzador y un duro golpe para distintos sectores y poblaciones vulnerables de la sociedad salvadoreña. Las víctimas de detenciones arbitrarias y de ejecuciones extrajudiciales, las del conflicto armado, las personas despedidas injustificadamente de instituciones gubernamentales, las personas que luchan por los derechos sexuales y reproductivos, la población LGBTI, las mujeres, los pueblos originarios, los defensores del medio ambiente, etc. estarán aun más desamparados en un contexto que cada día es más hostil y violento para la defensa de los derechos humanos y de los bienes naturales. En sus primeras declaraciones, luego de ser juramentada en su cargo, Raquel Caballero indicó que la PDDH tendrá como prioridad la creación de un observatorio electoral que, entre otras cosas, se encargará de monitorear la situación del voto en el exterior en 2024. La Asamblea Legislativa recién aprobó la normativa en la que se establecen las disposiciones para el ejercicio del sufragio en el extranjero. Según notas periodísticas, dicha ley permitirá el voto electrónico presencial en consulados y centros de votación en el extranjero y el voto remoto a través de internet. La ley no estipula la creación de un padrón electoral y autoriza al Tribunal Supremo Electoral (TSE) saltarse la aplicación de la Ley de Adquisiciones y Contrataciones de la Administración Pública (LACAP) y lo obliga a contratar a un ente externo para el manejo del sistema. Como vemos, esta ley deja muchas dudas y ofrece pocas garantías para la integridad de las elecciones de 2024. En ese sentido, que la PDDH y otras instancias estatales involucradas en el proceso electoral estén cooptadas por el oficialismo, es un elemento más que resta credibilidad al desarrollo y a la supervisión de las elecciones de 2024. La cooptación de las instituciones de control es una pieza clave para legitimar violaciones a los derechos humanos o para minimizar irregularidades en los procesos electorales, para tapar actos de corrupción, para favorecer a grupos económicos cercanos al gobierno y, sobre todo, para la consolidación del autoritarismo. * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 108.

Oct 26, 20225 min

Señalamientos internacionales

En El Salvador, se ha solido escuchar más al Gobierno estadounidense que a las instituciones internacionales de derechos humanos. Hoy la novedad es que no se presta oídos a ninguna instancia externa, mucho menos si tienen una palabra crítica sobre la marcha del país. Sin embargo, desoír a instituciones como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos solo reafirma la creencia de que los problemas se resuelven con fuerza bruta. Tal vez esta aminore la violencia en algún momento, pero la frase tantas veces repetida de que la violencia engendra violencia responde a la experiencia universal de que los comportamientos injustos, tarde o temprano, provocan un aumento de la agresividad y el delito. Diversas instancias internacionales están alarmadas por la falta de independencia de los poderes del Estado, por la inacción de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos ante los abusos de las fuerzas de seguridad, por la parcialidad en los juicios y por la muerte de detenidos, algunos de ellos con señales de tortura. No se cumplen, además, estándares básicos de derechos humanos en los procesos vinculados al estado de excepción. Las quejas son serias. Y la desconfianza en las autoridades aumenta debido a la superficialidad con la que se rechaza o responde dichas quejas. El director general de centros penitenciarios insiste en que todo está bien en las cárceles, pero es muy difícil creerle al ver las fotografías, publicadas por la misma institución que dirige, en las que se exhibe directamente el maltrato a privados de libertad. Las encuestas de opinión, si bien ofrecen datos de una aprobación relativamente amplia del estado de excepción, muestran cada día con mayor claridad que los abusos que se cometen contra los detenidos y sus familiares son rechazados y despiertan la crítica ciudadana. Negar garantías judiciales mínimas a los privados de libertad, así como información a sus familiares, hiere cada vez más la conciencia de la población. La ONU le ha pedido al Estado salvadoreño que las ONG nacionales de derechos humanos tengan acceso “a las instituciones penitenciarias de manera que puedan monitorear el disfrute de los derechos consagrados” en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, ratificado por El Salvador. Por supuesto, a la mayoría de funcionarios públicos de alto rango y a los poderes del Estado afines y plegados al Ejecutivo les tienen sin cuidado los compromisos y acuerdos que El Salvador ha firmado y ratificado. Si todo es tan perfecto como dice el director general de centros penales, no se explica el miedo, secretismo y cerrazón absoluta que el Gobierno mantiene hasta la fecha. Ver a las instituciones de la sociedad civil como enemigas y no aprovechar sus señalamientos para mejorar el respeto a los derechos humanos es uno de los mayores errores del régimen actual. Prescindir de los tratados internacionales firmados y ratificados por El Salvador es una arbitrariedad que tendrá repercusiones en quienes ahora se ufanan de hacer lo que les da la gana.

Oct 25, 20224 min

Ojalá por fin se entienda

Una vez más un fenómeno natural -esta vez la tormenta tropical Julia- tuvo en vilo a la mayoría de la población de los países centroamericanos, pero especialmente sufrieron angustia quienes siempre padecen las inclemencias del tiempo. Hasta el martes 11 de octubre en El Salvador, según registros de Ysuca, se registran 10 personas fallecidas, incluyendo a cinco soldados que murieron soterrados, más de dos mil personas albergadas, decenas de árboles caídos, derrumbes y deslizamientos, ríos desbordados, puentes colapsados, caminos y carreteras interrumpidos, pérdidas de pertenencias de miles de familias que viven en las zonas afectadas por inundaciones, etc. Como efectos indirectos hubo cortes de energía eléctrica en algunas zonas del país, las clases y actividades educativas en general se suspendieron así como diversas empresas e instituciones tuvieron que hacer un alto en sus actividades. Estos eventos han sido cada vez más frecuentes y son un golpe de mesa para que entendamos la gravedad de la situación en que viven grandes sectores de la población y el progresivo deterioro del territorio salvadoreño. La emergencia provocada por la tormenta Julia, como sucedió con Iota y Amanda, nos pone al desnudo frente a nuestros ojos las consecuencias de un modelo de organización de la sociedad y la economía que pone en el centro al dinero y no a las personas. Ojalá que con los desbordes del río Lempa, del río Grande en San Miguel, del río Arenal en San Salvador, o del río Chilama en La Libertad, por mencionar algunos que repiten este fenómeno, por fin comprendamos que ningún proyecto de desarrollo que entienda el progreso como encementar al país y no preservar y proteger el medio ambiente, tiene viabilidad a mediano plazo. La naturaleza es sabia, y cuando se impermeabiliza el suelo o cuando se cortan o desvían los caudales de ríos y quebradas por construir grandes edificaciones urbanísticas, ella misma busca los caminos por donde encontrar salida. Ojalá que por fin lleguemos a asimilar que las inundaciones en lugares donde antes no ocurrían, que los desbordes de quebradas que antes no se daban, que la ingente cantidad de agua que cae del cielo, tienen que ver con un cambio climático, que es real, que nos afecta directamente y que es consecuencia de las destrucción, por parte de ser humano, del único planeta que tenemos, por hoy, para vivir. Ojalá que entendamos que la insuficiencia de drenajes y alcantarillas en las calles de las ciudades por atiborrarlos de basura, es lo que, en parte, provoca inundaciones y desgracias en calles y avenidas. La tormenta Julia también desnudó que son los mismos sectores empobrecidos, los que viven en zonas marginales, a la orilla de ríos y barrancos, los más afectados porque viven en condiciones que no son dignas de un ser humano y de un país que en sus leyes proclama que todos y todas somos iguales. Ojalá que esta emergencia permita aprender por fin que el Sistema Nacional de Protección Civil debe fundarse en la participación de las mismas comunidades porque son ellas las que, mejor que nadie, conocen su territorio, a su gente y se pueden organizar de una manera más efectiva. Imponer medidas y decisiones asumiendo que las autoridades saben lo que la gente necesita es, además de prepotente y autoritario, un craso error de la presente administración que causó muchos contratiempos en esta y las emergencias anteriores. En fin, ojalá que por fin se entienda que la comprensión del riesgo de sufrir desastres sociales y económicos a causa de fenómenos naturales radica en gran parte en entender la vulnerabilidad, sus formas y su evolución en el territorio. Es cierto que los fenómenos naturales son impredecibles, pero también es cierto que se pueden mitigar los daños. Un huracán puede pasar sin derrumbar puentes y muros causando dolor y daño, mientras que solo una lluvia intensa puede causar pérdidas de viviendas e infraestructura. La clave está en la vulnerabilidad de la población y del territorio. Una “vivienda” construida sin los materiales adecuados y en una zona de riesgo es mucho más vulnerable que otra construida en un lugar seguro y con materiales correctos. De la misma forma, un territorio deforestado es más vulnerable que otro en que se respete y proteja la naturaleza. Ojalá también la gente entienda que a los políticos no les ha importado proteger a la naturaleza ni a las personas pobres, porque estos eventos de emergencia les sirven como justificación para extender la mano y solicitar ayuda internacional que nunca llega a las personas más vulnerables. Ojalá que por fin aprendamos. Ningún proyecto económico o político será viable, si no garantizamos tener un medio ambiente saludable y sustentable para todos y todas. * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 107.

Oct 24, 20226 min

Prevención, palabra olvidada

El paso de la tormenta tropical Julia por nuestro país ha creado un desastre severo para muchas personas. Una vez más se constata la debilidad que tenemos en la prevención del desastre, en unos tiempos en los que el indetenible proceso de calentamiento global augura tanto tormentas como sequías más violentas y duraderas. Después de cada desastre, se habla siempre de prevenir, pero el siguiente acontecimiento destructivo que nos sacude nos encuentra de nuevo mal preparados. No hay un censo efectivo de lugares en riesgo ni una normativa que planifique modos de superación de la vulnerabilidad. No hay planes estatales de vivienda rural que evalúen lugares peligrosos y que ayuden a los campesinos a construir en zonas seguras y con calidad de materiales. En general, el riesgo de los pobres no se tiene en cuenta hasta que el huracán, el terremoto o la sequía afecta. En cambio, se otorgan con facilidad permisos ambientales para construir casas caras, a las que no tiene acceso el sesenta o setenta por ciento de los salvadoreños, pero que afectan humedales, reservorios de agua y el acceso al agua de sectores vulnerables. Las construcciones en ladera acumulan y acrecientan las corrientes de agua hacia las partes bajas en algunas ciudades como San Salvador. Pero parece que los problemas que se generan no importan cuando se trata de beneficiar negocios particulares. La prevención ha estado también ausente en la agricultura. El uso de pesticidas y agroquímicos continúa siendo un problema para el país. El glifosato, el paraquat y los compuestos de 2,4-D se usan en agricultura sin mayor control, a pesar de las evidencias de que han sido, al menos parcialmente, la causa de la insuficiencia renal crónica, verdadera plaga nacional. Por otra parte, si bien la prevención de diversas enfermedades ha avanzado gracias a las vacunas, el Estado no tiene un compromiso serio en prevenir padecimientos de salud relacionados con intereses económicos del gran capital. La diabetes y la ateroesclerosis, causadas con frecuencia por una dieta cargada de grasa y azúcares, y muy comunes en El Salvador, no cuentan con medidas adecuadas para prevenirlas, ni siquiera mediante campañas nutricionales. Los intereses económicos tienen mayor peso que la salud pública. La palabra prevención está escrita con letra pequeña en el diccionario salvadoreño y es difícil encontrarla. El papa Francisco, en su carta encíclica Laudato si, señalaba que hay en el mundo demasiadas personas pobres o vulnerables, cuyos “medios de subsistencia dependen fuertemente de las reservas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos forestales”. Advierte también de la cada vez más baja calidad del agua de consumo en favor de la privatización y comercialización de la misma, que pone en grave riesgo la salud de los pobres y les niega “el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”. La situación en El Salvador no es ajena a la denuncia del papa. La necesidad de actuar en la prevención del desastre no solo es una responsabilidad ciudadana coherente con los derechos humanos, sino que además es, para todos los cristianos, una exigencia derivada desde el mandato evangélico del amor. Agravada la situación del país por la enfermedad evitable y por el desastre, así como por la debilidad de los sistemas de protección social, a los pobres y vulnerables no les queda más remedio que emigrar o morir en medio del abandono. Con razón insiste el papa Francisco en que “tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre”. Un tema grave, porque el conjunto de pobres y vulnerables ronda con facilidad el 75% de nuestra población, aunque no todos se vean afectados con gravedad por la crónica irresponsabilidad del Estado en el terreno de la prevención.

Oct 21, 20225 min

El espejismo mortal de la idolatría

La naturaleza humana necesita ídolos para creer, estúpidamente, que la identificación con ellos hace a sus adoradores un poco más grandes y poderosos. La gente encuentra ídolos en el deporte, el ámbito religioso, la farándula y la política. La relación de los adoradores con su ídolo es extremadamente apasionada y, por tanto, no entiende de razones. No obstante, los ídolos suelen desaparecer sin dejar rastro y son reemplazados por otros, con tranquilidad prodigiosa. Los gerifaltes de Arena nunca imaginaron que su fundador y su himno caerían en el olvido. Lo mismo vale para los del FMLN: Farabundo y la revolución socialista ya son cosa del pasado. No es extraño, entonces, que los alcaldes otrora de esos partidos actualicen su idolatría. No se desplazan por principios, si alguna vez los tuvieron, sino por simple conveniencia. Venerados en su día, hasta el extremo de entregarles bienes y vidas, de esos ídolos no queda nada. Otro los ha sustituido. Algunos grandes capitales cambian también de ídolo sin remordimiento. El ídolo se levanta, en parte, por una mezcla de cualidades personales y ambición de poder, a veces con rasgos mesiánicos; y en parte, aupado por las circunstancias. Encuentra seguidores, que se identifican con él convencidos de que su poder, su afluencia económica y su bienestar son también suyos. La identificación hace creer a los adoradores que ellos también son importantes y poderosos. Viven, sienten y actúan a través de su adorado líder. La entrega es tan total que sus hambres y enfermedades, sus humillaciones y sufrimientos se desvanecen en el ídolo. Los idólatras creen a pie juntillas en sus promesas. Su palabra es vida verdadera y duradera. Por eso, agreden ferozmente a quien la cuestiona o la contradice. Desacreditar esa palabra es despojarlos de sus expectativas y lanzarlos al vacío. El idólatra, desengañado o cansado de bregar contra circunstancias adversas, entrega confiadamente su destino al ídolo. No piensa, sino obedece; no conjetura, sino acepta ilusionado. Su finalidad es la vida del ídolo, porque cree que en ella se resuelve la propia. Sobra decir que el ídolo alimenta esa creencia, pues de esta depende su subsistencia. El ídolo vive de los adoradores y su culto. Sin estos, se desmorona. El embrujo idolátrico impide que el creyente adquiera conciencia de que en la incondicionalidad y el servilismo se le escurre la vida. Mientras se desvive para dar vida al ídolo, pierde la suya. El ídolo devora a sus adoradores. Estos no contemplan la finitud del ídolo hasta que este se desmorona. Sus expectativas son tan vitales y están tan arraigadas que aceptar la contingencia de lo adorado es admitir su propia impotencia, fragilidad y, en definitiva, transitoriedad. Lucharán, incluso le entregarán su vida, con tal de conservarlo en el pedestal. La gran equivocación de Arena y del FMLN, y antes de la democracia cristiana de Duarte, fue entregar cuerpo y alma a sus respectivos ídolos. La capitulación les impidió pensar críticamente y desarrollar una praxis política creadora y constructiva. Ahora bien, alejarse del ídolo no es fácil, pues amenaza con castigos severos a quienes osan rebelarse o fugarse. Cuando se cumpla el tiempo del ídolo, el encanto se romperá y aparecerá la realidad en toda su crudeza. Los creyentes se encontrarán no solo en una situación peor que antes, sino también desengañados y frustrados. Entonces, saldrán en busca de otro ídolo, a quien entregar su decepción y sus expectativas, para que las transforme en nuevas ilusiones que les ayuden a sobrellevar la adversidad con renovado aliento. El círculo se repite sin solución de continuidad. La naturaleza humana se rebela contra su poquedad y su pequeñez. Se revuelve contra la impotencia y la fugacidad. Quisiera ser como Dios. Pero como este es insondable, las personas construyen ídolos manejables, de los cuales deriva la grandeza y el poder que añoran. Ese fue el intento de los constructores de la torre de Babel. Se propusieron llegar al cielo, pero, en el camino, la ambición los confundió. Los proyectos idolátricos no se caracterizan por la coherencia, la solidez y la racionalidad. La ambición ofusca de tal manera que la contradicción y la mentira son constantes y desvergonzadas. No puede ser de otra manera, dada la perversidad de su tentativa. Los constructores de estas torres dejan ruinas y muerte a su paso. Las tres religiones abrahámicas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, prohíben terminantemente la idolatría. La tradición judeocristiana rechaza el culto a cualquier criatura. El islam no tolera la reproducción de la imagen humana, porque usurpa el derecho divino de infundirle vida. Paradójicamente, la inmensa mayoría de los practicantes del culto idolátrico se dicen creyentes en el Dios de Abraham. A ellos cabe recordarles de modo muy particular la orden clara del Deuteronomio: “Escucha, Israel, el Señor, Nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fue

Oct 19, 20227 min

El gobierno de la seducción triste

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Los gobiernos populistas y autoritarios van en ascenso en el mundo. Desde el control de las instituciones, mantienen políticas agresivas contra las minorías y los opositores. Seducen a la población con su crítica a los partidos y políticos tradicionales, usualmente demasiado cargados de discursos ideológicos y de serias contradicciones entre lo que dicen y lo que hacen. Meten velocidad a sus proyectos sin reparar en gastos o en legalidades, y buscan culpables de los problemas en los migrantes, los extranjeros o cualquier sector social que despierte miedo o rechazo a causa de prejuicios existentes. No admiten la crítica y tienden a un nacionalismo fanatizado que se apoya en la fuerza militar o policial. Esa tendencia se da en países desarrollados, generalmente con partidos conservadores y con una clase media asustada por alguna crisis. En América Central, la tendencia se repite, con la diferencia de que en el istmo el autoritarismo populista se aúpa en los sectores empobrecidos, ávidos de cambio, que ven en la autoridad fuerte, una esperanza. En Nicaragua, el régimen de Ortega, ya una dictadura en forma y contenido, reprime con brutalidad a la oposición. Lo siguen, con formas más suaves y más sofisticadas, el resto de los países centroamericanos. En El Salvador, Nuevas Ideas llegó al Ejecutivo montado en un partido taxi y posteriormente arrasó en la elección legislativa. Con los dos poderes bajo su control, la toma de las demás instituciones estatales se llevó a cabo con rapidez, prescindiendo de toda legalidad, procedimiento o principio. La agilidad en la toma de decisiones, la efectividad de algunas de ellas, el lenguaje desinhibido, y la entrega de bienes básicos en momentos de emergencia sedujeron a una buena parte de la población. En un cultura autoritaria y machista, el autoritarismo gusta, porque da la impresión de eficacia. Sin embargo, el modo de gobernar, más allá de la propaganda, no se separa de los vicios del pasado. El endeudamiento tiene un ritmo galopante, la lucha contra la pobreza como fenómeno estructural es escasa o prácticamente nula, la violencia ilegal se combate mediante la violencia legalizada del Estado sin atender a las causas estructurales del delito. Las promesas son muchas y muy grandes, pero el ritmo de cumplimiento es lento. La prevención de desastres continúa inoperante; la corrupción aflora en ciertas dependencias. Se exige fidelidad absoluta tanto a los propios como a los aliados, y la cultura del diálogo se ha sustituido por la burla, el insulto y la intolerancia. El mundo de la política, de los principios, de la búsqueda del bien común se ha cambiado por la propaganda y el espectáculo. Lo que importa es seducir. Pero lo que se produce es una seducción triste, porque no cumple con lo que ofrece y, por ello, está llamada al fracaso. La deuda, la pobreza, la desigualdad y la violencia, en la medida que se perpetúan, producen decepción. Además, los modos de ejercer el autoritarismo empiezan a a caer en el ridículo. Acciones como detener y exhibir a un médico porque atropelló a un gato, hablar de artículos ocultos de la Constitución y argumentar que los colores azul y blanco en las escuelas tensan a los niños terminarán cansando a la población que no ve los resultados esperados de la teatralidad gubernamental. Al final, la ciudadanía encantada con el régimen autoritario terminará despertando en el viejo y conocido país de siempre, con las esperanzas rotas y con las mismas únicas opciones de hace décadas: o emigrar, o aguantar con la ilusión de que las cosas un día estarán mejor, o jugársela en el delito y la corrupción. Por sí sola, sin encontrar asidero en la realidad, la seducción solo conduce a una tristeza profunda en el espíritu.

Oct 18, 20225 min

Una tarea impostergable: prevenir, proteger

Una vez más, una intensa tormenta ha causado graves daños en el territorio nacional, siendo El Salvador el país en el que Julia dejó el mayor número de víctimas humanas a su paso por Centroamérica. Diez vidas que no se habrían perdido de haberse actuado con mayor cuidado y previsión ante la llegada de la tormenta. Como se ha podido observar, estos fenómenos climáticos son cada vez más frecuentes e intensos. La elevación de las temperaturas facilita la generación de eventos ciclónicos. Las miopes decisiones de la humanidad y el modelo de desarrollo depredador han provocado un cambio climático de graves consecuencias para la vida en el planeta, a pesar de que todavía muchos se niegan a aceptarlo. Ha sido sobrecogedor ver cientos de viviendas prácticamente bajo el agua y pensar en las familias que perdieron todo lo que en sus casas habían ido atesorando. Se han quedado sin nada: sin ropa, sin camas, sin electrodomésticos, sin muebles, sin vehículo, sin medios de vida. Causan gran desazón las imágenes de amplios campos de cultivo inundados, con la consecuente pérdida del fruto de meses de trabajo, cientos de miles de quintales de maíz y frijol que eran la esperanza de muchas familias campesinas y que alimentarían a la mayoría de la población salvadoreña. Miles de familias tendrán que volver a empezar de cero. Pero la tormenta Julia, al igual que otras anteriores, no ha causado el mismo daño a todos los salvadoreños. Las damnificadas son siempre las familias pobres, las que viven en las laderas y en las riberas de los ríos, las que habitan en colonias y barrios con sistemas de drenaje mal construidos o simplemente improvisados, las que viven en champas porque sus recursos no alcanzan para más. Familias que no logran salir de la pobreza porque periódicamente, como si de una maldición se tratase, un temporal o un terremoto les arrebata todo. Familias que viven en permanente inseguridad no solo por la criminalidad o la falta de una fuente de ingresos estables, sino por la vulnerabilidad socioambiental de El Salvador. En nuestra sociedad, es una creencia extendida que que no hay nada que hacer ante estos eventos, que los daños son inevitables, porque son voluntad de Dios. Nada más lejos de la realidad. Por supuesto, no se puede evitar que sucedan tormentas o terremotos, pero sí que ocasionen daños. Si bien el cambio climático es una realidad con la que el mundo debe aprender a vivir y que afecta más a las personas y países más pobres, es posible y necesario prepararse y adaptarse al mismo, lo que demanda nuevos modos de organizar y proteger la vida. En el caso de El Salvador, se requiere de un sólido sistema de protección civil, tanto a nivel local como nacional, que tenga bien mapeado los territorios, que conozca los lugares susceptibles de inundación y deslave, que planifique e invierta en obras de protección y en la reubicación de asentamientos hacia terrenos más seguros, que cuente con comités de emergencia y organizaciones municipales capaces de organizar la evacuación de zonas de alto riesgo y facilitar un hogar temporal mientras dure la amenaza. La dura experiencia de la tormenta debería servir para tomar consciencia de ello e impulsar un proceso que conduzca a la elaboración de un plan integral de protección y prevención ante fenómenos naturales, pensando en primer lugar en los grupos sociales más vulnerables. Sin embargo, eso no sucederá: a diferencia de los desastres, la planificación y la prevención no generan fotos impactantes.

Oct 15, 20225 min

Discernimiento popular

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Con frecuencia los políticos usan las encuestas de opinión para favorecerse a sí mismos. Sin embargo, cuando están bien hechas y cuando la reflexión sobre ellas es la adecuada, lo que se advierte es que la opinión popular tiene un grado de discernimiento y reflexión que casi siempre los políticos tratan de ocultar. Hace años, previo a unas elecciones, el Instituto Universitario de Opinión Pública (Iudop) de la UCA preguntó a los ciudadanos por quién votarían y si creían que con un eventual triunfo de Arena seguirían gobernando los ricos en El Salvador. A mucha gente le extrañó que la mayoría de los encuestados dijera que votaría por Arena y que respondiera simultáneamente que con dicho partido seguirían mandando los ricos. Pero lo que debía deducirse no es que el pueblo fuera contradictorio, sino que tenía una forma de discernimiento que le llevaba a pensar que el gobierno de los ricos, en circunstancias concretas, sería el mal menor para el país. En la actualidad, una encuesta de Fundaungo nos muestra con claridad el discernimiento de la población. Preguntada por el régimen de excepción, casi el 84% da una opinión favorable al mismo. Pero en la medida en que se iban desglosando aspectos que caracterizan el régimen de excepción, la aprobación bajaba, hasta llegar al 8% cuando se preguntó si se estaba de acuerdo con que no se diera información a los parientes de los detenidos. En otras palabras, la gente aprueba el régimen de excepción como un camino de enfrentamiento con las maras, consciente de que su presencia es uno de los problemas de seguridad más graves de El Salvador. Sin embargo, rechaza en niveles cercanos al 90% tanto el silencio informativo como la condena sin presencia de abogados defensores. Otros aspectos del régimen de excepción, como la detención administrativa durante 15 días o el ser capturado por simples sospechas sin orden judicial, tienen un rechazo poblacional de más del 50% de los encuestados. ¿Tiene apoyo popular el presidente Bukele? Es evidente que sí. Pero lo cierto es que en quienes le apoyan hay cada vez un mayor discernimiento entre los resultados y los medios para obtenerlos; y que el exceso de fuerza, el militarismo o la violación de derechos pesa cada día más de un modo negativo en la conciencia. Si se cerca a más municipios como se ha hecho con Comasagua, la incomodidad irá creciendo. Si se continúa enjuiciando personas sin derecho a defensa o se las priva del derecho a tener contacto con los familiares, la insatisfacción se irá ampliando y ahondando. Aunque el exceso de fuerza que se está practicando tenga resultados casi inmediatos, prolongarla aumentará la incomodidad y la crítica. En el país existe una cultura de violencia que se expresa tanto en la brutalidad de la delincuencia como en otros fenómenos. El castigo físico a los niños, el machismo y el maltrato a la mujer, el lenguaje de odio en las redes, el gusto por las armas, la acumulación de guardaespaldas, la prepotencia de algunos funcionarios y empleados públicos alimentan esa cultura, que al final coloca al más fuerte por encima del débil y sus derechos. Casi podemos decir que de ahí aprendieron los miembros de las pandillas, llevando la violencia a extremos inusitados. Maquiavelo, al que con tanto placer leen algunos políticos dados a la “moralidad notoria” y simultáneamente al ventajismo personal y de grupo, terminaba su obra más conocida, El príncipe, diciendo que “no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias”. Por esa misma razón, y más en democracia, el político debe apegarse a la normativa vigente, impulsarla hacia el bien común y no utilizar el poder como una fuente de arbitrariedad, sin respeto a reglas y condicionamientos expresados en la doctrina de los derechos humanos. Hacer lo contrario, aprovechar el poder como fuerza, lleva al enfrentamiento, precisamente por las insuficiencias humanas y por los mismos efectos de un poder sujeto a la dinámica de acción y reacción. Aunque se pueden ganar muchas partidas cuando se juega al poder, tarde o temprano llega el momento de la derrota. Hacer bien las cosas, ser fiel a los principios democráticos y a sus normativas, es lo mejor que puede emprender cualquier persona que se embarca en la empresa de la política, siempre sujeta a tormentas. Los que hoy sufren por no haber pagado la renta de los sobresueldos son un ejemplo, digamos que en pequeño, de lo que pueda generar el no apegarse a normativas. Quienes se las saltan están sujetos a los vaivenes de la política, más allá de los triunfos del momento.

Oct 14, 20226 min

Afán de irrelevancia

El domingo 9 de octubre, mientras la población se preparaba para recibir a la tormenta tropical Julia, el FMLN celebró su convención extraordinaria nacional número 37. Al evento no tuvo acceso la prensa y no se dieron declaraciones oficiales. Según algunos participantes, asistió aproximadamente un 60% de los convocados; de ese porcentaje, más de la mitad votó a favor de una reforma de los estatutos, uno de los puntos centrales de la actividad. El evento confirmó algo que ya es de conocimiento público: la división del partido. En el contenido de las reformas sobresale la prohibición de más de una reelección en cargos de elección popular. Según sus promotores, se quiere evitar la rueda de caballitos que ha predominado hasta ahora en el partido. Para otros, la reforma más bien va dedicada a dos diputadas que están ya en su segunda legislatura y que no responden al sector que domina el instituto político. Quienes respaldan los cambios señalan que llevarán al partido a un centralismo democrático; quienes los adversan creen que ese es un eufemismo para encubrir el ansia de un control totalitario que elimine las corrientes internas de pensamiento e imposibilite la disidencia. El discurso que alimenta las reformas afirma que el FMLN es el único partido de izquierda en el país y que a su interior existe una corriente conservadora, derechista y financiada por la embajada estadounidense. De hecho, algunos convencionistas celebraron los resultados como una victoria contra esa corriente interna que, dicen, buscaría desvirtuar al partido llevándolo a la socialdemocracia y a entenderse con la derecha política. Estos defensores de la reforma definen al FMLN como no electoralista, cuyo principal cometido es volver a las raíces ideológicas que inspiraron a Hugo Chávez, Fidel Castro y Schafik Hándal. Priva en ellos el lenguaje antiimperialista y antiBukele. Llama poderosamente la atención que, faltando poco para las elecciones de 2024, en la convención no se trató el asunto. Después de estar en el poder sin propiciar los cambios anhelados, después de abundantes señalamientos de corrupción y después de reducir a una fracción su caudal electoral, el FMLN no parece tener un proyecto ni suscitar esperanza en la gente. Aritméticamente, es una fuerza irrelevante; la búsqueda de pureza ideológica podría llevarle también a la insignificancia política. En los tiempos que vive el país y dado el desprestigio social del partido, la fraseología revolucionaria lo avocaría al suicidio político. La intolerancia, el sectarismo mesiánico y el maniqueísmo interno amenazan al Frente con convertirlo en un club dedicado a cultivar la nostalgia por las utopías del pasado, al estilo de los minúsculos partidos comunistas de la Europa occidental, siempre tan radicales como insignificantes para la suerte de sus pueblos. El primer beneficiado del rumbo que está tomando el partido de izquierda es Nayib Bukele, su proyecto político y gobierno. La reivindicación de una pretendida pureza ideológica perjudica los esfuerzos por construir una amplia alianza de oposición que haga frente común a la avanzada autoritaria de un presidente que amenaza con perpetuarse en el poder, tal como en otros países hicieran mandatarios muy cercanos a los actuales dirigentes del FMLN. Dirigentes que precisamente consideran enemigos a los correligionarios que creen que solo una amplia alianza de la oposición puede hacerle frente a la amenaza totalitaria que representa el régimen actual. La búsqueda de pureza ideológica no es realista ni pragmática; en nombre de un ideal, se toma distancia de la idea de construir una alternativa real en el momento histórico que vive el país.

Oct 13, 20225 min

Novedad y desgaste

Editorial UCA Escuche aquí: En estos tiempos en los que el capitalismo de consumo impone el marketing como forma de relación tanto económica como social y política, los Gobiernos recurren a la propaganda para evitar el desgaste. Esto no es nuevo, pero ahora esa dinámica se robustece gracias a la tecnología, presente en casi todas las esferas de la actividad humana. En la Roma imperial se decía que para mantenerse cómodamente en el poder había que brindar pan y circo a la población. Con la misma intención, Maquiavelo recomendaba a los príncipes que actuaran de tal manera que generaran temor. En Estados Unidos se puso de moda, a principios del siglo XX, hablar suave, pero, al mismo tiempo, mostrar mano firme. Y de ahí se pasó a la consigna, básicamente imperialista, del garrote y la zanahoria: amenazar al desobediente con la intervención militar y premiar al sumiso con prebendas. En El Salvador, ante el desamparo producido por la ausencia de leyes efectivas de protección social, quienes ejercen el poder recurren a estrategias parecidas. La propaganda de los beneficios otorgados va unida a las amenazas a cualquiera que pueda entorpecer el orden establecido. El Gobierno actual ha seguido esa estrategia. Decir que hace lo que nadie logró anteriormente es uno de los puntos claves de su propaganda. Nadie antes atendió tan bien una pandemia, nadie antes dio 300 dólares a la población necesitada, nadie antes se enfrentó y venció a las pandillas, nadie antes se atrevió a sacarse una selfi en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Cosas buenas, algunas de ellas; espectaculares, otras; y fallidas otras tantas, como la apuesta por el bitcóin. Y en paralelo, insultos, amenazas y presiones para quienes critican a las autoridades o descubren algunas de sus insuficiencias, corruptelas o mentiras. Conservar la popularidad es ahora el objetivo del poder político, más allá de cómo se gestiona la cosa pública. Y para alcanzar ese objetivo, cualquier medio vale. En este sentido, el régimen ha vuelto obsoleta la sentencia básica de la moral que dice que el fin no justifica los medios. Sin embargo, cuando la gestión gubernamental no toca problemas estructurales como la pobreza y la desigualdad, el desgaste termina por reaparecer. Porque la acción novedosa que no provoca cambio social facilita que los problema continúen surgiendo. Solo es una novedad que deslumbra en un primer momento, para caer después en lo ya conocido. Destituir y nombrar jueces con el único criterio de la obediencia al poder es abonar a la pervivencia de la corrupta vieja justicia de siempre. Debilitar a las pandillas con acciones que irrespetan la legalidad y la dignidad humana mantiene vigente la cultura de la violencia. Regalar computadoras a los estudiantes en pobreza sin asegurar la conectividad a Internet vuelve inoperante una medida encaminada a la mejora de un sistema de educación muy deficiente. La novedad de acciones o promesas espectaculares atrae, pero si no se cambia la injusticia estructural que sufre El Salvador, da paso muy pronto al desgaste. Y si este se hace crónico, incluso los mensajes de odio tan queridos por troles y afines se volverán en contra de quienes los promueven, ahondando el ya intenso malestar social y dejando postrado al país en sus males de toda la vida.

Oct 12, 20225 min

El presupuesto desconocido y los problemas de siempre

Proceso El 30 de septiembre pasado, el Gobierno de El Salvador presentó el anteproyecto de Presupuesto General del Estado para el año 2023. El presupuesto tiene ahora un monto de $8,902 millones, un incremento de un 11.7% con respecto al año anterior. Como ya es costumbre, el Gobierno todavía no ha publicado el documento que contiene el presupuesto y, por tanto, la ciudadanía aún no puede conocer cuáles son las prioridades de inversión del Ejecutivo. Más allá del tema de la transparencia del presupuesto y del cada vez más difícil acceso a la información pública, hay también otras problemáticas urgentes que siguen sin ser abordadas, pero que ocasionan la pérdida de vidas humanas y el deterioro sistemático de las condiciones de vida de la población, por lo cual requerirían de una mayor inversión y de un abordaje amplio a través de políticas públicas. Por ejemplo, hace unos días, la Dirección Nacional de Protección Civil informó que, durante la estación lluviosa, en El Salvador han fallecido 30 personas: 12 de ellas soterradas, 16 arrastradas por ríos, una arrastrada hacia un tragante y otra impactada por un rayo. Además de las lamentables pérdidas de vidas humanas, Protección Civil registra cientos de viviendas dañadas y otros daños en carreteras o infraestructura pública. Todos los años, El Salvador se ve afectado por fenómenos naturales que exacerban la alta vulnerabilidad en la que vive gran parte de la población salvadoreña y que arrebata, año tras año, la vida de muchas personas. Según el Informe Nacional del Estado de los Riesgos y Vulnerabilidad, publicado por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) en 2017, “En El Salvador el 88.7 % del territorio se considera zona de riesgo y sobre esa superficie se asienta el 95.4% de la población, lo cual lo hace unos de los países más vulnerables del mundo” (P.8). De igual manera, entre todo el ruido sobre el tema de la reelección presidencial o sobre la obediencia absoluta que se le debe rendir al partido de gobierno, el aumento al costo de la vida ha continuado sin dar tregua, aunque haya combustible o gas subsidiado. De acuerdo con datos del Centro para la Defensa del Consumidor (CDC), la canasta básica, de enero del 2021 al mes de agosto del 2022, ha aumentado en la zona urbana $39.71 y en la zona rural $37.79. La inflación de los 22 productos que conforman la canasta básica es del 17% en la zona urbana y en la zona rural es de un 20%. El CDC también señala que el aumento de la canasta básica ha ocasionado que la población sustituya el consumo de productos como leche, huevos, carne o pollo por otros alimentos altos en carbohidratos, como las pastas, lo que ocasionaría una mayor incidencia de enfermedades. De hecho, para el 53.8% de la población salvadoreña, según la última encuesta de Fundaungo, el problema más grande que enfrenta el país es la economía. Como vemos, estos son solo un par de ejemplos de problemáticas que afectan el día a día de la población salvadoreña y que, por supuesto, no es posible abordarlos ni solucionarlos a través de la propaganda o de la grandilocuencia discursiva. Aunque se desconozcan los detalles del presupuesto para 2023, es posible aventurarse a decir desde ya que las carteras de Seguridad y, especialmente la de Defensa, seguramente han sido tratadas con especial privilegio en la asignación presupuestaria, al igual que las comunicaciones de la Presidencia de la República, pues parece que esto sí es necesario para mantener el proyecto de acumulación de poder y de privilegios que han construido el presidente Bukele y sus aliados. Sin embargo, si de verdad desde el Estado hay conciencia de que es necesario hacer algo para mejorar la vida de las personas, es necesario que esto se refleje con la importancia y la prioridad necesaria en el presupuesto general del Estado. * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 106.

Oct 11, 20225 min

Oscurantismo, corrupción e impunidad

De acuerdo a la Organización de Estados Americanos (OEA), el acceso a la información es un derecho fundamental que comprende la obligación del Estado de brindar a los ciudadanos acceso a la información que está en su poder, y es una condición esencial para todas las sociedades democráticas. Naciones Unidas señala que es parte intrínseca del derecho a la libertad de expresión. La Unesco considera que “solo los ciudadanos informados pueden tomar decisiones informadas”. Y sentencia: “Solo cuando los ciudadanos sepan cómo son gobernados, podrán hacer que sus gobiernos rindan cuentas por sus decisiones y acciones”. Hay, pues, un fuerte consenso a nivel internacional en que el acceso a la información pública promueve la participación ciudadana y, en consecuencia, contribuye a la gobernabilidad democrática. Por ello, es una obligación ineludible de aquellos que gestionan la cosa pública informar a la población de su trabajo, de sus planes presentes y futuros, sin faltar en ningún momento la rendición de cuentas sobre los recursos que en nombre del pueblo administran. Sin embargo, en El Salvador, lo común ha sido que los funcionarios se consideren dueños de las instituciones que dirigen, en las que actúan como señores feudales. Esto ocurre en alcaldías, ministerios, la Asamblea Legislativa, el Ejecutivo y la Corte Suprema de Justicia. Muchos de ellos, tanto los electos o como los nombrados a dedo, se olvidan de que por encima de todo son servidores públicos, que se deben al pueblo soberano, y que este tiene todo el derecho a saber qué hacen, cómo utilizan los fondos públicos. Frente a esa realidad, en la primera década de este siglo, varias organizaciones sociales, trabajando unidas por una ley de acceso a la información pública, lograron vencer todas las resistencias y obstáculos para que finalmente, en diciembre de 2010, la Asamblea Legislativa aprobara dicha ley, la cual entró en vigor casi un año después. La aprobación de la Ley de Acceso a la Información Pública fue una importante victoria de la sociedad civil y supuso un avance significativo en materia de transparencia. Gracias a la normativa y a sus instituciones y mecanismos, durante unos pocos años fue posible que cualquier ciudadano pudiera acceder a la información de las instituciones públicas de un modo hasta entonces impensable. Sin embargo, muy pronto la tendencia de los servidores públicos al secretismo y a evitar la rendición de cuentas llevó a que se introdujeran reformas legales que limitaron la amplitud del acceso a la información. Además, se eligió comisionados que contribuyeron a que en la actualidad la Ley sea en la práctica papel mojado. Hoy, al igual que antes, los salvadoreños no tienen derecho de acceso a la información pública. En menos de 10 años, el país pasó de tener una de las mejores leyes de acceso a la información pública a una realidad en la que conocer qué hace y en qué gasta el Gobierno depende de la voluntad o descuido de los funcionarios. El retroceso ha sido monumental. El Salvador ha vuelto al oscurantismo del pasado, la cosa pública se gestiona con el mayor de los secretismos. Y constantemente los organismos públicos toman nuevas medidas para impedir que la ciudadanía esté informada de cuestiones tan básicas como los planes nacionales de salud y de seguridad, el uso de los fondos en la Asamblea Legislativa y la hoja de vida de los asesores de los diputados. Igualmente grave es el ocultamiento de los detalles de las adquisiciones públicas y de la asignación de grandes y costosos proyectos de infraestructura. Con la clara y decidida opción de la administración de Nayib Bukele por la opacidad, pierde el país y pierde la ciudadanía, y se sigue avanzando en dirección contraria a los principios democráticos y a una sociedad basada en la ley, no en los caprichos e intereses de sus gobernantes. Se están sembrando las condiciones para que la corrupción y la impunidad, dos de nuestros males históricos, cobren aún mayor fuerza.

Oct 8, 20225 min

El Armagedón presidencial

La contribución de Bukele con una revista especializada en criptomonedas presenta los lugares comunes de su autor de una manera más articulada de lo habitual. Dada la especialidad de la revista, Bukele ratifica su confianza ciega en el bitcóin y ensalza su decisión de adoptarlo como moneda nacional. Otro tópico. Luego se refiere a la realidad nacional e internacional en términos apocalípticos. Bukele dice librar una lucha a brazo partido contra enemigos muy poderosos por la libertad, la verdad, la prosperidad y “el futuro de la humanidad”. Los enemigos de Bukele son muchos más y más perversos que los de Putin, el dictador ruso. Este se enfrenta militarmente con Ucrania, la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos, pero el sátrapa salvadoreño lucha contra casi todos los Gobiernos y las corporaciones del mundo, los bancos y las organizaciones internacionales, los ejércitos, los préstamos, la clasificación crediticia, la industria, el comercio, el suministro de alimentos, el derecho internacional y la propaganda. Los poderes del mundo se habrían confabulado para derribarlo con la mentira, el desprestigio, la destrucción, la censura, la confiscación y las publicaciones. “Las fuerzas más poderosas del mundo” habrían decidido acabar con él por haberse levantado contra el “sistema mismo”, al colocar en el país “el epicentro de la adopción del bitcóin” y, de esa manera, otorgarle “la libertad económica, la soberanía financiera, la resistencia a la censura, la riqueza no confiscable y el fin de los coronadores de reyes […] y [de] la reasignación de la riqueza de las mayorías hacia los intereses privados, las élites, los oligarcas y los poderes en las sombras detrás de ellos, moviendo los hilos”. Lo único cierto es la adopción de la criptomoneda. La censura es práctica cotidiana y la riqueza nacional es explotada sin contemplaciones por los intereses privados, familiares y oligárquicos. Los censores y los corruptos están protegidos por un tupido velo de silencio, de desinformación y de mentira descarada del Gobierno de Nuevas Ideas. Ni siquiera la invitación a atenerse a los hechos es verídica. Bukele invita a sus detractores bien intencionados del exterior a darse una vuelta para constatar cómo ha transformado el país. Los invita a recorrer las calles engalanadas para ellos —ya que en las otras encontrarán el caos urbano—, a visitar la playa con ruedas —las otras no son atractivas— y los volcanes —que no son obra suya—, a respirar aire puro —que está contaminado, al igual que el agua superficial— y a preguntar por su popularidad —pero solo a sus seguidores, no a los familiares de los desaparecidos ni a los que reclaman justicia y derechos vulnerados—. Bukele invita a recorrer “el país vitrina”, hecho para turistas, no el real, el cotidiano de las mayorías. No hay razones válidas para temer que el ejemplo libertario de El Salvador de los Bukele sea retomado por otros países. En bastantes prevalecen las mismas tendencias autoritarias, fascistas y militaristas, y la corrupción goza de buena salud. Excepto por la adopción del bitcóin, el país no es modelo ninguno. En el mejor de los casos, se inscribe en una tendencia autocrática y totalitaria. La criptomoneda no libera ni da riqueza. La libertad de unos pocos de ingresos medios y altos descansa en la opresión y el terror de los demás. La bonanza es aún más restringida. Es un privilegio reservado a la familia presidencial, sus paniaguados y algunos capitalistas de siempre, expertos en hacer fortuna al amparo del gobernante de turno. En este ámbito de privilegio, ilegalidad y corrupción, el bitcóin es ideal para mover dinero sucio sin impedimentos. En este sentido, restringido y elitista, la criptomoneda es libertad, fundamentalmente económica y financiera. El Armagedón de Bukele se disuelve en palabrería. Se reduce al bitcóin. Desde la vida cotidiana de las mayorías, la criptomoneda es muy poca cosa. La confabulación de los poderes para destruirlo es una construcción mental para mostrarse víctima libertaria de la perversidad de aquellos. El mesianismo en construcción no lo impedirán fuerzas poderosísimas, sino algo mucho más profano: la incompetencia, la iliquidez y la corrupción del régimen mismo. La retórica presidencial eleva la conflagración al plano de lo trascendente. El David salvadoreño lucha contra el Goliat extranjero por la posesión de “la verdad”, uno de los trascendentales de la metafísica y la teología. Es “la verdad” presidencial contra la de sus enemigos, o sea, casi todo el mundo creado. Es insensato pensar que la totalidad está en el error, mientras él, cual nuevo Absoluto aristotélico, está en posesión plena de “la verdad”. Esta peculiar interpretación de la realidad lleva el mesianismo político a límites insospechados. En cualquier caso, la libertad solo es verdadera si es universal. Ahí donde hay injusticia y opresión, no hay libertad. Ahí donde la mayoría de la población lucha para mal sobrevivir en condiciones muy adversas, tampoco. La libertad sol

Oct 7, 20227 min

Con la reelección se consuma la dictadura

“El que quiera ser águila que vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre pero que no grite cuando lo pisen”. Emiliano Zapata El presidente Bukele en su discurso del Día de la Independencia anunció que buscará la reelección presidencial en las elecciones del año 2024, algo que la Constitución de la República prohíbe en, al menos, seis de sus artículos, pero dicho anuncio ya se esperaba dado el comportamiento autoritario de su gestión de gobierno. En términos políticos el anuncio del presidente se puede interpretar como el inicio formal de su régimen dictatorial, caracterizado por ser no democrático, no constitucional y por el uso desmedido de la fuerza policial y la violencia ejercida en las redes sociales contra los que se consideran opositores por pensar distinto. La gestión del presidente Bukele se considera como no democrática debido a que no respeta el Estado de derecho, concentró y fusionó el poder de los tres órganos de Estado en uno solo y controla la mayoría de instituciones que deberían de hacer contrapeso al ejercicio del poder. Además, ha sido un gobierno no constitucional porque no cumple ni respeta la Constitución y, prácticamente, es el presidente quien actualmente hace y deshace las leyes del país, es decir, que prácticamente el presidente no tiene límites en su ejercicio del poder. Finalmente, el actual gobierno ha utilizado más la fuerza que el diálogo, ya que mantiene en vigencia un régimen de excepción por alrededor de seis meses, viola sistemáticamente los derechos humanos, deja morir a personas inocentes (personas sin vínculos con pandillas) en las cárceles, destruye instituciones gubernamentales, despide a empleados públicos de manera antojadiza y controla totalmente a la Policía Nacional Civil (PNC) y a la Fuerza Armada. Son suficientes elementos que caracterizan esta gestión como un régimen dictatorial. Con el discurso del 15 de septiembre, ya no hay duda de que el presidente escogió el camino oscuro de la concentración y abuso del poder que, a su vez, conduce a la corrupción. Y como sucede en todo régimen dictatorial, la incertidumbre política tomará control de su gestión puesto que la sucesión de su poder dictatorial no está garantizada y las “conjuras de palacio”, como se les llama en la historia política, asomarán a su reinado: rebeliones, golpes de Estado, uso desmedido de la fuerza, represión militar, etc. Quizá por eso de las “conjuras”,en su discurso reciente en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Bukele expresó lo siguiente: "el vecino rico no tiene autoridad de decir al vecino pobre que regrese al pasado, porque no puede pretender mandar en casa ajena. En segundo lugar, ese vecino pobre ya intentó seguir las órdenes del vecino rico y no le pudo haber ido peor. Y en tercer lugar, porque lo que está haciendo [el vecino pobre] le está funcionando por primera vez". Algo que sí deben tener claro los que aplaudían y gritaban “reelección” mientras levantaban el brazo derecho empuñado (como fanáticos fascistas) es que las dictaduras, como muestra la historia, no tienen garantizada la continuidad ya que se convierten en gobiernos de facto, es decir, que no están reconocidos oficialmente por alguna norma jurídica. Lo que acaparó los reflectores alrededor del esperado anuncio de la reelección, fueron las declaraciones del arzobispo de San Salvador que, en conferencia de prensa el pasado 25 de septiembre, dijo: "El hecho es que el pueblo quiere que el presidente se reelija. La Corte también ha dictado una sentencia sobre el tema interpretando la Constitución de forma que se pueda elegir. Inmediatamente, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) dijo que cumpliría la sentencia, que de por sí es una sentencia de obligatorio cumplimiento". Las reacciones no se hicieron esperar, porque las palabras del prelado se entendieron como un apoyo a la pretensión del presidente. Las reacciones, la mayoría, incluyendo la del mismo presidente y sus seguidores, respaldaron al arzobispo, otras, entre las que estuvieron las de feligreses, sacerdotes y obispos, se distanciaron de sus declaraciones. Tanto revuelo generaron sus palabras, que monseñor Escobar Alas emitió una aclaración grabada en video que fue absolutamente infructuosa. La historia enseña que el principal argumento utilizado por las dictaduras, para legitimarse, es que el dictador “representa” la voluntad popular. La postura del arzobispo era innecesaria ya que la propaganda política y la manipulación política -de este gobierno- en la mayoría de medios de comunicación se encarga de reforzar la idea de que es el pueblo el que pide la reelección. El arzobispo pudo dar “voz” a las organizaciones sociales que desfilaron en la calles de San Salvador -el 15 de septiembre-, las cuales exigían justicia y respeto a los derechos humanos; sin embargo, optó por reforzar el principal argumento que utiliza el oficialismo para justificar la reelección. ¿Pero a qué tipo de dictadura se mueve el país? Es complicado en este momento proponer un tipo de

Oct 6, 20228 min

El problema del militarismo

La debilidad de los Gobiernos y su incapacidad de resolver los problemas nacionales ha hecho que en América Latina retornen formas de militarismo. Algunos países más avanzados en el campo del desarrollo, especialmente en el cono sur, han conseguido mantener a los militares en sus cuarteles. Pero en otros, y de un modo muy particular en Centroamérica, los militares han vuelto a tener prestigio después del descrédito a causa de los crímenes cometidos en los años ochenta del siglo pasado y de la corrupción que rodeó a sus altos mandos. El afán de resolver rápido las cosas, el tema de la seguridad y la tendencia al uso de la fuerza cuando las instituciones legales no funcionan contribuyeron a este retorno del militarismo. El Salvador no ha sido la excepción. Ya los Gobiernos previos al actual protegieron a criminales del pasado y, en general, trataron al Ejército con guante de seda. La administración de Nayib Bukele, consciente del creciente rol de la Fuerza Armada en la vida política, ha buscado establecer una alianza más allá de lo que la actual Constitución dispone. “Amor con amor se paga”, afirma el dicho popular. Haciéndolo suyo, la comunicación gubernamental nos dejó ver recientemente al militar ministro de Defensa aplaudiendo con entusiasmo al presidente al este anunciar que se presentará a la reelección. Tras una inicial apariencia de independencia respecto al Ejército, con la eliminación del nombre de Monterrosa de los muros de la brigada de San Miguel y las promesas —fallidas— a las víctimas de El Mozote, todo ha vuelto a la tendencia de antes. Aunque, por supuesto, revestida con las características de la propaganda del Gobierno actual, capaz de convertir en simulacro de bondad lo que en realidad es abuso de la fuerza. El apoyo preferencial a la Fuerza Armada ha sido evidente en hechos ni correctos, ni, mucho menos, ejemplares. El cierre de archivos militares respecto a la masacre de El Mozote y de otros crímenes del pasado no es nuevo, pero en esta ocasión se llevó a cabo impidiendo con gente armada el derecho de un juez a revisar la documentación militar. La presencia amedrentadora de soldados en la Asamblea cuando el presidente se la tomó por la fuerza visibilizó a un Ejército capaz de saltarse las normas básicas de la democracia. El involucramiento en tareas de seguridad con frecuencia abusivas, tanto durante los días duros de la pandemia como en el semestre que llevamos de régimen de excepción, ha puesto a la Fuerza Armada, aunque de forma limitada de momento, en la dirección de los antiguos esquemas de seguridad nacional que tanto daño causaron en América Latina. El aumento considerable en el presupuesto militar, la pretensión de duplicar el número de efectivos e incluso la idea absurda y fallida del servicio militar obligatorio suenan al mismo tiempo a premio para la Fuerza Armada y a amenaza para la ciudadanía. El problema es legal y moral. Desde la legalidad, el Ejército tiene funciones muy concretas. Y ciertamente el cuido de la seguridad ciudadana no es una de ellas. La tendencia militar a funcionar con el dualismo amigo-enemigo y a convertir en guerra cualquier acción encomendada para corregir problemas sociales convierte a los ejércitos en mecanismos de contención social muy peligrosos para seguridad de las personas. Desde la moralidad, un Ejército como el nuestro, con una historia de violencia muy trágica y oscura, no es el mejor instrumento para acumular funciones de seguridad. Y más en la medida en que ha sido incapaz, como institución, de reconocer los crímenes cometidos en la guerra civil. El reconocimiento de los errores resulta siempre indispensable para que las instituciones no los repitan. Y cuando los errores no son tales, sino crímenes de lesa humanidad, la petición institucional de perdón se vuelve indispensable. El hecho de que en buena parte de América Latina se esté utilizando a la Fuerza Armada para reforzar poderes civiles con tendencia autoritaria no es bueno para la historia social de nuestros países. Entre nosotros, la democracia necesita crecer en el campo de la legalidad, fortalecerse más desde el respeto a la ley que desde el cultivo de la fuerza.

Oct 5, 20225 min

Opinión | Las mayorías no son infalibles

Por Omar Serrano* Escuche aquí: En este tiempo está de moda recurrir a la voluntad de las mayorías para justificar cualquier medida, incluso aquellas que contradicen las reglas de convivencia nacional expresadas en la Constitución. La frase en latín “vox populi, vox Dei” ha sido repetida para sostener que la voz de la mayoría tiene la razón y es el argumento de fondo del oficialismo. Pero la historia de la humanidad está llena de ejemplos que revelan que las mayorías también se equivocan. Cuentan que en el siglo XIV, durante la Peste Negra, la pandemia más devastadora de la historia de la humanidad que se estima que mató a casi la mitad de la población de Europa, una gran mayoría de la gente estaba convencida de que la enfermedad era un castigo divino por sus pecados. La manera de librarse de ese castigo era flagelándose duramente para satisfacer la ira de Dios. Pero al percatarse que los autocastigos no funcionaban, argumentaban que el arrepentimiento no era sincero y que había que flagelarse con más dureza, con mayor brote de sangre a través de latigazos más fuertes. Mucha gente lo hacía en las plazas. Este ejemplo es elocuente, pero hay muchos más que reflejan que la mayoría también yerra. Uno de los más citados es el referendo de Poncio Pilato en el que la mayoría de la población pidió la liberación de Barrabás y no la de Jesús. No por ser mayoría tenían la razón. En el mismo sentido se puede hablar del gran respaldo popular a Hitler. Por otra parte, durante siglos enteros era normal creer que había razas superiores y, por tanto, con el derecho a someter, esclavizar y hasta eliminar a las inferiores. En nombre de esta creencia se sometió a la población negra y a los pueblos originarios de América. Una discriminación muy evidente y lamentablemente vigente hasta nuestros días, es el de la supuesta superioridad natural del hombre sobre la mujer. Además, son incontables los ejemplos en que los pueblos se han equivocado, con mayúscula, al elegir a sus gobernantes. Las mayorías no son infalibles. Y con esto no estamos afirmando que la población decidía algo estando conscientes de que no estaba bien. No, probablemente la mayoría de personas pensaban que estaban actuando bien y que hacían lo correcto. Fue la historia la que demostró después que se equivocaron. Una lección que nos deja la historia de la humanidad es que los grandes cambios frecuentemente están marcados por la protección de las minorías y por líderes o lideresas que se oponen a las ideas establecidas y aceptadas por las mayorías. Ha sido así porque a lo largo de la historia ha habido diferentes tipos de discriminación contra minorías y contra los más débiles. Así se persiguió, encerró y asesinó a los judíos, así el apóstol Pablo perseguía a los cristianos, así hoy se sigue discriminando a la mujer, a la población LGBTI+ y a todo aquel o aquella que se atreve a pensar por su cuenta. Afortunadamente, también en la historia hemos tenido a un Nelson Mandela y a un Martin Luther King para luchar por la igualdad de las razas, a un Giordano Bruno, precursor de Galileo Galilei, que descubrió algo que contradecía la creencia de la mayoría. Afortunadamente existen hombres y mujeres valientes y comprometidas que siguen luchando por la equidad de género. Cuando se recurre a un argumento que la historia ha refutado muchas veces, corremos el riesgo de argumentar con algo falso. Una falacia es un argumento incorrecto pero psicológicamente persuasivo. La fuerza de una falacia está en un argumento convincente, el cual parece bien construido, pero al analizarlo detenidamente comprobamos que es mentira. Vox populi vox Dei ha sido, muchas veces, una falacia, es decir, un argumento incorrecto, equivocado en la historia de la humanidad que, lamentablemente, se sigue utilizando. * Omar Serrano, vicerrector de Proyección Social. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 105.

Oct 1, 20225 min

Opinión | Soliloquio de la libertad

Rodolfo Cardenal La negligencia de los escribanos presidenciales es evidente. La mala calidad de sus producciones no deja en buen lugar a su patrón. El argumento central de las dos últimas intervenciones de Bukele, con pocos días de diferencia, es inconsistente. El descuido no es, pues, de detalles, sino sustancial. El discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas giró alrededor de la libertad, una libertad añorada, por la cual “un pueblo unido” lucha. Pero según el discurso del 15 de septiembre, esa libertad es un hecho irrefutable: “Por primera vez tenemos libertad de verdad”. Y no satisfecho, Bukele insistió en dos momentos que “las decisiones valientes que hemos tomado junto al pueblo salvadoreño son las que nos han permitido tener seguridad, libertad y paz”. La incongruencia tal vez obedezca a que los auditorios eran diferentes. Ante el nacional, Bukele presentó la libertad como un logro personal ya conseguido: “Ahora El Salvador toma sus propias decisiones [...] eso les ha quedado claro a todos”. Y lo celebró con un gran desfile militar, aun cuando el Ejército no ha librado al país de ninguna potencia extranjera y la “guerra contra las pandillas” es una metáfora, porque no hay enfrentamiento ni intercambio de fuego vivo. Ante el auditorio de Naciones Unidas —desierto, por cierto—, Bukele insistió en que la libertad está por llegar. El cambio de perspectiva le dio pie para arremeter contra unos países ricos y poderosos que no le permitirían “escoger hacia dónde queremos ir y cómo lo queremos lograr”. Así, pues, la libertad adquiere entidad diferente, según el público. Al adquirir entidad diferente, según el auditorio, la libertad es una excusa para ventilar la animadversión contra los críticos. El discurso recurre a licencias retóricas para dramatizar esa animosidad. El Salvador no es el país más pequeño del continente, ni su pueblo lucha unido lucha contra países ricos y poderosos, ni contra las pandillas. Una simple verificación de la extensión territorial de las naciones americanas desmiente la primera licencia. Tampoco el pueblo lucha unido contra nadie ni Bukele decide junto a él. Los soldados y los policías reprimen, pero, en sentido estricto, no combaten. Y aunque provienen del mismo pueblo contra el que descargan su agresividad, no constituyen todo el pueblo, ni mucho menos. Bukele no decide al lado del pueblo. Al contrario, mantiene su distancia. Los turistas no encontrarán ningún pueblo unido, sino dividido entre quienes viven muy bien y los que la pasan muy mal, entre los que aplauden la represión y los que la sufren injustamente. Una división alimentada por la mentira, el insulto y el odio. Estas licencias sirven a Bukele para presentarse como víctima de “un grupo de países poderosos, que no solo tienen mucho más que todos los demás, sino que creen que también son dueños de lo poco que tenemos los países que no somos poderosos”. Cabe recordar aquí que cuando esos países han explotado y oprimido al pueblo salvadoreño, ha sido siempre con la colaboración activa de fuerzas nacionales, entre las más destacadas, el Ejército, al que él tiene en muy alta estima y consideración. La libertad que Bukele añora y reclama lo eximiría de la observancia de los derechos humanos y de cualquier otra responsabilidad como el calentamiento global, la persecución del lavado de dinero y la corrupción, o la extradición de criminales. Está convencido de que la mejor forma de gobernar es sin cortapisas de ninguna clase. De ahí que haya solicitado a la comunidad internacional crear “un mundo en donde cada pueblo es verdaderamente libre de construir su propio destino”, es decir, “queremos ser amigos, pero no pueden venir a mandar a nuestra casa”. La petición no ha tenido eco. No así las denuncias de la inconstitucionalidad de la reelección. The Economist de esta semana descalifica la reelección como “una gran mentira” de Bukele. Su comparecencia ante la Asamblea General de Naciones Unidas no llamó la atención. Las delegaciones dejaron vacío el auditorio. Ni siquiera la presidencia de la sesión estuvo al completo. Los presidentes de Chile y Colombia, con apuestas desafiantes y portadores de grandes expectativas, suscitaron más interés que el mandatario salvadoreño. El vacío de la comunidad internacional no es simple casualidad; es un desaire a El Salvador y a su presidente. El concierto de las naciones le pagó sus desplantes con la misma moneda. La comunidad internacional es más libre y tiene más criterio y olfato político que los likes locales. La pobreza del discurso presidencial es pasmosa. Deja de lado la grave crisis mundial, no contiene novedades ni aportes valiosos. Repite lo mismo de siempre. El presidente habla de sí mismo y se queja de la incomprensión y la malevolencia de los demás. Tal vez ha llegado el momento de reconocer que la egolatría y la dictadura no son de recibo. El soliloquio sobre la libertad y la victimización cayó en saco roto. * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

Sep 30, 20227 min

Opinión | Una reelección (inconstitucional) anunciada

En el aniversario de la independencia salvadoreña se marcó un hito histórico en el devenir de los Gobiernos civiles del país: Nayib Bukele anunció que correrá como candidato a la presidencia, en clara afrenta al artículo 152 de la Carta Magna. El anuncio lo realizó durante cadena nacional de radio y televisión, en horario de mayor audiencia y rodeado de su séquito de fieles, provenientes de los todos los órganos del Estado. La posible reelección de Bukele parte de al menos tres grandes condiciones que han permitido este atrevido acto de inconstitucionalidad. El primero tiene que ver con el contexto político regional; a saber, los triunfos y fracasos de las izquierdas latinoamericanas que pretendían ser la respuesta al desencanto con enquistados partidos de derecha conservadores y capitalistas. Izquierdas que, sin embargo, no lograron dar giros importantes en sus países. Además, el comportamiento de muchos funcionarios de dichos Gobiernos de izquierda se caracterizó por aquello mismo que quisieron erradicar: corrupción, nepotismo, opacidad, manipulación del aparato público y continuidad del capitalismo. El Salvador no fue ajeno a ello. De hecho, el actual mandatario se gestó en la misma izquierda que ahora calla cuando se habla del tema o se escandaliza y trata de romper lazos con su otrora ungido. La segunda condición, a nivel nacional, radica en el desgaste ciudadano ante las disputas partidistas de la derecha y la izquierda, que no pudieron dar solución a las problemáticas que aquejan a las grandes mayorías desfavorecidas del país. Bukele y sus allegados han sido lo suficientemente estratégicos para capitalizar a su favor ese gran hartazgo ciudadano con la política tradicional. Por último, la tercera condición es el éxito del mandatario en desmantelar y socavar todas las instancias de gobierno que pudieran cuestionar su quehacer, sumado al trabajo realizado para validar jurídicamente la reelección sin cuestionamiento alguno; es decir, eliminar cualquier acceso a la información pública y cooptar la Corte Suprema de Justicia y a la Fiscalía General de la República. Vale señalar que también el anuncio del presidente Bukele es posible por la desorganización de los movimientos sociales, los cuales aún no encuentran un rumbo común y de coincidencia. Del surgimiento de una plataforma común e incluyente dependerá que la esperanza de evitar una dictadura se mantenga, sostenga y llegue a buen fin. * José Alejandro Álvarez Ramírez, docente del Departamento de Economía.

Sep 28, 20223 min

Opinión | Un mes para pensar

Septiembre, mes en el que conmemoramos la independencia de Centroamérica, debería dedicarse a pensar y planificar el futuro de nuestros países. No desde un grupo de poderosos o iluminados, sino desde valores netamente humanos. Los cuatro países más norteños del istmo centroamericano, con sus democracias débiles, deficientes y en algunos casos plagadas de corrupción y autoritarismo, no parecen dirigirse por el camino del pensamiento democrático, sino por el del clientelismo y las tendencias autoritarias. Honduras ha dado algunas señales de que quiere corregir el rumbo del anterior presidente, reelegido en contra de la propia Constitución, al igual que Ortega. Pero los otros tres están cayendo en una especie de aislamiento internacional cada vez más preocupante. Si en algún momento hubo interés por los derechos humanos y algo de respeto a los mismos, hoy los poderes están aumentando la persecución y los ataques a quienes los defienden. La democracia se entiende como una especie de voto en blanco para que quien salga elegido haga lo que le dé la gana. La racionalidad, el humanismo, la sensatez están lejos de los planteamientos y los discursos. Detrás de una propaganda personalista y triunfalista, que insiste en que los nuevos gobernantes son parte de un nuevo punto de partida de la historia, se esconde lo de siempre. Quienes tienen dinero continúan multiplicándolo, mientras los países y una buena parte de sus gentes sufren carencias y dificultades. La migración no se detiene y, en el fondo, se considera un buen negocio. Al fin y al cabo, las remesas, la verdadera “seguridad social” para gran parte de nuestro pueblo, mantienen la economía de países que de otra manera estarían en una situación de pobreza mucho más grave. La contaminación y el daño persistente al medioambiente no importan. El tema del calentamiento global se deja para un indefinido mañana y la corrupción continúa siendo una plaga. Los militares aparecen cada día con mayor relieve como gendarmes protectores de las veleidades presidenciales. Suficiente prueba con ver al almirante Merino aplaudiendo entusiasmado la reelección presidencial. La crítica, un elemento fundamental e indispensable para el verdadero desarrollo humano, se rechaza con una mezcla de desdén y odio. Aunque parezca increíble, permanece presente en la historia actual la prevención de los “notables” que declararon la independencia en Guatemala hace 201 años. Reunidos los acostumbrados a mandar, se decidieron por la independencia, según el primero de los 18 puntos del acta, “para prevenir las consecuencias que serían terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Escuchar al pueblo es la menor de las preocupaciones de estos Gobiernos. Consideran mucho más rentable manipular a la gente para perpetuarse en el poder. El cardenal Gregorio Rosa Chávez decía hace poco que la contaminación que se avecina para el río Lempa a causa del proyecto minero de Cerro Blanco en Guatemala es un problema gravísimo. Y tiene toda la razón, dada la incapacidad que los Gobiernos del área tienen para protegerse de problemas graves de contaminación, que fácilmente puede convertirse en transfronteriza. No se puede hablar de perseguir la unión de Centroamérica si no podemos controlar la tendencia depredadora de algunas empresas contra el medioambiente. El generar riqueza, aunque necesario para el desarrollo de nuestros países, no puede hacerse a base de explotar a buena parte de la población, multiplicando la pobreza de muchos y el enriquecimiento de una minoría. Reformas fiscales serias, sistemas de redistribución de la riqueza eficaces y justos, administración con transparencia y lucha clara contra la corrupción son imprescindibles para poder celebrar con dignidad la independencia. Lo demás es farsa y fanfarria hipócrita. Si además se aprovecha el día para buscar la permanencia en el poder más de lo permitido, traicionando una cultura bien fundada de alternancia y violando la o las Constituciones vigentes, se puede decir como en Hamlet que “algo huele a podrido en Dinamarca”. Los cuatro países más norteños del istmo centroamericano no parecen dirigirse por el camino del pensamiento democrático, sino por el del clientelismo y las tendencias autoritarias. Honduras ha dado algunas señales de que quiere corregir el rumbo, pero los otros tres están cayendo en una especie de aislamiento internacional cada vez más preocupante. Si en algún momento hubo interés por los derechos humanos, hoy los poderes están aumentando la persecución y los ataques a quienes los defienden. La democracia se entiende como una especie de voto en blanco para que quien salga elegido haga lo que le dé la gana. La racionalidad, el humanismo, la sensatez están lejos de los planteamientos y los discursos.

Sep 28, 20226 min

Editorial 26-09-22 | Justicia transicional y militarismo

Editorial UCA 26/09/2022 La semana pasada trascendió que está ya lista para aprobación una ley de justicia transicional que incumple principios básicos. Se prometerán, y en parte se darán, compensaciones monetarias, pero la verdad, la justicia, la reparación y las medidas que garanticen la no repetición de los hechos quedarán severamente recortadas. Los archivos militares estarán protegidos de cualquier revisión e investigación judicial. Y la institución encargada de dar seguimiento a las medidas de reparación no solo tendrá mayoría gubernamental, sino que los ministerios de seguridad y defensa participarán en ella. Es decir, los militares tendrán voz y voto para decidir a qué víctimas reparar, convirtiéndose así en juez y parte. Dada la total resistencia del Ejército a reconocer públicamente los crímenes del pasado, solo cabe esperar que sus representantes no tendrán ninguna simpatía por la justicia y la verdad. La Comisión de la Verdad estableció que aproximadamente el 85% de las graves violaciones a derechos humanos cometidas durante la guerra fueron responsabilidad de la Fuerza Armada. En este sentido, blindar los archivos militares no solamente impide conocer la verdad, sino que niega la justicia más básica. Además, se les otorga a los militares un trato de superioridad y privilegio que niega la igualdad ante la ley, garantizada en el artículo 3 de la Constitución. El cierre de archivos discrimina a las víctimas y favorece a la institución que más crímenes de lesa humanidad ha cometido en El Salvador. Premiar a quienes han cometido delitos no logra otra cosa que facilitar que esos delitos se repitan. El hecho de que la Fuerza Armada nunca haya querido pedir perdón institucionalmente por su pasado es muestra de su dura insensibilidad ante la víctimas y de su soberbia antidemocrática. Porque más allá de esa insensibilidad y esa soberbia, nada impide que los militares pidan perdón. Las Fuerzas Armadas de Argentina y Chile lo hicieron. Si bien Mauricio Funes formuló una petición genérica de perdón, nunca se ha roto el historial de complicidad gubernamental con los militares. Cuando hay tensión entre el fuerte y el débil, entre la institución que victimiza y las víctimas, proteger a estas e investigar a aquella es el único camino decente. Si la Fuerza Armada quiere estar presente en cualquier instancia que trate de reparar a las víctimas, antes tiene que pedirles perdón a nivel institucional y abrir sus archivos. En otras palabras, antes debe demostrar en la práctica deseo de colaborar en el establecimiento de la verdad. Sin verdad no hay justicia ni auténtica reparación.

Sep 26, 20224 min

Opinión La primera en la frente

La primera en la frente Rodolfo Cardenal La reelección de Bukele era sabida, faltaba el anuncio. El segundo período se impone, porque no hay aeropuerto, ni ciudad y bonos volcán, ni tren, ni Hospital Rosales, ni Hospital Zona Norte, ni reforma de las pensiones, ni becas en el exterior. La reelección es necesaria, porque, al parecer, ningún elemento del partido oficial posee cualidades para ejercer la presidencia del Ejecutivo. Todos son peones. Ninguno es líder. Tampoco pueden aspirar a serlo, porque los cortan de raíz. La desvalorización de los liderazgos partidarios es paralela a una ambición de poder que reclama continuidad. La reelección es prometedora, no solo para Bukele y su familia, sino también para el elenco de colaboradores que, al permanecer en sus cargos, continuarán, cada uno a su medida, la depredación del Estado. Y por eso mismo, la reelección es indispensable, ya que les garantiza la inmunidad. Así como ahora se reelige una primera vez, Bukele se reelegirá las veces que le apetezca, hasta que se canse o el régimen colapse financieramente, víctima de la iliquidez, las deudas y la corrupción, o socialmente, si la movilización popular se le sale de las manos. La inconstitucionalidad incuestionable de la reelección no lo detendrá. Los otrora defensores de la no reelección, cuando no estaban en el poder, ahora se rebuscan para defenderla. El vicepresidente, uno de ellos, ya acaricia la posibilidad de ser presidente seis meses. Si piensa que mandará, se equivoca. Los hermanos Bukele y las venezolanas serán el poder real tras el sillón presidencial. Los argumentos esgrimidos para razonar la reelección son fascinantes por su retorcimiento. Es cierto que en muchas naciones el titular del poder Ejecutivo es reelegido, pero es deshonesto obviar que esa posibilidad está expresamente establecida en sus constituciones, las cuales, además, incluyen contrapesos eficaces para impedir el ejercicio arbitrario del poder. El poder necesita límites, porque tiende naturalmente al absolutismo y la corrupción. Por esa razón, la Constitución vigente la prohíbe de manera terminante y explícita en seis artículos. El borrador del vicepresidente, en continuidad con la tradición, también lo hace. La reelección legítima exige modificar la Constitución actual. Pero, claro, eso no conviene a un Bukele urgido por la ambición, la inmunidad y las promesas incumplidas. El procedimiento establecido para efectuar dicha reforma le impide la continuidad inmediata. No es suficiente argumentar que la permanencia es la decisión correcta “para que podamos continuar este camino que hemos iniciado y que por primera vez en nuestra historia ha demostrado ser el correcto”, incluso si las urnas lo ratifican. “¿Por qué desechar el camino si funciona?”. En primer lugar, porque el funcionario público solo puede hacer aquello que ordena la Constitución. En segundo lugar, porque las dos opiniones a favor, la de Bukele y la de las urnas, no necesariamente son juiciosas. La ironía popular lo ha expresado con la elocuencia que la caracteriza: la reelección es como consumir comida chatarra, apetecible y degustada placenteramente, pero igualmente perjudicial para la salud. En tercer lugar, porque la historia ha demostrado que la dictadura es siempre un mal. Todas las dictaduras crean grandes expectativas al comienzo, pero, más pronto que tarde, producen más males que bienes. Las consecuencias perniciosas de la dictadura se experimentan cuando el dictador ha caído. La reelección y la dictadura se presentan como un bien social deseable y excepcional y, en consecuencia, sin solución de continuidad. Si “nos va bien y queremos que nos signa yendo bien”, ¿para qué cambiar? Sin embargo, los únicos que pueden afirmar que les va bien son la familia presidencial y sus allegados, los altos funcionarios y el capital cercano a los Bukele. Todos explotan sistemáticamente la oportunidad para enriquecerse. Desde esa perspectiva, para qué cambiar. A los demás, no les va nada bien. Tal vez, ampliando el criterio, a quienes ahora se ven libres de las pandillas, pero poco más. La inmensa mayoría sufre el impacto de la inflación, del desempleo y el empleo precario, de unos servicios públicos en ruinas, de unas pensiones ridículas y de la brutalidad de las llamadas fuerzas del orden. Eso solo para mencionar algunas de las privaciones experimentadas directamente por las mayorías. Tampoco les va bien a los que hacen número en las cárceles y a las familias de los detenidos. El argumento histórico que Bukele utiliza para justificar la primera reelección incluye, aunque no lo contemple, su caída. Las dictaduras tienen fecha de vencimiento; ni el presidente, ni su gente pueden garantizar que las mayorías estarán sustancialmente mejor cuando esa fecha se cumpla. El desencanto acecha al régimen que privilegia la lealtad incondicional a la competencia y la honestidad. Si el entusiasmo es tanto, ¿por qué poner retenes para recortar la participación en la marcha de la oposición y for

Sep 24, 20227 min

OPINIÓN: Salir del clóset democrático —o las letanías de la nueva patria—

Proceso 22/09/2022 Para nadie es novedad que El Salvador es una sociedad profunda y arraigadamente autoritaria. Un pueblo fuerte y aguantador. Una nación abusadora y abusada. ¡Cómo ha disfrutado esta sociedad con las manos duras y los uniformes militares! ¡Con cuánto orgullo se ha repetido ese viejo mito de que acá se cortaban las manos a los ladrones! Hemos formado ciudadanos honrados a fuerza de golpes y espantos. Siempre dando la batalla, con un cinturón en una mano y un fusil en la otra. Guerreando siempre. En este país las decisiones no se toman en consenso. No importa el bien común. Esas costumbres fueron exterminadas hace mucho tiempo porque nos volvían un pueblo débil, un pueblo esclavo. Una nación sensible. En este país las verdaderas decisiones se toman sin consultar. Eso de las consultas y los referendos es de países que no quieren progresar, acá todo es digital. En El Salvador, el progreso tiene que ver con más calles, más aeropuertos y más edificios, el progreso guarda el olor del cemento, el asfalto y el hierro. El sonido de los yunques y los motores. Con la misma mano dura que se exterminó a los criminales, en el fondo más débiles que nosotros, debemos extinguir también los árboles y los venados. Las mariposas y los colibríes, símbolos de ese pasado que nos avergüenza. En este país, las personas torcidas son las que no tuvieron cerca un adulto, llámese papá, mamá, abuela, tío que los disciplinara. Y esos pobres que no fueron corregidos son ahora parte de los ochenta mil que engrosan la población carcelaria. Por malos, por tatuados, por pobres, por no enderezados. Decidieron ser victimarios en lugar de víctimas y esto lo pagarán muy caro. ¿Podemos ver nombrados los cimientos de nuestra gloriosa nación? ¿No es acaso esta visión la misma que asesinó más de treinta mil campesinos en 1932 y la que pintó tantos espacios públicos con aquel viejo llamado de Haga patria, mate un cura que más de algún héroe de nación puso en práctica? En El Salvador las leyes no están hechas para cumplirlas, los semáforos en rojo son una sugerencia, los reglamentos son para los tontos y las personas más admiradas son aquellas que consiguen más sin esforzarse, encontrando la trampita. Por eso admiramos al que más dice y no al que más hace, y también admiramos al político que prefiere pagar una multa que seguir los procesos, como lo hizo Naybi Bukele, o como dirían algunos “mejor pedir perdón que pedir permiso”, como también lo hizo el presidente. Sin embargo, durante más de treinta años, este impetuoso país fue domado por oscuras fuerzas externas, por presiones internas y por algunos muertos que en nombre de su memoria, exigieron que ocultáramos nuestras verdaderas y heroicas pasiones. Pero luchamos, hicimos todo lo posible y no abandonamos nunca ese modelo del capataz de finca. Es solo que, de pronto, nos vimos obligados a seguirlo con disimulo. Pegar a la mujer de noche. Violentar a los hijos en silencio. Ocultar la pistola en el escritorio. Sobornar con un maletín negro. Alguien podría denunciarnos, a pesar de que siempre buscamos que el sistema no funcionara. Durante algunos años, los rifles fueron fundidos para construir otros sueños y las golpizas, en general, fueron consideradas de mal gusto. Este pobre paisito empezó a vivir su rabia desde el closet, aunque siempre había gestos de fuga y rebeldía, casi igual de violenta. El problema de esos años fue que la democracia, que los derechos humanos, que la paz y la transparencia… esas ridiculeces inventadas por quienes no saben enfrentarse a la vida. Hasta que por fin… ¡por fin! llegó un hombre… un profeta, y sus discípulos que escucharon su llamado. Fue un enviado, desde lejanas tierras prometidas. Hablaba con la formidable indignación de quien ha tenido que contenerse por mucho tiempo. Nombró los dolores, los engaños, las humillaciones. Y el pueblo, ese pueblo obligado por años a vivir en el armario, lo celebró y lo siguió. Supo, por fin, que su tiempo había llegado, ahora podríamos humillar a quienes no pensaran como nosotros. Lo importante es que pasamos página. Ya basta de esos líderes que golpeaban en la noche y escondían la mano. Tenemos derecho a odiar. Tenemos derecho a tomar las vidas de quienes no quieran perpetuar este orden establecido. Ya basta con vivir en el clóset de la democracia, porque, ¿A quién le ha servido esa democracia si no es a los débiles, a toda esa gentuza que piensa distinto? Ya es hora de tomar lo que nos pertenece, celebremos así, con un estruendoso aplauso esta verdadera independencia, por fin salimos del clóset y podemos vivir como lo que somos, esta sociedad antidemocrática, violenta y autoritaria. Y que nadie quiera venir a meterse con nuestra decisión. P.D. Pero por si a alguien le queda alguna duda, la academia, esa casa de la utopía y el pensamiento crítico, seguirá denunciando. No renunciaremos jamás a la esperanza. Vamos a señalar, vamos a denunciar, vamos a construir una sociedad más justa, donde todos los que pensamos distin

Sep 22, 20227 min

Editorial 22-09-22 Soberanía a la carta

Con dedicatoria especial a Estados Unidos, Nayib Bukele, en su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas, demandó respeto a la soberanía de El Salvador, pero entendiéndola, por supuesto, muy a su manera. Conceptualmente, la soberanía está ligada al concepto de Estado: solo el Estado es titular de soberanía, la cual es independiente de la forma de gobierno. En este sentido, sin importar si es una monarquía, una democracia o una dictadura, un país tiene y puede demandar soberanía. Lo que no hay que perder de vista es que en las democracias la soberanía descansa en la autonomía, independencia y existencia de los tres poderes del Estado: legislativo, Ejecutivo y judicial. Ese, pues, no es el caso de El Salvador en la actualidad. El problema de fondo no es de soberanía. En sus inicios, la administración de Bukele tuvo una luna de miel con el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el mismo que calificó a nuestro país como una letrina y a los migrantes salvadoreños como pandilleros, delincuentes y terroristas; el mismo al que a Bukele le pareció simpático, cool. En ese tiempo, el Gobierno salvadoreño no tuvo reparos en que su relación con Estados Unidos fuera de vasallaje. Primero respaldó la política antimigrante de Trump. En 2019, recién llegado Bukele al poder, firmó convenios que declaraban a El Salvador como tercer país seguro, lo que permitía deportar a nuestro territorio a migrantes que entraban a suelo estadounidense de forma irregular. Además, desplegó a la Policía para impedir el paso de migrantes y aceptó la llegada de funcionarios estadounidense para que asesoran a sus contrapartes salvadoreñas en temas aduanales y de seguridad fronteriza. También firmó un programa de intercambio de datos biométricos para prevenir la delincuencia y la amenaza a la seguridad pública. A cambio de todo eso, Estados Unidos extendió el TPS para dar respiro a casi 200 mil salvadoreños en aquellas tierras. El problema inició con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca. Desde muy temprano, su administración comenzó a señalar públicamente que para controlar la migración no era suficiente construir un muro o firmar acuerdos de terceros países seguros, sino que era necesario contar con Gobiernos transparentes, honestos y respetuosos de los derechos humanos en los países de origen. Para Biden, por tanto, la única manera de detener la migración era y es atacar causas estructurales como la pobreza, la exclusión, la corrupción y la debilidad democrática. Ese fue el punto de inflexión en la relación con los Estados Unidos. Y vino el cambio. Mientras Bukele le prometió a Trump bajar los índices de migración para que tuviera éxito en su política contra los migrantes, frente a Biden reivindicó el derecho a migrar. En el debate actual sobre el concepto, se considera que existen fenómenos y realidades a los que la soberanía no aplica, porque escapan a las competencias de un solo Estado. Por ejemplo, las violaciones a los derechos humanos, el medioambiente y los crímenes de lesa humanidad. Bukele habla de soberanía como habla de libertad, entendiéndolas a su conveniencia. Defiende la soberanía entendida como su derecho a hacer lo que él quiera sin que la comunidad internacional diga nada. Exige al país del norte no meterse en los asuntos internos del país, pero se burló a través de Twitter de los congresistas estadounidenses que le pidieron mayor transparencia y respeto a los medios de comunicación. Además, hizo un llamado a no votar por la reelección de la congresista Norma Torres. Más allá de sus intenciones y de los efectos que logra en los suyos, Bukele quedó retratado en la ONU tal cual es: un prestidigitador autócrata que construye en discursos lo que le falta en la realidad.

Sep 22, 20225 min

Editorial: Contra la reelección

En su editorial del viernes 16 de septiembre, la UCA insistía en que la búsqueda de reelección presidencial es una clara y directa violación a la Constitución, con graves consecuencias para el país. Seguir la ruta de Daniel Ortega y de Juan Orlando Hernández no augura algo bueno para El Salvador. Que el presidente haya hecho su anuncio cuando se celebraba la independencia centroamericana se presta a la interpretación de que, para él y los suyos, la independencia equivale a que el poder haga lo que le da la gana, sentando una piedra más para el reino de la arbitrariedad que el régimen construye desde 2019. Conviene recordar las razones por las que la Constitución salvadoreña y otras de América Latina exigen la alternancia en el poder, rechazando la reelección inmediata. En el caso de nuestra nación, quienes aprobaron la Constitución partieron de la tendencia histórica de los mandatarios a perpetuarse en Casa Presidencial. Leer la historia latinoamericana es contemplar la facilidad con la que se daban golpes de Estado, fraudes electorales y, en general, un mal uso del poder para fines particulares. Atendiendo a ese contexto es que se concluyó que la alternancia en el poder y la independencia de poderes garantizaban un ejercicio gubernamental más trasparente y sujeto a revisión. Los diputados constituyentes de 1983 aumentaron las prohibiciones que ya la Constitución de 1962 imponía a la reelección. La de 1950, la primera Carta Magna salvadoreña, que trató de impulsar una democracia moderna y desarrollada, y que es la base de las dos Constituciones siguientes, también prohibía la reelección presidencial. En otras palabras, existe en el país historia y tradición en favor de la democracia y en contra de la reelección, más allá de los errores que los Gobiernos concretos hayan tenido. Aun en medio de sus contradicciones, los diputados constituyentes eran conscientes de lo que la tradición democrática decía desde sus orígenes. En uno de sus libros clave, la Política, Aristóteles afirma que “las ventajas y utilidades que proporcionan el poder y la administración de los asuntos públicos determinan en todos los hombres el deseo de perpetuarse en el ejercicio del poder”. Y añade una frase lapidaria: “El poder corrompe hasta aquellos que son los mejores”. Hace menos tiempo, un célebre historiador inglés sentenciaba lo siguiente: “El poder tiende a corromper, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”. La permanencia en el poder ha solido estar acompañada del abuso, la persecución del disidente y la corrupción. Por esa razón, las democracias, especialmente las que tienen un sistema presidencialista, han tendido a limitar la reelección. La independencia de poderes, indispensable en la democracia, es más difícil cuando una persona se mantiene por mucho tiempo en la presidencia. A mayor poder del Ejecutivo, además, con mayor facilidad se violan los derechos humanos. Cuando hoy se ataca a toda persona o institución defensora de derechos humanos, se burla la ley con pronunciamientos de la Corte Suprema de Justicia carentes de racionalidad jurídica, se interpreta la cantidad de votos obtenidos como una delegación de poder absoluto que da derecho a la arbitrariedad y se pretende permanecer en el poder torciendo la legalidad, es necesario y urgente defender la Constitución. En particular, la academia, responsable de producir y compartir conocimiento, debe desde sus saberes defender el Estado de derecho, el gobierno de leyes por encima del gobierno de personas; defender el entendimiento racional y sujeto a valores democráticos.

Sep 19, 20225 min

Editorial 16-09-22: Es oficial, el presidente se atornilla en el poder

Editorial UCA 16/09/2022 A pesar de que la Constitución de la República prohíbe claramente la reelección presidencial, Nayib Bukele anunció este 15 de septiembre su decisión de presentarse como candidato en las elecciones de 2024, oficializando así lo que todos los sectores defensores de la democracia señalaban desde hacía meses: la intención de él y los suyos de atornillarse en el poder. Ciertamente, en muchos países del mundo la reelección presidencial es una posibilidad avalada por ley. Además, en sí misma no es incompatible con la democracia y no tiene por qué ser perjudicial para la vida política. Pero el punto clave es precisamente que en las democracias que la permiten, está regulada por las leyes, no se realiza contradiciéndolas, ni destruyendo la independencia de poderes, ni en un marco de desmantelamiento de los derechos ciudadanos. Al tomar esta decisión, el presidente ha hecho caso omiso de los artículos constitucionales que no solo prohíben la reelección, sino que despojan de sus derechos ciudadanos a quienes la promuevan o apoyen. Tampoco le ha importado que la violación a la alternancia en el ejercicio de la Presidencia obliga a la insurrección con el fin de restablecer el orden constitucional. Bukele ha desnudado por fin el verdadero calado de su ambición de poder. Por la fecha que escogió para dar el anuncio, pareciera que entiende la independencia nacional como su propio y único derecho a interpretar las leyes de acuerdo a sus intereses personales y que él como presidente, por ser la máxima autoridad de la nación, puede hacer lo que le plazca, sin ataduras ni límites de ningún tipo. Bukele confirmó la noche del 15 de septiembre que El Salvador seguirá la ruta de la Nicaragua de Daniel Ortega y la Honduras de Juan Orlando Hernández. El primero se presentó a la reelección en 2007 yendo en contra de la constitución nicaragüense, y no se ha bajado de la silla presidencial desde entonces. Se ha reelecto comicios tras comicios gracias a fraudes electorales y una férrea dictadura, en la que los derechos humanos y los principios democráticos son solo recuerdos. En Honduras, Juan Orlando Hernández también se presentó a reelección violando su propia Constitución. Ganó por medio del fraude y sumergió al país en una profunda crisis política, económica y social, de la que todavía no ha salido. Terminó siendo repudiado por una gran mayoría de hondureños, que aplaudieron y festejaron cuando al finalizar su segundo mandato fue extraditado a Estados Unidos acusado de narcotráfico. En su discurso, Bukele afirmó repetidamente que, por primera vez en 201 años, El Salvador es libre, soberano e independiente porque hoy toma sus propias decisiones, no está sometido a ninguna otra nación y ya no sigue las recetas venidas del exterior. Quiere hacer creer que la guerra contra las pandillas y la suspensión de los derechos humanos fundamentales con el estado de excepción constituyen la única política capaz de resolver el problema de la seguridad y el crimen, y que este es el principal signo de nuestra independencia. Pero mientras el oficialismo repite estas falacias, las voces honestas, con vocación pacífica y democrática, para las que la justicia no es una palabra vacía, ven la realidad: el régimen le niega los derechos constitucionales a la ciudadanía, ha cerrado casi todos los espacios democráticos conquistados a lo largo de los últimos 30 años, ha liquidado la independencia judicial, ha acabado con la transparencia en la gestión pública y ha concentrado todo el poder en el presidente. En la noche del 15 de septiembre, Bukele firmó el acta de defunción de la transición hacia la democracia. Es ya oficial, y los servidores y fieles del presidente lo celebran con el interesado fanatismo que los distingue: El Salvador ha retrocedido décadas y hoy abraza emocionado su historia de redobles militares y dictaduras.

Sep 17, 20225 min

El modo de dominación política

Por José María Tojeira El poder político busca siempre maneras de perpetuarse en el poder. Hay maneras estandarizadas que con frecuencia siguen los partidos políticos, sean de la tendencia que sean. Por ejemplo, en El Salvador tanto Arena como el Fmln en el pasado, y en la actualidad el presidente Bukele, tratan de llevarse bien con la Fuerza Armada, darle protagonismo social y no crearle ningún problema. La ideología en en este punto indiferente. Ninguno de ellos se ha atrevido a poner en algún momento un ministro de defensa civil, como hacen las democracias desarrolladas. Y eso a pesar de que hay civiles que incluso estarían más preocupados por servir al Ejército que muchos de los militares, más interesados en hacer avanzar su carrera que en conseguir poder social. Pero dicho esto, los modos de dominar políticamente y trabajar en favor de la permanencia en el poder, tienen también sus elementos diferenciadores. Más que hacer un ejercicio comparativo entre los partidos que han administrado el poder en los últimos 34 años, nos concentraremos brevemente en algunos aspectos novedosos y específicos del gobierno de Nuevas Ideas. El estilo del liderazgo del presidente Bukele trata de combinar, de un modo sistemático, seducción, novedad, ejecución y temor. Seduce con esa capacidad, con frecuencia salpicada de un poco de desvergüenza, de hablar, responder, criticar, enfrentarse, exaltar las propia realizaciones y tomar decisiones rápidas, aunque la ejecución de lo prometido vaya bastante más lento de lo que el discurso puede hacer suponer. Se puede presentar en la ONU dando lecciones a todos los países de cómo debía estar organizada la asamblea plurinacional, haciéndose selfis, y presumiendo de ser un presidente “cool”. Su estilo desinhibido, irónico y agresivo seduce a muchos salvadoreños. La realidad detrás del discurso, e incluso la vacuidad del mismo, no importa. La apariencia juvenil, activa e incluso respondona, seduce. La escenificación exageradamente glamurosa y la propaganda sistemática contribuye a aumentar la seducción. Al mismo tiempo hace cosas que “nunca se habían hecho anteriormente”. El manejo de la pandemia fue un ejemplo claro. Aunque posteriormente se ralentizó la vacunación, El Salvador fue uno de los primeros países en América Latina en llegar a cubrir con una o dos dosis al 60% de la población. Repartió tanto canastas alimentarias como 300 dólares a una buena cantidad de gente en necesidad. Y si alguien se contagiaba con Covid le llevaban medicina a la casa y le llamaban por teléfono todos los días para ver qué tal le iba. En el estado de alerta, tensión y miedo causado por el covid, resultaban problemas menores que el Estado bajara sustancialmente la atención a otras enfermedades crónicas, que se detuviera y castigara ilegalmente a quienes no cumplían con la orden ejecutiva de reclusión domiciliar o que se descuidara y murieran masivamente ancianos internos en los asilos gerenciados por el Estado. La capacidad ejecutiva para algunos temas y la habilidad en el enfrentamiento con los opositores, en buena parte desprestigiados por el ejercicio del poder, daban apariencia de verdad a todas las promesas presidenciales, por descabelladas que fueran algunas como, por ejemplo, la confianza ciega puesta en el bitcoin. Novedad de acciones, capacidad ejecutiva parcial y estratégica, propaganda intensa, hacían olvidar errores, tanto de ejecución como de menosprecio y abuso de los derechos de las personas.

Sep 16, 20225 min

La debilidad de la apariencia

Por José María Tojeira, S.J. Las apariencias deslumbrantes suelen seducir y cautivar. Pero en la medida que permanece y crece la separación entre apariencia y realidad, el cultivo de la apariencia intenta perpetuarse desde la mentira descarada, el control creciente del poder y la capacidad de infundir miedo en quienes tienen capacidad crítica. En El Salvador, el deseo popular de un cambio en el caminar político, el malestar social frente a la violencia, la pobreza y la desigualdad, así como la ausencia de oportunidades facilitaron el triunfo arrollador del actual presidente, Nayib Bukele, experto en creación de imagen. La capacidad de ofrecer imágenes y promesas de cambio, así como algunos logros, estuvo presente desde el inicio de su participación en la política local, inicialmente de la mano del FMLN. Tras su triunfo electoral de la mano de GANA, los símbolos de desarrollo expresados en un futuro de trenes y aeropuertos, descenso notable de homicidios como prueba de superación de la violencia, relaciones internacionales amparadas en la publicitada relación simultánea con los Estados Unidos de Trump y con un prometedor gobierno chino, creaban confianza en un futuro distinto. La pandemia de Covid, cuando la imagen gubernamental comenzaba a deteriorarse tras la toma de la Asamblea Legislativa, dio un nuevo impulso al reino de la apariencia. Como en muchos otros países del área, la pandemia produjo un serio aumento de la pobreza y un grave retroceso en el terreno del desarrollo económico y social. Pero también ofrecía a los gobiernos la capacidad de crear la apariencia de servicio, efectividad ejecutiva y éxito en la lucha contra la enfermedad. El gobierno aprovechó la situación y concentró todos sus esfuerzos en la gestión del Covid, aun a riesgo de dejar sin recursos o pobremente servidos otros servicios esenciales en el campo de la salud, la educación o el trabajo. La gestión de la pandemia, a pesar de las críticas, fue mucho mejor de lo que podía esperarse. La rapidez inicial de la vacunación, la aportación de medicinas entregadas directamente en la casa de los enfermos, el servicio hospitalario centrado en la calidad de atención a los enfermos de Covid, las ayudas temporales en dinero y canastas alimentarias, la mano firme sancionando a quienes se podía culpar como fuentes de contagio, desobedeciendo normas de confinamiento, tuvieron un efecto positivo en la opinión pública, a pesar de los abusos autoritarios que se dieron en los centros de contención y algunas señales de corrupción administrativa. Pero el tiempo pasa y los abusos siempre cobran su parte. El afán de control del sistema judicial y el modo abusivo e ilegal de destituir jueces discriminando por edad a los mayores de 60 años, unido al fracaso de la apuesta por el bitcoin, comenzaba de nuevo a empañar la aureola seductora. El régimen de excepción y la captura masiva y abusiva de jóvenes acusados de pertenecer a la maras, aun con serias deficiencias legales, creó de nuevo un camino de apoyo popular. Después de dos siglos prácticamente inútiles, “al fin vivimos en paz y libertad”, dirá el presidente Bukele al anunciar las celebraciones del 15 de septiembre. Y es que a pesar de violaciones flagrantes al derecho a la integridad personal y a algunas garantías judiciales indispensables, exigidas por la Convención Americana sobre Derechos Humanos (ratificada por El Salvador), el aumento de la seguridad en muchas zonas marginales renovó una vez más la capacidad seductora del Ejecutivo. ¿Se podía haber conseguido la seguridad de otra manera? En el terreno de la seducción política la respuesta no interesa. Otros no pudieron llevar la paz a las colonias, y el actual gobierno sí. Pero el triunfo de la apariencia, aunque disfrute de mucho brillo y aureola, tiene siempre los pies de barro. El problema del esquema de seducción política imperante tiene como base el control del poder, la construcción de apariencia desde la propaganda en las redes sociales y la imposición de medidas autoritarias para conseguir resultados. El afán de seducir desde la apariencia se percibe en el uso del dinero, en el odio a la crítica, en la incapacidad de diálogo, en la hostilidad a quienes defienden los Derechos Humanos y en el peso del poder Ejecutivo sobre cualquier instancia estatal. Si el gobierno ha conseguido mantener la apariencia de eficacia ha sido a base de propaganda, control férreo de las instituciones públicas y algunos éxitos parciales. Éstos le han dado aire y popularidad en medio de unas deficiencias económico-sociales de tipo estructural que permanecen sin cambio desde la entrada de Nuevas Ideas en la administración política. El problema es que sin cambios estructurales en el nivel de vida ciudadano, la apariencia de desarrollo no puede mantenerse durante períodos largos. Y menos con un estilo real de gobierno que mezcla autoritarismo político, cibervigilancia creciente y liderazgo personalista, con neoliberalismo radical en el campo de la economía. La fabrica

Sep 15, 20228 min

El delito de desacato

Por José María Tojeira La detención de un “twitero” acusado del delito de desacato, ha ocasionado un debate relativamente amplio sobre la libertad de expresión y sobre la manipulación estatal de la justicia. Pero prácticamente nadie ha cuestionado la conveniencia o inconveniencia de que ese delito esté presente en nuestro código penal. Como tampoco se ha cuestionado la redacción concreta de ese mismo artículo, sumamente vago en su formulación y, por tanto, susceptible de manipulación. Y es que, en efecto, ese delito, a nivel internacional, está seriamente cuestionado. Para empezar, en muchos códigos penales de países con democracias avanzadas, el delito tal y como se configura en nuestro código, ya no existe. Dentro del avance democrático se ha ido eliminando de la legislación todo tipo de norma que en la práctica constituya un privilegio de la autoridad y niegue la igualdad ante la ley de todo ciudadano. Y el artículo 339 de nuestro código penal establece ciertamente una situación de desigualdad entre la ciudadanía normal y quienes detentan como funcionarios algún tipo de autoridad estatal. En principio nadie debería dudar de que es más grave que un diputado, o un juez, insulte a un ciudadano, que el ciudadano los insulte a ellos. El funcionario con autoridad es un servidor público y, en ese sentido, si insulta a alguien, añade a la ofensa del insulto la irresponsabilidad del incumplimiento de un comportamiento respetuoso, indispensable para quien esté al servicio de los demás en un cargo público. Sin embargo, el delito de desacato en El Salvador no tiene contrapartida en las ofensas de palabra que, por ejemplo, un diputado pueda inferir a un simple ciudadano o ciudadana. La desigualdad ante la ley es patente. Si hay que castigar o penar ofensas de palabra o faltas al decoro ajeno, la ley debía ser igual para todos y no establecer una clara desigualdad entre servidores públicos y aquellos que deberían ser servidos por los funcionarios. Si algo podemos decir del delito de desacato, es que procede de una concepción sacral de la autoridad y que olvida el principio básico de que el poder viene del pueblo y está en el pueblo. En otras palabras, que tenemos en nuestro código penal una herencia obsoleta de épocas antidemocráticas. Si los diputados tuvieran un poco más de conciencia democrática desde hace ya tiempo hubieran elminado este artículo. Y si los jueces no fueran tan leguleyos ya hubieran en algún momento aplicado el control difuso de la Constitución al observar la contradicción de este artículo del código penal con el artículo tercero de nuestra Constitución. Además el numeral 339 del código penal se presta a interpretaciones caprichosas desde el poder. Este artículo penaliza ofensas de palabra contra el “honor o decoro” de los funcionarios públicos ¿Qué significa o qué entendemos por decoro? Una “mala palabra”, como solemos llamar a frases exclamativas generalmente insultantes o de mal gusto, ¿implica falta de decoro? Y también ¿qué entendemos por honor? El diccionario de la lengua pone como definición principal del honor la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”. ¿Puede el Estado penalizar cualidades morales del ciudadano, cuando con frecuencia no cumple con sus deberes respecto al prójimo? El artículo que comentamos no fue puesto en el código penal por el partido Nuevas Ideas. Cuando los diputados de dicho partido tienden a considerarse el “no va más” del espíritu democrático de la nación, bien harían en revisar este artículo y dar pasos más firmes hacia la democracia no solo suprimiéndolo, sino avanzando con mayor rapidez hacia la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. El honor no es patrimonio de los altos funcionarios, sino de todos por igual. A poca cultura que tengan, los diputados debería recordar lo que decía Pedro Crespo en El Alcalde de Zalamea: “Al Rey la hacienda y la vida se han de dar. Pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios”. El honor es el mismo para toda persona, simplemente por el hecho de ser humano.

Sep 15, 20226 min

Independencia de nuevo cuño

La independencia de Bukele, como todo lo suyo, no tiene parangón en el país ni en la región. La del 15 de septiembre de 1821 palidece ante la desconexión actual del país del mundo exterior. Los movimientos de 1811 y 1814 no llegaron hasta donde él ha conseguido llegar, en poco más de tres años. Aparentemente, El Salvador nunca ha sido tan libre de las potencias imperiales, de los poderes financieros y de los organismos internacionales. En teoría, el país es libre y soberano para decidir su destino por sí mismo, pero siempre mediado por Bukele. El fundamento de está “verdadera independencia” es el aislamiento del entorno regional e internacional. El planteamiento entusiasma a los nacionalismos extremistas y a los populismos radicales. Entusiasmos y fanatismos aparte, el país depende del dólar, una moneda extranjera, cuya adopción lo dejó sin política monetaria. La criptomoneda, que traería libertades inéditas e impulsaría un sorprendente despegue económico, languidece. La economía nacional —en particular, la sostenibilidad del dólar— depende, en gran medida, de las remesas de la diáspora: sin sus dólares sería imposible salvar el déficit existente entre las importaciones y las exportaciones, y cumplir con los compromisos internacionales. La actividad económica, orientada predominantemente a la exportación, depende de los mercados y los precios internacionales, de las cadenas de abastecimiento y de los derivados del petróleo. El crecimiento económico depende de la inversión extranjera, otro capítulo que sería resuelto por los millonarios de la criptomoneda. Pero, así como vinieron, se fueron sin dejar rastro de los miles de millones de dólares que el régimen aguarda ansioso. Los contratos, tan bien aprovechados por los intermediarios locales para enriquecerse, están vinculados a las transnacionales y al capital extranjero. El aislamiento, disfrazado de libertad, soberanía e independencia, del que tanto se enorgullecen Bukele y sus socios, repercute directamente en una actividad económica débil, un crecimiento económico lánguido, una inversión externa mínima y mayor flujo de emigrantes. La independencia de Bukele es, pues, poco independiente. Los entusiastas y los extremistas no deben perder de vista que celebran una independencia de desempleados, de hambrientos, de enfermos y de violentados. Atrincherado tras sus fronteras, el régimen se siente libre para hacer lo que se le antoja, sin preocuparse por lo que dirá la comunidad internacional. Bukele no hace viajes oficiales después de las curiosas visitas a Naciones Unidas, China, Turquía y Qatar. No asiste a las cumbres presidenciales ni a los foros internacionales. Tampoco recibe a los embajadores. Su Casa Presidencial le brinda una comodidad inigualable. Guardado por perdonavidas, evita el fastidio de presentarse como uno más entre sus pares y el apuro de responder a sus interpelaciones. Tal vez piensa que ninguno de ellos contribuirá a hacerlo un gobernante de provecho para su pueblo. Ciertamente, ninguno de ellos tiene paciencia para escuchar su grandilocuente monólogo autoritario. La reclusión, el aislamiento y el empobrecimiento son las notas fundamentales de la “soberanía” de Bukele. El ejercicio de esa “soberanía” lo priva de aportar en las encrucijadas donde se decide el futuro de la humanidad y de la oportunidad de colocar al país en el concierto de las naciones y acceder a la cooperación internacional. Simultáneamente, se priva de la legitimidad asociada a la presencia y la participación en esos espacios. La única que le queda es la popularidad, con la que justifica la injusticia y la opresión. El precio pagado por un orgullo presidencial que solo se reconoce a sí mismo es alto. Pareciera que el modelo a seguir es el de Corea del Norte, pero sin misiles nucleares. En unos tiempos tan globalizados como los que corren, ensayar el aislamiento de la comunidad internacional es delirante. Si solo se tratara de un capricho familiar, podría entenderse. Pero las consecuencias devastadoras que el ejercicio de esa “soberanía” tiene para la sociedad, sobre todo, para sus mayorías, hacen de ella un desatino mayúsculo. Invitarlas a “disfrutar” del desfile de las fuerzas militares que las oprimen como su “verdadera independencia” es sarcástico, ofensivo y humillante. Esa independencia tiene mucho de la dependencia de siempre. El imperialismo del pasado se ha replegado, pero ha adquirido nuevas formas. Una de las más insidiosas es el capitalismo transnacional neoliberal, tan despiadado como aquel. La dictadura oligárquica y militar ha sido sustituida por una nueva elite depredadora y privilegiada, tan corrupta como la de siempre y resguardada por el Ejército, por una policía militarizada y por jueces venales, igual que antes. La dependencia de los mercados internacionales sigue intacta. Las importaciones son ahora mucho más necesarias y voluminosas que en el pasado. La razón, la honestidad y el sentido común impiden “disfrutar” un desfile, fundamentalmente militar,

Sep 15, 20227 min

Procurador para la defensa del estado de excepción

Hace ya algunos días inició el proceso para investigar y seleccionar, entre los candidatos que se presentan, al próximo procurador para la defensa de los derechos humanos. Aunque esta elección es de suma importancia para el desarrollo democrático de El Salvador, muy rara vez se ha tomado en serio. Entre los elegidos para el cargo ha habido personas muy dignas, pero también otras marcadas por la corrupción o la ineficacia. Además, en general, la clase política y las instituciones estatales no han sido respetuosas con los informes y recomendaciones de la Procuraduría. En el actual proceso en marcha, los candidatos que han asistido a la comisión parlamentaria responsable de revisar las capacidades personales para el cargo no han dado muestra de siquiera entender en qué consiste la defensa de los derechos humanos, al igual que los diputados que los han interrogado. No importa que la proclamación de los derechos humanos sea considerada un hito en el proceso de desarrollo de la conciencia moral de la humanidad, para los diputados oficialistas la utilidad y conveniencia del poder priva sobre cualquier otro criterio. En este contexto, es necesario recordar, en primer lugar, que los derechos humanos son patrimonio del pueblo social e individualmente, son universales, es decir, todas las personas pueden reclamarlos y exigir su cumplimiento; y para todas las instituciones del Estado constituyen un deber: están obligadas no solo a respetarlos, sino también a impulsarlos. La simple omisión u olvido de los mismos constituye una falta que puede y debe ser reclamada por los afectados y por toda la ciudadanía partidaria de la convivencia democrática. En circunstancias especiales, algunos derechos básicos pueden restringirse en favor del bien común, pero nunca anularse totalmente. Sin embargo, en El Salvador, ciertos factores históricos y políticos han rebajado la calidad de los derechos de todos. Los derechos a la educación, a la salud, a un medioambiente sano, al bienestar económico, a la libertad de expresión y a la igualdad ante la ley han enfrentado y enfrentan serias limitaciones e incumplimientos. La irresponsabilidad, incluida la ignorancia culpable de una parte de los jueces, es grande ante tratados, convenciones y protocolos de derechos humanos ratificados por el país y que, por tanto, son parte de la legislación nacional. Por ello, el procurador de derechos humanos no solamente debe defender los derechos concretos de la ciudadanía, sino que debe ser conciencia nacional de las limitaciones en este campo y ejemplo de integridad y apego a la ley para un sistema judicial hasta ahora incapaz de tomarse en serio el derecho convencional. Personas complacientes con los abusos de poder del Estado, nepotistas o gente que cambia de opinión según sea la coyuntura política no sirven para dirigir la Procuraduría. Lamentablemente, los candidatos al cargo solo han atinado a expresar su acuerdo con la normativa reguladora del actual estado de excepción, que es fuente de un amplio número de atropellos y abusos.

Sep 13, 20224 min