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Show Notes
¡Qué extraña sensación! Han transcurrido veinticinco años...
En estos momentos, Navidad del año 2002, hace justamente veinticinco que me enfrenté al enigma de los enigmas: la Sábana Santa de Turín. Diciembre de 1977. Ésa fue la fecha de publicación de mi primer trabajo sobre la Síndone. Al volver a leer aquel apresurado pero intenso reportaje no puedo evitar una profunda emoción. «Es preciso adelantar que el periodista -escribía en el desaparecido periódico La Gaceta del Norte-, ante una noticia como ésta, se siente abrumado. No todos los días llega hasta nuestras manos la confirmación CIENTÍFICA de que aquel Hombre llamado Jesús RESUCITÓ de verdad... Y para aquellos que perdieron la fe. O para los que jamás la tuvieron. O, sencillamente, para los hombres de buena voluntad, he aquí lo que podríamos calificar como una segunda "buena nueva"...»
Fui el último en imaginar lo que iba a representar aquel encuentro con José Luis Carreño y con la imagen de la Sábana Santa. ¿Un encuentro casual? En absoluto. De ahí nacería uno de mis grandes objetivos: investigar y difundir la vida y el pensamiento de Jesús de Nazaret. Y fue aquel sabio navarro -el salesiano José Luis Carreño- quien me proporcionó el bautismo de fuego. Que Dios lo bendiga.
Siete años después -como un milagro- vio la luz Caballo de Troya, mi gran sueño: la vida del Maestro, relatada paso a paso, como la hubiera contado un periodista o un científico.
En efecto: es mucho lo que le debo a la Sábana Santa. Y entiendo que debe ocupar un lugar preferente en el gran proyecto Ilamado «Planeta encantado». Como he mencionado, el enigma de los enigmas...
Empecemos por el principio...
Una imagen incomprensible Recuerdo que, al mirarla con detenimiento, me estremecí. Aquel Hombre muerto tenía algo especial. Era hermoso. Quizá la palabra exacta sería majestuoso. ¿Un cadáver majestuoso?
Aquella imagen, encerraba «algo» extraño. La había visto en otras oportunidades, pero nunca como en esta ocasión. El padre Carreño, entusiasmado, fue señalando algunas de las principales características del rostro, del pecho, de las manos, de las heridas... y empecé a comprender: estaba ante una figura incomprensible para la razón y para la ciencia.
Fue lo peor que podía sucederme. Acepté el reto. ¿Incomprensible? Eso no era posible. Tenía que haber una explicación. y me propuse llegar hasta el fondo. Fue el principio, como digo, de una larga carrera. Una dilatada investigación que, por supuesto, todavía sigue ahí.
La Sábana: algunas claves
• La Síndone o Sábana Santa de Turín es un paño de lino de 4,373 metros de largo por 1,11 metros de ancho. Peso total: algo más de un kilo (1123 gramos).
• Es un tejido suave al tacto que, según los expertos, fue hilado en Oriente Próximo (quizá en el oasis de Palmira) en el siglo I. La textura se denomina «espina de pescado» (sarga a cuatro). Contiene pequeñas porciones de algodón y ningún rastro de fibras animales. Esto nos lleva a deducir que se trataba de un telar judío (la ley mosaica prohibía mezclar fibras vegetales y animales).
• Sentido de la torsión en «Z». Cuarenta hilos por centímetro en la urdimbre y treinta en la trama (veintisiete inserciones por centímetro). Tejido espeso y opaco, muy irregular. No fue confeccionado para dormir.
• Expertos como Timossi, Raes y Marchis consideran que se fabricó en un telar manual, muy sencillo, probablemente movido a pedal.
• El diseño en espiga aparece interrumpido y falseado por irregularidades en la anchura de las bandas, en la interrupción de la nervadura, en los ángulos de término y por omisión de algunas pasadas de trama.
• El lienzo está integrado por dos bandas de muy diferentes dimensiones. La de la izquierda es la más pequeña (ocho centímetros de ancho). Está cosida longitudinalmente al paño principal. Ambos tejidos son similares, aunque se ignora si la pieza más estrecha fue cosida después de formarse la imagen. En la citada franja de ocho centímetros faltan dos porciones de tela: una de catorce centímetros en la región frontal y otra de casi treinta y siete centímetros en la dorsal. Ambas fueron sustituidas por sendas telas de diferente naturaleza.
• El tejido en sarga empezó a hilarse en Europa bien entrado el siglo XIV, según Walsh. Otros especialistas consideran que el algodón no se cultivó en Europa hasta finales del XV.
La imagen: algunas claves
• La ciencia no sabe cómo, pero la imagen del Hombre muerto responde a una degradación física de la celulosa que forma las fibras de lino.
• No hay pintura. Jamás se encontró vestigio alguno de los pigmentos.
• El color es similar al de las quemaduras producidas en el siglo XVI en la misma tela de lino. Los científicos hablan de estabilidad térmica.
• Conforme el espectador se acerca a la imagen, ésta desaparece, y se convierte en una mancha informe. Sólo a cuatro o cinco metros se aprecia en toda su belleza. Este fenómeno óptico se registra como consecuencia de la falta de definición en los perfiles.
• No existen huellas laterales del cuerpo.
• La imagen es superficial: sólo afecta a las dos o tres primeras fibras (un hilo está integrado por casi doscientas fibras).
• El oscurecimiento de la imagen es igual en la parte frontal y en la dorsal. ¿Cómo puede ser si esta última experimentó un mayor peso?
• La ciencia no sabe cómo, pero la imagen dispone de estabilidad hídrica y química (el agua utilizada para sofocar el citado incendio de Chambéry, y que hirvió en el interior de la urna de plata, no afectó a la pureza de la figura. Ninguno de los reactivos químicos conocidos la disuelven o la decoloran).
• ¿A qué obedecen las claras deformaciones anatómicas en algunas regiones de la imagen? Por ejemplo: caderas y longitud del antebrazo.
• No hay direccionalidad. Si se tratase de una pintura, aparecería la inevitable dirección de la mano del artista.
• La imagen presenta manchas de sangre, independientes de la formación de dicha figura. ¿Por qué los coágulos y reguerillos no están lógicamente desflecados?
• La ciencia no sabe cómo, pero la Sábana Santa es un «negativo» fotográfico.
• La ciencia no sabe cómo, pero la intensidad de la imagen varía en función de la distancia del lienzo al cuerpo. Cuanto más cerca, menos intensidad.
• La imagen -según los especialistas- se transfiere al lino en sentido vertical.