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Europa Después de Hitler 1/2

Europa Después de Hitler 1/2

Solo Documental · BANUS

March 17, 201743m 42s

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Show Notes

Las cifras de la Segunda Guerra Mundial son inaprensibles para la mente humana. Se escapan a la escala diaria y hace falta mucha voluntad y esfuerzo de conciencia para llegar a intuir algo del horror que se percibe lejano. Más lejano si cabe por la manera en que se cuenta la historia al ciudadano de un mundo civilizado: un psicópata se hizo con el poder en Alemania y, embaucando a las masas, comenzó una guerra despiadada que se extendió por todo el mundo. Finalmente, el ejército aliado liberó los diferentes países y, tras el suicidio de aquel enfermo mental el 30 de abril de 1945, el ejército nazi formalizó la rendición el 7 de mayo del mismo año. Quedaba aún la guerra del Pacífico, pero esa es otra historia y tiene un epílogo diferente. La realidad es otra muy distinta a la que cuentan los libros y documentales al uso. Estos se regodean en el mito, y poco más. Nada más. Sólo en los últimos años ha comenzado a tratarse con más dignidad la verdad de la historia. El nazismo fue la causa de la mayor barbarie que ha conocido Europa, pero su derrota no fue, ni mucho menos, el fin del horror. Porque el horror tuvo muchas más causas que la enajenación nazi. O, mejor dicho, una sola causa más amplia e invencible: la maldad que aguarda dentro de cada ser humano –incluidos los lectores de este artículo— el momento en que la dejen libre. Tras la gran devastación física y humana de Europa, hay otra que apenas se suele mencionar y que arraigó sobre todo tras el fin del conflicto. En palabras de Primo Levi, la Segunda Guerra Mundial dejó una “fuerte sensación de que en todas partes estaba presente una maldad irreparable y definitiva, acurrucada en las entrañas de Europa y el mundo, la semilla del daño futuro”. La cita de Levi se incluye en el libro de Keith Lowe Continente salvaje. Tras hacer un repaso exhaustivo de todas las cifras habidas y por haber, y señalar los debates académicos y políticos sobre las mismas en busca de la “precisión” que favorezca a unos y/u otros, de diseccionar por nacionalidad, raza o condición los cincuenta o sesenta millones de muertos, cifras que no incluyen –porque no se les encontró— a quienes se desintegraron y fusionaron con los hierros de las ciudades bombardeadas, o incendiadas a conciencia junto a los cultivos y bosques arrasados en la huida –70.000 pueblos y 1.700 urbes sólo en el frente soviético, donde ambos bandos emplearon la estrategia de tierra quemada para desabastecer al enemigo, dejando a sus habitantes, los que sobrevivían, perdidos en una extensión yerma, sin ni siquiera bosques donde refugiarse porque habían sido quemados para evitar las emboscadas, donde lo mejor que podía pasarle a uno era morirse pronto de hambre porque ninguno de los ejércitos era amigo—; después de hablar de los mil años de cultura europea que se evaporaron con sus monumentos y bibliotecas desde el Este al Oeste, de explicar cómo tres cuartas partes del norte de Francia fueron arrasadas por los aviones aliados para facilitar el desembarco de Normandía, de que en Grecia murieron 100.000 personas de hambre sólo en el invierno de 1941-42, a causa del bloqueo británico que no podía levantarse para que los alemanes no descubriesen los pasos marítimos sin minas, etc., etc., etc.; después, en fin, de reconocer que el ser humano es incapaz de sentir tales cifras, Lowe llega a una conclusión: "Quizás la única forma de acercarse a la comprensión de lo sucedido es dejar de imaginar que Europa es un lugar poblado de muertos, y en cambio pensar que es un lugar que se caracteriza por la ausencia. […] la ausencia de aquellos que habían ocupado las salas de estar de Europa, sus tiendas, sus calles, sus mercados."