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Show Notes
Cuando en 2001 la policía belga creyó haber recuperado en una operación encubierta un Turner desaparecido desde 1994, Eugen Posin vio la fotografía en el periódico alemán e inmediatamente supo que se trataba de una falsificación, porque lo había pintado él mismo. Holywood también ha recurrido a los hermanos Posin y alguno de los cuadros que vimos en 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson, llevaba su firma, pero son sus clientes quienes presumen de la posesión de las copias Posin y nunca al contrario. Se habla de ellos en el mercado del arte como los tres mejores falsificadores en activo y no les importa demasiado que se utilice ese término. Al fin y al cabo, en la era digital, los únicos que parecen seguir resistiéndose al plagio son los académicos profesionales. Pero apenas comienza la conversación, los tres hermanos Posin aclaran casi al unísono que ellos no "copian", sino que "hacen de nuevo". "Wiedermachen", dicen en un alemán callado y con intrínseco acento ruso, para explicar sin entusiasmo exteriorizado, pero desde la más profunda convicción, que el plagio en sí mismo, el plagio bien hecho, es una auténtica obra de arte.
A mediados de la década de los 80, Eugen (67), Michael (66) y Semyon (70) Posin huyeron a Berlín Occidental tras haber culminado sus estudios en la Academia del Arte de Leningrado. Arrastraban una traumática historia de pérdida de una vida arrebatada por la dictadura comunista que comenzaron a reflejar de inmediato en sus lienzos. Su padre había sido el traductor oficial de Greorgui Zhúkov, uno de los comandantes más destacados de la II Guerra Mundial, pero su popularidad entre las tropas y su comunicación privilegiada con el general estadounidense Dwight Eisenhower desataron los celos de Stalin, que a partir de 1946 lo apartó de Moscú, destinándolo a pequeñas jefaturas en Odessa y los Urales. Muchos de sus colaboradores, como Posin, terminaron encarcelados.
"Mi padre murió en Siberia. Mi madre se había trasladado allí con nosotros, para estar más cerca de él, y tampoco pudo resistir una existencia tan dura", relata Eugen, como única respuesta a la pregunta sobre por qué abandonaron Rusia. En su propia obra, retratos preñados de odio contenido de los grandes dictadores europeos del siglo XX, Eugen expresa toda la rabia que su carácter y su voz con sordina esconden tras el humo de sus cigarros. Pero por lo que ha logrado una reputación incuestionable, junto a sus hermanos, es por sus trabajos reproduciendo obras maestras de los más dispares autores, épocas y estilos de la Historia del Arte. "Aprendimos en la academia. Lo primero que haces es ir a los museos y pintar grandes obras de grandes pintores, aprender su técnica", explica junto a una reproducción exacta de la Gioconda que preside la exposición de espíritu 'underground' con la que se dan a conocer en Berlín. Esta obra no está en venta, aunque algunas hermanas suyas sí que han sido vendidas en el pasado por precios de entre 6.000 y 8.000 euros. "Pero no son copias", corrige Eugen, "cada vez que pintamos una obra la hacemos nueva, la comenzamos desde el principio". Y no se refiere solamente a la búsqueda de los materiales adecuados, como lienzos envejecidos o fabricación de pigmentos ya fuera de catálogo, sino sobre todo al proceso de reproducción psicológica, una especie de viaje en el tiempo, en el espacio y en el alma que permite a esta santa trinidad fraterna introducirse en la personalidad de cada uno de los artistas.