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Show Notes
Conforme la sentencia del poeta que rezaba que cuando el autoritarismo toca a la propia puerta ya es muy tarde, la avanzada de las editoras de género ya pisa nuestros umbrales. Se trata de una moda que hace furor en las redacciones europeas y estadounidenses, una persona inserta dentro de una redacción para asegurar que lo que de allí salga tenga perspectiva de género. En todo. Donde los límites son difusos o confusos se esconden las trampas del tirano, de manera tal que llamemos a las cosas por su nombre: son Verdugas de Género con el propósito de “vigilar y castigar” (dónde escuchamos eso?). Censurar es el principal fin del curioso dispositivo que lucen con orgullo los medios. Censurar y que, a la larga, la impugnación provenga del prisma interior.
Hace rato que el feminismo ha caído en la trampa de censurar el capital erótico y presentarlo como una opresión cuando en realidad se trata de un arma indómita que permite subvertir esferas de poder y que complementa o reemplaza otros atributos. Abominan de que las mujeres se aprovechen de su belleza porque para ellas la clientela femenina debe estar siempre y en todos los ámbitos en una situación de inferioridad.
El fin último es la autocensura, la Verduga de Género al arrogarse el derecho a corregir en nombre de la sensibilidad de otros, habrá logrado que Lanata no vuelva a elogiar culitos. La inquisición ha sido un éxito, la llamen como la llamen, porque los verdugos nunca le dicen inquisición a lo que hacen. Pero los más grandes éxitos de las artes, lo que más nutre el espíritu humano surge de la libertad. Y si, como en los tiempos de Miguel Paulino Tato, la sensualidad vuelve a molestar al poder, provocar será el remedio. Porque si los espíritus libres no ofrecen resistencia nos tragarán tiempos oscuros.