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Show Notes
Los sindicatos son, así devino su historia aunque no fue así su comienzo, parte del Estado. Su interés es obtener, hacer crecer y asegurar fondos públicos. Claro que estos fondos sirven, además, para perpetuarse al mejor estilo de las casas reales medievales y de allí los métodos. Y si bien en estas lides de contubernios para la preservación de la nobleza en base a acuerdos familiares, pillaje o acciones violentas son muy diestros, han demostrado ser absolutamente inútiles en lo que se refiere a la preservación del empleo.
Más ricos y poderosos los sindicatos, más diarios, radios, centros culturales, diputados y otros derivados tienen, más pobres los trabajadores, más dependientes de subsidios, más jubilaciones de miseria, más decadencia.
Por eso es cómica si no fuera trágica la capacidad de adaptación de las demandas de los sindicatos en función de los gobiernos de turno. Cada vez mayor precarización laboral y mayor crisis y sin embargo los tipos surfeando las crisis cada vez más panchos. Volvamos al caso de los docentes de la PBA: los mismos docentes usados para marchar hasta diciembre han transformado aquella virulencia en docilidad, si más. De los paros, las huelgas que dejaban a los niños sin clases con una liturgia callejera de pancartas, micros y mantras han pasado a aceptar pésimas condiciones para los mismos trabajadores con una absoluta carencia de sentido crítico. Esto demuestra que la escenificación del poderío callejero sindical sirve para apretar y es la otra cara de la acción intervencionista estatal.