
Durmiendo sobre un volcán Episodio 5
Karina Mariani Editoriales · karina mariani
March 25, 202148m 13s
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Show Notes
El político profesional, la degradación de la democracia
Se les llama de muchas maneras. La nueva aristocracia, la nueva oligarquía, la partidocracia, la complicidad multipartidaria, la corrupción multipartidaria, la nueva monarquía, y otros nombres, y a veces, más que nombres, adjetivos calificativos. La columna prefirió llamarles La Nueva Clase, en homenaje a Midlovan Djilas, el monumental pensador serbio, el teórico y dirigente comunista que puso su razonamiento por encima de su ideología y su militancia, y sufrió la persecución y la cárcel durante el comunismo rabioso de los 50.
El aditamento “profesional” que usan como autodefinición, es sin embargo su mayor estigma. Están ahí para ganarse la vida. Para lucrar. Viven de eso. Ese es su negocio. Su Linkedin. Su razón de ser. En esa tarea, venden todo. Pactan, acuerdan, traicionan, mienten, desilusionan, sacrifican todos los principios. Por lo menos para ellos, todo está cubierto bajo el paraguas de “profesional “en el que se refugian. Y por supuesto, se transfugan con la frialdad y la conveniencia de cualquier futbolista profesional, que al menos tienen la deferencia de no celebrar los goles que le marcan a su exequipo.
En ese empeño, han birlado la democracia de manos de la gente y han transferido el poder del voto a los partidos, que, con un conjunto de leyes minuciosas, coordinadas en su aparente desorden, y de prácticas limpias y sucias de todo tipo, son los intermediarios, más que los representantes del pueblo. Un político profesional, para simplificar, es un puntero sublimado con auto caro y con un título, no importa si comprado o no. Aún así, lo del título se puede obviar. El auto seguramente no es comprado con su plata.
Nada más inútil que intentar introducir o reintroducir el concepto de voto por circunscripción uninominal, o cualquier mecanismo que exponga a cualquier político o sus amantes o familiares, (que tendrán un cargo tarde o temprano) al escrutinio personalizado del pueblo. Quien lo intente recibirá todo tipo de insultos, descalificaciones, enojos, hasta reprimendas de todos los políticos de todos los partidos. Aún de los más insospechados supuestos demócratas. Partiendo de sostener, por caso, que cualquier sistema que fraccione la boleta favorece a los partidos más grandes, algo jamás probado. O al revés.
Hasta quien defienda el voto con urna electrónica será insultado y descalificado por los mismos que se arrodillan ante la tecnología inviolable e infalible del blockchain, cuando todo el sistema económico-financiero mundial gira sobre el pivote tecnológico. La razón final es que un sistema así permitiría votar por quien al elector le venga en ganas, todo lo opuesto al “político profesional”, que necesita el acomodo, el anonimato, la capucha del partido, como la mafia o la droga necesitan un poder superior y difuso que esos entes le confieren. Philip Zimbardo, el profesor emérito de Psicología de Stanford, autor del tremendo experimento con voluntarios seudonazis que conmovió al mundo, describió y tipificó esa conducta de ida y vuelta, la protección que brinda el anonimato, y al mismo tiempo, el anonimato del uniforme. Aquí el uniforme es la ideología. O la excusa.