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Show Notes
El artículo 665. Así vendí mi guion: Cómo ser John Malkovich se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.
Hoy continuamos con la serie de pódcast “Así vendí mi guion”, dedicada a ver cómo se escribieron y vendieron los guiones más famosos. Ya vimos El indomable Will Hunting, Rocky, Juno y Pulp Fiction. Hoy veremos otro clásico cuyo guion fue nominado al Óscar: Being John Malkovich (titulada Cómo ser John Malkovich en España y ¿Quieres ser John Malkovich?, en América) . Y, como venimos haciendo en la serie, nos lo va a contar su propio guionista, Charlie Kauffman.
Hoy presentamos un reto nuevo en cursosdeguion.com: Un corto al día. Durante este mes, los que se apunten al reto recibirán 10 correos, uno cada día, proponiéndoles ver un cortometraje. Una selección de los cortos más famosos y premiados de la historia. En cada mail se incluye la sinopsis, se explica por qué verlo y se da un enlace para verlo. Este reto será de cortos españoles. Más adelante habrá otro reto de cortos latinoamericanos. El reto comenzará el día 15 de febrero. Por lo que los suscriptores a la plataforma cursosdeguion.com tienen hasta el día 14 para apuntarse.
Así vendí mi guion: Cómo ser John Malkovich. Por Charlie Kaufman.
La cuestión era contar historias, pero siempre a mi manera. Ya desde pequeño hacía obras de teatro en casa para mis padres y cortometrajes. Para ellos eran fantásticos, pero claro, qué van a decir, eran mis padres. Bueno, aunque suene raro que lo diga yo, la verdad es que mis padres tenían razón. Eran muy buenos.
En el instituto fui buen estudiante, pero no sobresaliente. Era antisistema, la escuela no era mi prioridad, y pasé los tres años en una materia optativa que se llamaba “Compañía de Televisión” y en el club de teatro. Allí me di cuenta de mi gusto por la comedia y mi amor por los hermanos Marx y Woody Allen.
Después de graduarme, me dirigí a la Universidad de Boston, pero como no me gustó y me fui a la Universidad de Nueva York a estudiar cine. Ahí, entre mis compañeros, estaba Chris Columbus, quien más tarde se convertiría en un reconocido director. Sin embargo, fue con Paul Proch con quien realmente encontré una conexión. Compartíamos un sentido del humor peculiar y eso nos llevó a escribir juntos un sinfín de guiones y obras de teatro que, en esos momentos, nadie quería producir.
Nuestro primer logro fue conseguir que nos pagaran por escribir cartas ficticias al editor para la revista National Lampoon. Cuando escribimos nuestro primer artículo, y nos dimos cuenta de que pagaban 25 centavos por palabra, aquello nos pareció una fortuna. El primer cheque grande que recibí de Lampoon fue de mil dólares. Incluso lo fotografié, inmortalizando aquel momento de triunfo juvenil.
La colaboración entre Paul y yo no terminó con la universidad. Seguimos escribiendo juntos, creando guiones y obras como “Purely Coincidental”. Este guion era un reflejo de nuestros días en la escuela de cine: extraño y extenso, con 204 páginas. Con la ingenuidad de aquellos que sueñan en grande, llegamos a enviarlo a lo que creíamos era la casa de Steven Spielberg. Como era de esperarse, enfrentamos constantemente la política de los manuscritos no solicitados.
A finales de los 80, vivía en Minneapolis, trabajando en el departamento de distribución del Star Tribune. Levantarse a las 4 de la mañana, tomar el autobús en el frío invernal hacia un trabajo que comenzaba a las 5 AM, no era precisamente lo que había soñado hacer con mi vida. Las caras tristes en el autobús eran un recordatorio diario de esa realidad. También trabajé en un museo de arte, donde mi mayor responsabilidad era anunciar el cierre del museo por el altavoz.
Durante esos años, Paul me visitaba y juntos seguimos intentando abrirnos camino en la industria, escribiendo guiones para televisión en un intento fallido de atraer la atención de algún agente. Nos atrevimos con todo, desde un episodio “spec” para “Married… With Children”, hasta uno para “Newhart”, hecho completamente a nuestro estilo, que nada tenía que ver con los episodios reales de la serie.
Esta etapa de mi vida, llena de rechazos, aprendizaje y pequeñas victorias, fue fundamental para forjar el guionista que eventualmente me convertiría. Cada uno de estos momentos, desde la primera vez que recibí un cheque por escribir hasta las madrugadas frías esperando el autobús, contribuyó a mi visión del mundo y a mi voz como escritor. Era un camino largo y, a menudo, solitario hacia “¿Cómo ser John Malkovich?”, pero cada paso me enseñó algo valioso sobre la perseverancia, la creatividad y la importancia de encontrar tu propia voz, por extraña o poco convencional que pudiera ser.
El traslado a Los Ángeles
En 1991, con una mezcla de determinación y desesperanza, me mudé a Los Ángeles sin trabajo ni perspectivas claras. Mis únicos créditos profesionales eran algunos artículos para National Lampoon, y la ciudad de las estrellas parecía más un espejismo que una realidad tangible para alguien como yo. Conseguí un agente y llegué durante la temporada de contrataciones, esperando que la marea cambiara, pero no obtuve nada. Ni siquiera una entrevista.
Entonces, cuando ya casi había perdido toda esperanza, recibí una llamada que cambiaría el curso de mi carrera. Fue una entrevista telefónica para un show en Minneapolis con Fred Willard, “Access America”. Me contrataron por teléfono. A pesar de mi decepción inicial por tener que considerar regresar a Minneapolis, este trabajo representaba una oportunidad mejor de la que había tenido hasta el momento. Así que, con mi esposa Denise aún en Los Ángeles, esperando ver qué pasaba, empecé a empacar mi Jetta de 1980, sin aire acondicionado y corroído por las nieves de Minneapolis, listo para hacer de esa ciudad mi hogar una vez más.
Pero entonces, el destino intervino en forma de otra llamada. Esta vez de David Mirkin, el genio detrás de “Get a Life”, quien había presidido las temporadas finales surrealistas de “Newhart” y trabajado en “Los Simpson”. Le gustó mi guion de Newhart. Me instó a no irme, a no rendirme. Aunque no me ofreció un trabajo en ese momento, algo en su voz me hizo confiar. Cancelé mi mudanza a Minneapolis y decidí esperar. Poco después, me contrataron en “Get a Life”. De no haber sido por esa llamada, probablemente no estaría en Los Ángeles hoy. Todo lo que ha sucedido desde entonces, creo, es resultado directo de esa decisión.
Cuando conseguí el trabajo por primera vez, no podía hablar en la sala de redacción. Estaba trabajando en una comedia y no podía hablar. No fue que eligiera no hablar, no podía abrir la boca. No salían palabras. Y así duró seis semanas. Pensé que me iban a despedir y probablemente deberían haberlo hecho. En “Get a Life”, trabajé en la segunda temporada y comencé a explorar elementos surrealistas, escribiendo episodios sobre ex convictas y brebajes de viaje en el tiempo, que marcarían el tono de mi trabajo futuro.
Seguí escribiendo para la televisión, desde “The Edge” hasta “Ned y Stacey”, y también para “The Dana Carvey Show” y “The Trouble With Larry”. A lo largo de esos años, intenté vender mis propios pilotos, como “Depressed Roomies”, considerado por muchos ejecutivos demasiado oscuro y extraño. “Rambling Pants” fue otro de esos pilotos, sobre un poeta viajero y terriblemente malo llamado Pants, y un proyecto para HBO titulado “In Limbo”, que exploraba una relación en punto muerto.
El guion imposible de Being John Malkovich
Esperando la próxima temporada de contrataciones para comedias, decidí escribir un guion que, honestamente, solo pretendía ser mi llave para entrar en este mundo cerrado del espectáculo. La idea original era simple, casi absurda: alguien encuentra un portal hacia la cabeza de otra persona. Pero también tenía otra historia, más mundana, sobre un hombre que tiene una aventura con una compañera de trabajo. Ambas ideas, flotando en mi mente, no parecían ir a ninguna parte por separado. Así que, en un momento de inspiración (o desesperación), decidí combinarlas.
La historia que estaba escribiendo, la de un hombre casado enamorándose de otra mujer, tomó un giro inesperado cuando visualicé la imagen de una puerta. Una puerta que no llevaba a otro lugar físico, sino a la mente de otra persona. Y esa persona, decidí casi impulsivamente, tenía que ser un actor famoso, alguien con un aire de prestigio y un halo de misterio. “John Malkovich”, me dije a mí mismo. Sí, tenía que ser él.
Terminé el guion sin consultar a Malkovich ni a ningún abogado, convencido de que este proyecto era tan extravagante que jamás vería la luz del día. Sin embargo, la versión final tenía algo que me hacía pensar: “¿Y si…?”. Por lo que comencé a buscar una productora dispuesta a apostar por este guion tan poco convencional.
Las respuestas que recibía eran desalentadoras. Me decían que el guion no era comercial, que era genial como literatura pero irrealizable en pantalla. Incluso después de múltiples reuniones con directores y productoras, el consenso general era que nadie haría esta película. “Es divertido”, decían, “pero imposible”.
Sin embargo, el guion finalmente llegó a manos de Spike Jonze gracias a Sandy Stern de Single Cell Pictures, quien, junto a Michael Stipe, buscaba proyectos únicos. Stern fue el primer productor que realmente quiso hacerla, encontrando el guion sumamente divertido.
Jonze, conocido por su creatividad en el mundo de los videos musicales, vio en el guion la oportunidad de hacer algo verdaderamente único para su debut en el cine. La idea de que “Being John Malkovich” podría ser algo más que un chiste se convirtió en una posibilidad real.
A pesar de los desafíos, incluido un breve momento en el que New Line Cinema abandonó el proyecto por sugerir cambiar a Malkovich por Tom Cruise, perseveramos. Stern y el director Spike Jonze volaron a Francia para convencer al actor. Recuerdo que Stern dijo, entre risas, que Malkovich estaba “intrigado y medio horrorizado” al leer el guion. Pero una vez comprometido, todo comenzó a tomar forma.
Su confirmación fue un punto de inflexión, aunque algunos productores no creían que él aceptaría. Su elección no fue solo por lo divertido que sonaba su nombre repetido, sino también por su presencia única, que se ajustaba perfectamente al tono surrealista que buscaba.
La colaboración en la película fue intensa, con Malkovich incluso filmando sus propias tomas subjetivas. Su participación, junto con la dirección de Jonze y un reparto talentoso como Cameron Diaz y Catherine Keener, transformó “¿Cómo ser John Malkovich?” en un éxito crítico y de culto.
No esperaba que la película se convirtiera en lo que fue. Ni yo, ni Spike. La primera señal de que habíamos hecho algo especial vino del festival de cine de Venecia. Aunque no me invitaron, la recepción fue abrumadoramente positiva, marcando el comienzo de una carrera que nunca imaginé y que me llevó hasta los Óscars.
Mirando hacia atrás, esta odisea para llevar “¿Cómo ser John Malkovich?” a la pantalla grande me enseñó varias lecciones fundamentales, tanto sobre la industria del cine como sobre la creatividad en sí misma. La primera es que la perseverancia frente a la incredulidad y el rechazo es indispensable. Cada “no” que recibí me acercaba un paso más al “sí” que cambiaría mi vida. La segunda lección es sobre la importancia de encontrar colaboradores que compartan tu visión, incluso cuando parece una locura. La confianza que Spike Jonze y Sandy Stern depositaron en este proyecto fue tan crucial como mi propia fe en él.
Por último, aprendí que la originalidad y la audacia pueden ser recompensadas. “¿Cómo ser John Malkovich?” era un riesgo enorme; era extraño, no convencional, y nada garantizaba su éxito. Sin embargo, su aceptación por parte de críticos y audiencias reafirmó mi creencia en la importancia de seguir tu voz única, sin importar cuán inusual o inexplorada sea.
El artículo 665. Así vendí mi guion: Cómo ser John Malkovich se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.