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Show Notes
https://www.youtube.com/watch?v=FVWfAOPFZfE
Ayotzinapa evoca Auschwitz. Esta impactante formulación expresada por Poniatowska, establece un paralelismo que no es una alegoría. No debe ser tomado a la ligera. Ayotzinapa no es simplemente Ayotzinapa, es la ventana a una época. Pone al descubierto, en todo su horror, la nueva configuración por la que atraviesa México: el capitalismo necropolítico. Posiciona la política de muerte como fundamento de aceleradas y decadentes formas de acumulación por desposesión. Ayotzinapa ha despertado una protesta peculiar: la primera lucha nacional contra el capitalismo necropolítico.
Si se periodiza críticamente la historia de México en las últimas décadas, emerge que es el desenlace de una trayectoria que ha pasado por el capitalismo cínico y el capitalismo narcopolítico.
A fines del siglo pasado, la mundialización capitalista le dijo adiós al Estado liberal, que había operado en el Sur y en el Norte, impulsando, para control de lo que Wallerstein denomina “clases peligrosas”, el ascenso del estándar de vida y la soberanía nacional. Entre 1982-88, México se integró a esa tendencia, instalando el mismo mecanismo que poco antes se estrenara en Argentina mediante la dictadura militar: la acumulación por desposesión del salario nacional como fuente de tributo para pagar deuda externa. En menos de seis años, décadas de desarrollo social fueron duramente revertidas. Para 1987, el salario mínimo real se ubicó en su nivel más bajo desde 1951. Enormes masas de riqueza que originariamente conformaban fondo social de consumo, fueron recanalizadas para integrar fondo capitalista de acumulación. Nació una configuración del capitalismo que, no cabe llamar “neo-liberal”, sino más bien cínica. El establecimiento de la acumulación por desposesión dejó atrás la promesa del progreso para todos. El mercado pasó a definir los heridos y los muertos.