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Show Notes
Si algo temen los poderosos que se sirven del poder en
beneficio de sí mismos, es que se visibilice a los pobres. Ellos se
esfuerzan en decir que todo está bien, y que si hay algo deficiente
muy pronto todo estará mejor. En América Latina no somos una
excepción. Y en general nuestros mártires son personas que desde el
Evangelio y el amor al prójimo contribuyeron a visibilizar a los pobres,
reconociéndolos como personas con dignidad y derechos y dándoles
fuerza para buscar el desarrollo de su libertad. Así fue nuestro santo
Monseñor Romero, “padre de los pobres y voz de quienes no tienen
voz para defender sus derechos”, y así fueron Rutilio y Cosme, a los
que ya pronto la Iglesia beatificará, junto con sus acompañantes
laicos. Hoy, cuando nuestra Iglesia salvadoreña se prepara para la
fiesta de la beatificación, es importante retomar la tarea de nuestros
mártires, que es también tarea permanente de la Iglesia: Hacer
visibles a nuestros hermanos más pequeños y olvidados, y
devolverles su dignidad de hijos e hijas de Dios.
El Papa Francisco, en su reciente mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz, nos recordaba la necesidad de convertirnos en
“arquitectos” de la paz. “Como en el tiempo de los antiguos profetas, -
nos dice el Papa- el clamor de los pobres y de la tierra sigue
elevándose hoy, implorando justicia y paz”. Clamor que escucharon y
visibilizaron Cosme, Rutilio, Nelson y Manuel, y al que trataron de
responder cristianamente incluso con la ofrenda de sus vidas. Hoy,
para construir esa paz anhelada, Francisco nos propone en su
mensaje para la jornada de la paz, el diálogo entre generaciones, la
educación de calidad y el trabajo digno. Ello supone visibilizar a los
jóvenes, a los ancianos, a los niños y a las mujeres como los sectores
más vulnerables dentro de las tareas que se nos proponen. También
nuestro arzobispo ha publicado recientemente su Quinta Carta
Pastoral, recordando los 500 años de la Evangelización en El
Salvador y nuestros 200 años de independencia. En ella nos invita,
recordando a Mons. Romero, a “hacer propio el dolor, las
necesidades y aspiraciones de los pobres, defendiéndolos en todo
momento”. En estos días de fin de año, también un sacerdote de
nuestro clero nos hablaba de visibilizar los sufrimientos de los
privados de libertad y de sus familiares. Sufrimientos injustos que van
más allá de las penas impuestas por la ley. Si no vemos a los que
sufren, si no los visibilizamos, tanto nuestra sociedad como cada uno
de nosotros haremos como el sacerdote y el levita de la parábola del
buen samaritano: pasar de largo.
Cosme visibilizaba a los pobres desde su cercanía franciscana a
los mismos y desde su preocupación por las labores agrícolas
campesinas. Rutilio visibilizaba a los pobres empoderándolos de su
dignidad de hijos e hijas de Dios, con derechos a una vida digna. Dos
de esos mismos pobres lo acompañan en esa suprema dignidad del
martirio, que identifica con Jesús, el Señor. Las víctimas de la
violencia física, sexual o psicológica, los y las jóvenes desaparecidos,
los golpeados por la pandemia, los que sufren la degradación
medioambiental, las víctimas de un modelo económico
exageradamente individualista, que provoca marginación e incluso
hambre, los privados de libertad, privados también arbitrariamente de
trato digno y de la visita familiar, nos siguen mostrando el rostro
dolorido del crucificado. Visibilizarlos es el primer paso hacia el
diálogo constructor de paz, que debe ser intergeneracional, y hacia
ese desarrollo integral que es factor indispensable de paz. Que San
Óscar Romero y los beatos Cosme, Rutilio, Nelson y Manuel, nos
acompañen en esa tarea de ser testigos de la fraternidad universal,
de la justicia y de la paz.