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Show Notes
Con Ramón Nogueras...
Una de las ideas más extendidas sobre nuestra mente es que es como un iceberg: una pequeña parte consciente, y una gran parte sumergida, inconsciente, que aflora en ocasiones y que contiene nuestros deseos, sueños, preferencias y anhelos, temores y miedos, los componentes más ocultos de nuestra personalidad y, para muchos, el verdadero yo, que puede alcanzarse mediante distintas herramientas. Sea la interpretación de los sueños, la psicoterapia prolongada o montones de drogas.
Sin embargo, décadas de evidencia en psicología experimental apuntan a que no es así, a que la mente es plana, no hay profundidades ocultas ni complejos inconscientes. Nuestra mente es aquello que percibimos momento a momento, y revisaremos múltiples evidencias de la psicología de la percepción, la memoria, nuestras volubles preferencias y deseos, para entender que cuando tratamos de ahondar en las profundidades de nuestra mente es un trabajo fútil, no porque sea muy complejo, sino porque no hay nada que ahondar.
Si el psicoanálisis centra su interés en la parte inconsciente de la mente y entiende nuestro comportamiento como fruto de conflictos provocados a la hora de gestionar y reprimir los instintos y pulsiones que emanan de ese inconsciente, para la corriente conductista, sin embargo, no hay inconsciente. Ella pretende estudiar de la forma más rigurosa y empírica posible la mente humana a través de su único correlato directamente observable: la conducta. Su máxima prioridad es lograr una explicación científica y contrastable del comportamiento. Busca pues una observación objetiva descartando en lo posible supuestos no comprobables.
Para los conductistas, la conducta está regida por los estímulos, las respuestas dadas ante estos y las consecuencias que dichas respuestas tengan. Por otro lado, se propone que nos regimos por leyes universales e inalterables. Simplemente captamos la información y a partir de esta reaccionamos de un modo concreto según sus características.
Principalmente se considera que somos entes meramente reactivos a las condiciones de la estimulación, aprendiendo mediante la repetición de asociaciones. Sin embargo, algunas variantes del conductismo, como el conductismo radical, entienden que hay libertad y empoderamiento en la posibilidad de alterar nuestro entorno para que este nos influya tal y como queremos.
Este paradigma, y en especial el conductismo radical propugnado por B. F. Skinner, se abstiene de atribuir un papel fundamental a los procesos mentales a la hora de explicar cómo nos comportamos, y la mente es considerada más bien como algo que aunque existe no puede llegar a ser analizado de forma objetiva. Las terapias creadas bajo este paradigma se centran en el presente, sin focalizarse en aspectos pasados, y pretenden modificar la conducta actual del sujeto que acude a consulta con el fin de hacerla más adaptativa mediante procesos basados en el aprendizaje...