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Show Notes
Darin McNabb: Hoy una discusión sobre la relación entre el simulacro y la idea platónica, y más ampliamente sobre la trascendencia y la inmanencia.
Guión:
El plan original de este vídeo era leer con ustedes un breve ensayo de Gilles
Deleuze, uno de mis favoritos de cualquier filósofo porque, además de ser
conceptualmente muy interesante, afectivamente es muy conmovedor. Por esta
combinación ejerce un efecto muy particular, o mejor dicho – singular. El ensayo se
llama “La inmanencia: una vida . . .”, el cual se publicó sólo dos meses antes de su
muerte en 1995. Elaborando el guión, pronto me di cuenta que tendría que explicar
varias cosas de su pensamiento no sólo para que fuera inteligible sino también para
que tuviera el impacto afectivo que comenté. Por el título del ensayo, vemos que la
inmanencia es el tema principal, lo cual no extraña porque es un concepto
fundamental en su pensamiento en general. Pensaba que para introducirlo sería
bueno hablar de su contrario, la trascendencia, y quien mejor para hablar de la
trascendencia que el mismo Platón. De hecho, en un vídeo reciente dije que el
pensamiento de Deleuze, siguiendo al de Nietzsche, pretende una impresionante
inversión del platonismo.
En su obra maestra, Diferencia y repetición, Deleuze dice que la tarea de la
filosofía moderna es la de derribar el platonismo. Dice esto porque Platón es por
excelencia el filósofo de la trascendencia: lo inteligible sobre lo sensible, ideas
eternas sobre cosas perecederas, esencia y apariencia. Deleuze podría simplemente
rechazar ese esquema de Platón, diciendo que la Idea platónica es una ficción o una
tontería, sin embargo es mucho más cuidadoso que eso. Para él, cualquier concepto
se crea para resolver un problema. ¿Cuál es el problema que la Idea platónica
pretende resolver? La respuesta es fascinante y eso es lo que quiero ver con ustedes
en este episodio.
El problema, en el fondo, es de índole político, y es tan patente hoy en día
como lo fue hace más de dos milenios. Si vives en un estado totalitarista, obviamente
no hay elecciones sino un líder máximo que manda por fuerza. En un estado donde
el pueblo manda, una democracia, la gente elige personas para representarlos en la
toma de decisiones. Diversas personas compiten para ser esos representantes y
llevan a cabo campañas políticas para convencer a las masas a elegirlos. Uno dice,
“Yo soy el bueno” y otro dice “No, él es malo – yo soy el bueno”. Como comenta
Deleuze en su texto, esto lo vemos en el diálogo platónico El político. Como el
pastor que sabe cuidar a los borregos, el político se define como aquél que sabe
cuidar a los hombres. Sin embargo, dice Deleuze, “aparece mucha gente:
comerciantes, labradores, panaderos, gimnastas, médicos que dicen: el verdadero
pastor de los hombres, ¡soy yo!”. Es que cada uno de estos personajes le hace algún
bien al ser humano por lo que piensa que sabe cuidarlo. Lo mismo pasa en el
diálogo del Fedro sobre el tema del amor y el amante. Entre todos estos
pretendientes, ¿quién es el verdadero amante, quién el verdadero político? Esta
pregunta nos resulta sumamente natural hoy en día, pero en su momento era
novedosa. La filosofía misma, al menos en el mundo occidental, era nueva.
Preguntarse por la naturaleza del mundo no surgió de la nada, no apareció por la
curiosidad que de repente se metió en la cabeza de algún griego – sino que hubo
condiciones socio-políticas que dieron paso a ella. Valdría la pena detenernos un
momento para considerarlas.
Daniel Smith, un reconocido estudioso de Deleuze, argumenta que la
estructura del espacio social de Grecia Antigua es lo que posibilitó y de hecho lo que
hizo necesario el tipo de pregunta que Platón hacía. Para hacernos una idea del
estado político en el mundo arcaico, sólo tenemos que pensar en los egipcios y los
faraones. La estructura es vertical, con el faraón como el punto último y único de
enlace con un orden mítico trascendente, los dioses. Gracias a ello, el faraón manda
de forma absoluta; el palacio o templo es el centro del mando al cual los propios
egipcios y también los pueblos que domina se dirigen y se alinean. Así que, la
organización política arcaica es un estado, centralizado, vertical en su mando y
trascendente en su fundamento. En Grecia, fue todo al revés. En vez de un estado
monolítico que dominaba de forma vertical a sus vecinos, las ciudades griegas se
relacionaban entre sí de forma horizontal en una red descentralizada de circuitos
comerciales y marítimos. Como dice Smith: “Estos circuitos formaban una especie de
mercado internacional en la frontera de los imperios orientales, organizado en una
multiplicidad de sociedades independientes en la que artesanos y mercaderes
encontraban una libertad y movilidad que los estados imperiales les negaban”.
El estado imperial tenía el palacio o templo donde el poder corría de arriba
por abajo en jerarquías. En cambio, cada ciudad griega, reflejando la organización
horizontal que acabamos de comentar, tenía un espacio público que llamaban el
agora en el cual los ciudadanos, en vez de someterse a una estructura jerárquica,
ocupaban un espacio horizontal. La ausencia de una jerarquía hacía que los griegos,
al menos los que eran hombres libres, se relacionaran de forma competitiva o
agonística entre sí. Esa palabra viene del griego, agon, que significa lucha o
competencia. En todos los niveles del mundo griego, esta condición de rivalidad se
reflejaba – entre las distintas ciudades en términos de batallas y también de juegos,
como los famosos juegos olímpicos; dentro de cada ciudad en cuanto a los puestos y
funciones políticos, o sea, individuos postulándose como candidatos frente a otros
candidatos; en las relaciones individuales – económicas y eróticas por ejemplo; e
incluso una rivalidad o relación de uno consigo mismo, es decir, el intento de uno de
controlar o gobernar a sí mismo, de ser amo de sí.
En el estado imperial, el destino de un individuo es, en última instancia, una
función del deseo del faraón lo cual a su vez es una función de la voluntad de los
dioses con los cuales tiene comunicación única. Por eso, la soberanía del estado
imperial es trascendente. En el caso de Grecia, el destino de un individuo no estaba
determinado por un dictado divino o trascendente sino por el resultado de una lucha
o competencia con otro como él. Era entonces un entorno no trascedente sino
inmanente. Esto para Deleuze, el carácter inmanente del espacio socio-político de
Grecia Antigua, era la condición histórica de la filosofía, lo que posibilitó su
surgimiento.
Es interesante contrastar la palabra “filósofo” con su equivalente en el estado
imperial. Éste tenía sus sacerdotes o sabios, pero en Grecia se trataba del filo-
sophos. El filósofo no es sabio sino un amigo de la sabiduría. No posee la sabiduría
sino que pretende a ella, es un pretendiente pues, como los políticos y los amantes
en los diálogos de Platón que comentamos. Esta situación resalta una característica
del filósofo que no solemos notar. Lo que vemos claramente es el “filo”, su deseo
amoroso de ser sabio, pero en el espacio griego la pretensión que esto implica,
implica también que habrá otros que pretenden lo mismo, o sea, habrá rivales. Hay
amor hacia la sabiduría pero al mismo tiempo una desconfianza hacia los otros
pretendientes. El espacio horizontal e inmanente del agora crea, por un lado, amigos
e iguales, pero también promueve relaciones de rivalidad entre sí. El amigo es al
mismo tiempo el rival.
¿Qué opinión tenía Platón de todo esto? La verdad no le gustaba, ya que
cualquiera podría pretender cualquier cosa. En los diálogos, vemos esa queja
reflejada en la lucha entre Sócrates y los sofistas. Imagínate una contienda política
con dos candidatos. Uno que realmente se ocupa del pueblo y su bien y otro que
sólo se ocupa de sí mismo, un egoísta cínico que sólo quiere enriquecerse a costo
del pueblo, como si fueran borregos que se engordan sólo para luego matarlos. Una
buena cantidad de candidatos políticos son como este segundo y las más de las
veces son los que ganan. ¿Por qué? Por su muy hábil uso de la retórica. Lo hemos
visto una y otra vez y nos indigna. Pues también a Platón le indignaba. Había
pretendientes verdaderos, como Sócrates, y muchos falsos, como los sofistas. ¿Cómo
se podría separar los verdaderos de los falsos? Esto era la pregunta de Platón, su
problema, y su noción de la Idea era su respuesta.
La idea platónica es una cualidad ideal como la de ser justo, de ser bello, o de
ser valiente. La idea misma es lo que tiene o encierra esta cualidad en su plenitud, de
primera mano se podría decir. Otras cosas, como personas u objetos, pueden tener
esta cualidad, pero sólo en un grado menor, de segunda mano. Esas cosas tienen la
cualidad, dice Platón, al participar en la Idea. ¿Qué significa eso? Significa que la
cosa, el pretendiente, se parece a la Idea, la imita en cierto grado. Sin embargo, esta
semejanza no es una correspondencia meramente externa, una semejanza visual o
superficial, sino una semejanza interna o espiritual. Por ejemplo, una computadora
imita a la inteligencia humana al jugar ajedrez, pero no es más que una semejanza
externa, al menos hasta el momento. La semejanza interna comprende las relaciones
y proporciones que constituyen la esencia de la Idea. Puede haber muchos
pretendientes a la misma Idea y en ese sentido cada pretendiente vería a los demás
como rivales. Lo que Platón pretendía con la Idea era no sólo distinguir los
verdaderos pretendientes de los falsos, sino también hacer un ordenamiento o
clasificación de los verdaderos pretendientes. Ninguno de estos pretendientes
puede tener la cualidad en cuestión de primera mano – sólo la Idea misma la tiene
así. Pero algunos la tendrán de segunda mano, y otros de tercera y cuarta mano, etc.,
en una gradación que va de mucha semejanza a poca.
Al plantear todo esto, no puedo evitar pensar en mi trabajo como maestro en
la escuela. En un curso sobre el pensamiento de Platón, tengo un grupo, digamos,
de 20 alumnos, 20 pretendientes. Bueno, al principio, no son ni pretendientes
porque, suponiendo que más o menos ignoran el tema, no participan casi nada en la
Idea en cuestión, a saber, el pensamiento de Platón. En otras palabras, no saben
nada, y se supone que yo, el maestro, participa mucho en la Idea, que sí sabe. Al final
del curso, habrán aprendido – al menos eso se espera. Todos pretenden ahora a ser
amigo de Platón, de comprender su pensamiento, la Idea de Platón. ¿Será? Ahora
viene el proceso de lo que Platón llama la división, el dividir los verdaderos
pretendientes de los falsos, como comentamos, y también de ordenar los verdaderos
pretendientes de acuerdo con su grado de participación en la Idea. Así que aplico el
examen o pido el trabajo, los leo y luego los califico según mi estimación de su grado
de comprensión. 10 significa una semejanza de segunda mano, 9 una semejanza de
tercera, y así sucesivamente. De vez en cuando habrá los que reprueban, es decir, los
cuya pretensión no fue suficientemente fundada y que son por tanto falsos
pretendientes.
El caso del falso pretendiente es interesante. En los diálogos El político y
Fedro, la dinámica que vemos es una de ascenso, un movimiento desde el
pretendiente hacia el modelo al que aspira, la Idea del “verdadero amante” o “el
verdadero político”. Pero hay otro diálogo, El sofista, en el que se trata de determinar
la naturaleza de algo, sólo que en este caso no existe ninguna Idea que pueda servir
de modelo para hacerlo. ¿Por qué? Porque lo que se quiere entender aquí es la
naturaleza del sofista, lo que hace que alguien sea un sofista a diferencia del filósofo.
En El político y en Fedro hay verdaderos pretendientes de los que se distinguen los
falsos pretendientes. El problema con el sofista es que no puede haber un
pretendiente falso, ya no es una cuestión de distinguir al verdadero sofista del falso
pretendiente, dado que el verdadero sofista es sí mismo el falso pretendiente. El
sofista, por tanto, es lo que Platón llama un simulacro, a diferencia de una copia. En
este punto de su argumento Deleuze dice: “En este sentido, puede que el final de El
Sofista contenga la aventura más extraordinaria del platonismo: a fuerza de buscar
por el lado del simulacro y de asomarse hacia su abismo, Platón, en el fulgor
repentino de un instante, descubre que éste no es simplemente una copia falsa, sino
que pone en cuestión las nociones mismas de copia... y de modelo.”
La idea platónica es el modelo; las cosas que participan en ese modelo son
copias, éstas siendo los pretendientes verdaderos; y ahora aprendemos que los
pretendientes falsos son lo que Platón llama simulacros – copias de las copias. Lo
interesante aquí, como Deleuze comenta, es que la distinción platónica esencial no
es aquella entre modelo y copia, original e imagen, esencia y apariencia. La
verdadera distinción, la más profunda, es entre dos clases de pretendientes. En el
diálogo El sofista, preguntan por el arte o tecne del sofista, por lo que hace
propiamente. Se responde que hace imágenes. De acuerdo con su método de
división, de distingir al tema de la investigación, en este caso el sofista, de actividades
que hacen otras personas, se pregunta ¿qué clase de imagen hace? Se responde
que hay dos clases de imágenes, las que son iconos (eikones en griego) o lo que
llamamos copias. Y por otro lado hay apariencias (fantasmata en griego) o lo que
podría llamarse simulacros. La primera imagen, la copia o ícono, es el verdadero
pretendiente, el que guarda una semejanza interna al modelo. La segunda, el
simulacro, es el falso pretendiente, el cual encierra una desviación o perversión del
modelo. Como comenté hace poquito, lo importante aquí es que la distinción entre
modelo y copia, original e imagen, esencia y apariencia, no es la distinción esencial.
Platón no crea el concepto de la Idea para oponerlo al mundo de las imágenes, sino
más bien para seleccionar las verdaderas imágenes, los íconos, y para eliminar las
falsas, los simulacros. La distinción más importante es entre ícono y simulacro.
Con esto podemos desmentir la concepción popular sobre la relación entre
Platón y los poetas. Todo el mundo piensa que corrió a los poetas y los artistas en
general de la república. No es así, al menos no del todo. La figura más valiosa en la
república es el filósofo porque tiene conocimiento de las Ideas. El artesano no tiene
conocimiento de la Idea, sin embargo es capaz de imitarla, de producir una imagen
de la Idea. Lo que produce es una cosa física que es una copia del modelo. Donde
el filósofo tiene episteme, el artesano sólo tiene doxa con respecto a la Idea, sin
embargo es una doxa atinada, una opinión correcta, y aun cuando su producción
sólo sea una imitación o mimesis, es capaz de reproducir las relaciones y
proporciones internas que definen la esencia de la Idea. No es el modelo mismo,
pero sí una copia o reproducción fidedigna.
Luego hay otros artesanos o creadores de imágenes cuyas producciones no
imitan a la Idea sino que la simulan. ¿Cuál es la diferencia? La copia o ícono se
asemeja al modelo, de la misma manera que un hijo se asemeja a su padre, al
participar internamente en el linaje filial del padre. El simulacro no reproduce esa
relación interna sino que sólo produce el efecto de la semejanza de forma externa.
Un truco, pues, como si llevara un disfraz – el simulacro como impostor. Su apariencia
refleja la del padre, pero la relación es sólo externa, y además es subversiva. En todo
caso, volviendo a Platón y los artistas, no echa a todos los artistas de la república sino
sólo aquellos cuya arte es una simulación. El arte icónico o mimético sí es permitido.
Hay que poner énfasis en eso de impostor y subversivo. El simulacro no es
simplemente el contrario de la copia, como lo falso es de lo verdadero, sino algo más
siniestro. Para entender el carácter subversivo del simulacro, comparemos Platón y su
situación con nuestra situación contemporánea. Hoy en día hay mucho debate sobre
la salud. ¿Qué debería comer para ser saludable? Podría comer una porción de
avena cocida, pero veo en esta caja de cereal procesado que dice que está
adicionado con las mismas vitaminas y nutrientes, y además sabe mejor. En el
lenguaje de Platón, la pregunta sería ¿Quién es el verdadero amigo de la salud, la
avena natural o el cereal procesado? Donde Platón erigía la Idea para distinguir al
verdadero pretendiente del falso, nosotros hoy en día acudimos a la ciencia.
Estudios científicos dicen que la avena es mejor para la salud que el cereal. Estudios
científicos dicen que el clima está calentándose y que se debe a las actividades del
ser humano. Estudios científicos dicen muchas cosas – sin embargo, vivimos en la
época de la posverdad donde argumentos y evidencia al parecer ya no funcionan.
No se trata de un mero pretendiente falso, sino del simulacro.
La diferencia entre los dos la podemos ver en el campo de la política.
Sabemos que la mayoría de los políticos mienten. Anteriormente, sus mentiras le
hubieran calificado de falsos pretendientes porque una vez que la mentira se
desmentía, perdía el apoyo de la gente. Pienso en el caso del ex-presidente
estadounidense – Richard Nixon. Durante el escándalo de Watergate se defendía y
en cierto momento en una conferencia de prensa dijo “La gente de este país tiene el
derecho de saber si su presidente es un ladrón. Pues no soy ladrón”. Tiempo
después se descubrió evidencia contundente de que había obstruido la justicia y eso
condujo a su caída y su dimisión de la presidencia. Nixon era un falso pretendiente.
Donald Trump, en cambio, es un simulacro. El verdadero amigo o pastor de los seres
humanos, quien sabe quien será, pero Nixon no lo era, él era su contrario. Lo
importante aquí es que Trump no es el contrario del buen político, como Nixon lo fue,
sino algo mucho más desconcertante y vertiginoso, a saber, es el Mismo, el doble
perfecto, la semejanza exacta, el doppelganger, un impostor cuya decepción es tan
completa que es imposible distinguir el verdadero del falso. Muchos de los que
apoyan a Trump dicen que lo que les gusta de él es que dice lo que piensa a
diferencia de los políticos comunes y corrientes que no dicen lo que realmente
piensan y de esta forma mienten o disimulan. Al decir lo que realmente piensa,
Trump no disimula sino que simula. Y en esto consiste su gran poder. Trump no es
un típico político mentiroso. Si uno miente, eso implica que reconoce una realidad.
Trump en cambio crea su propia realidad. Hay que tener en cuenta que antes de ser
presidente, Trump era una estrella de Reality TV, ese fenómeno cultural en el que la
realidad toma segundo lugar a la simulación, llegando a mezclarse con ella y al final
perdiéndose por completo. El simulacro, a diferencia de la copia, es aquello que no
corresponde a un original, sino que se mueve en un mar de simulacros, como decía
Jean Baudrillard en su famoso análisis sobre este fenómeno.
Volviendo a Platón, Platón condena el simulacro no porque eleva lo falso sobre
lo verdadero, el mal sobre el bien, sino porque los vuelve indiscernibles. En el
pensamiento cristiano, el gran poder de Satanas consiste no en ser la antítesis de
Dios, sino en ser precisamente indistinguible de Dios. ¿Cómo distinguir a una
revelación de Dios de una decepción del diablo, o una decepción de Dios hecho
para tentar a los hombres de poca fe de una revelación del diablo que simula la
prueba de Dios? En tanto creador de imágenes en la forma de discursos, Trump es
precisamente el tipo de artista que Platón quería correr de la república porque sus
imágenes son simulacros que no corresponden a ningún modelo, y eso por tanto
pone en tela de juicio la relación entre modelo y copia; confunde el proceso de
selección de los verdaderos pretendientes y pervierte el juicio.
Volvamos ahora con Deleuze para ver qué opina sobre todo esto de modelos,
íconos y simulacros. En Diferencia y repetición dice: “Platón ha asignado la finalidad
suprema de la dialéctica: establecer la diferencia”. Como habíamos comentado, el
concepto de la Idea fue inventado para distinguir copias de simulacros, para
establecer la diferencia entre los dos. Y por cierto, no lo hemos comentado hasta
ahora pero con su invención de la Idea Platón duplicó la estructura del estado
arcaico, es decir, su jerarquía basada en un punto trascendente, la voluntad y
autoridad de los dioses. Sólo que la Idea inteligible toma el lugar del dios.
Básicamente, transformó el espacio inmanente del espacio público de la polis en una
estructura regida por la trascendencia de la Idea. Entonces, la Idea establece la
diferencia entre íconos y simulacros, una diferencia que depende de la mismeidad o
identidad de la Idea. Para usar la versión aristotélica, la diferencia entre un ser
humano y un perro depende de la identidad de un concepto anterior, el de animal,
un concepto que trasciende y que por tanto puede fundamentar la diferencia. Dado
que los dos son animales, una diferencia, como la racionalidad, puede predicarse de
uno y no el otro – yo soy un animal racional, y el perro no.
Por diversas razones históricas y conceptuales, Deleuze cuestiona la
hegemonia de una identidad trascendente, sea una Idea, un dios, un sujeto, y trata de
concebir la diferencia no en términos de un concepto anterior sino en términos de sí
misma, la diferencia en sí misma, lo cual por cierto es el título del primer capítulo de
su obra. Es por eso que le interesa mucho la noción del simulacro, porque escapa de
la hegemonia de la Idea y se mueve en un plano de inmanencia. Al inventar el
mundo de las Ideas, Platón estaba levantando la cabeza de Medusa, tratando de
congelar el caos y contingencia del mundo real en términos de un mundo ideal.
Siguiendo a Nietzsche, Deleuze piensa que ese mundo ideal sobra, que el mismo
caos contiene recursos suficientes para una nueva dialéctica, una forma de establecer
la diferencia que no depende de ningún elemento trascendente sino de un entorno
estrictamente inmanente. Dice: “[La diferencia] no se encuentra entre la cosa y los
simulacros, el modelo y las copias. La cosa es el simulacro mismo, el simulacro es la
forma superior y lo difícil para toda cosa es [volverse] su propio simulacro”. Si
ninguna cosa fuera regida por una idea trascendente, cada cosa sería un simulacro, y
la diferencia entre dos simulacros ya no sería la diferencia de algo, una diferencia que
de forma pasiva simplemente marcara un lindero conceptual, sino que sería la
diferencia propia, en sí misma. ¿Por qué le interesa a Deleuze la diferencia en sí
misma? Porque está convencido de que puede hacer el mismo trabajo que la idea
platónica, pero de forma inmanente. La finalidad de su obra maestra, Diferencia y
repetición, es dar cuenta del mundo en que vivimos no desde la identidad del
concepto o la Idea sino desde una diferencia internalizada, una diferencia inmanente.
La idea deleuziana es la inversa de la idea platónica, inmanente en vez de
trascendente, autónoma en vez de subordinada, basada en un concepto de la pura
diferencia en vez de la identidad.
Sé que esto puede sonar un poco extraño, así que en el próximo vídeo
hablaremos con detalle de cómo Deleuze se apoya en Leibniz y en la noción de su
relación diferencial para plantear la diferencia como