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Mundo interpretado: Edward Gibbon

Mundo interpretado: Edward Gibbon

Devenir · Devenir

January 14, 20201h 9m

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Show Notes

Con Antonio Lastra. “Mundo interpretado” es una frase del poeta Rainer Maria Rilke en la primera de las Elegías del Duino. A nosotros nos servirá de lema para lo que nos proponemos: interpretar el mundo a través de las grandes interpretaciones que nos han precedido y comprender, de esta manera, un poco mejor el mundo en el que vivimos. La primera de nuestras interpretaciones tiene que ver con un mundo cuyos límites fueron los del mundo mismo: el Imperio romano. El Imperio romano a cuya decadencia y ruina Edward Gibbon dedicó una obra tan monumental como su propio tema, sin caer nunca en la mera actitud de un anticuario, antes bien confrontándolo con el presente: el suyo y el nuestro. La pregunta inicial del libro será la causa de la caída del Imperio romano, y el tema central, quizá por la relevancia histórica del mismo, será el ascenso y desarrollo del Cristianismo. La primera edición de la primera parte de la obra se publica en 1776, y va seguida del escándalo, porque Gibbon por primera vez aplica la historia filosófica[cita requerida] a la historia de la Iglesia, es decir, escribe este libro desde una perspectiva ilustrada y crítica. El verdadero mérito de Gibbon, empero, no se centra en sus tesis decadentistas, sino en cómo aborda el estudio del período, en cómo maneja las fuentes históricas y en cómo no se conforma con recoger aquello que cada una de éstas relata, sino que lo hilvana y contextualiza tratando de ofrecer una imagen global de cada período histórico. Así, lo novedoso y valioso de Gibbon no son sus tesis políticas, morales o religiosas, que son las mismas de Voltaire y de Montesquieu, sino que supo comprender el importante papel de los hechos en la Historia, y supo ordenarlos y valorarlos para conseguir el primer análisis histórico moderno. En eso radica su importancia y la fuerza con que ha calado en toda la historiografía posterior. El arte literario de Gibbon, la continua excelencia de su estilo, sus epigramas picantes y su brillante ironía puede que no hubieran asegurado a su obra la inmortalidad de que probablemente disfruta, de no ser por el empuje ecuménico, la precisión extraordinaria y una perspicacia de juicio que raramente ha sido igualada en historia, o incluso en la prosa inglesa...