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Ignacio Castro Rey: Lluvia oblicua: la violencia de vivir

Ignacio Castro Rey: Lluvia oblicua: la violencia de vivir

Devenir · Devenir

June 18, 20221h 43m

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Show Notes

Desde Sociedad y Barbarie, hasta Ética del desorden pasando por Roxe de Sebes, Ignacio Castro rey no deja de volver con insistencia renovada sobre los dos puntos que dominan su trabajo: por un lado, el dominio microfísico de la comunicación, y por el otro, la afirmación apasionada del singular que somos. En Lluvia oblicua esta repetición se da bajo la convicción de que desde la segunda es posible remover la doxa metafísica que domina nuestro presente. Ignacio Castro desarrolla su trabajo filosófico en dos vertientes. En una, al margen de las oposiciones de nuestro canon ilustrado, sostiene la fidelidad a un absoluto sensible, una inmediatez común intraducible a la historia. En la otra realiza una crítica incesante del lento holocausto al que la sociedad del conocimiento somete a cualquier forma de vida. Comentan: Esther Peñas Domingo Mariano Rodríguez Ignacio Castro Rey Moderadores: Gerardo Muñoz y José Miguel Burgos Mazas Hace ya varios meses, mientras estaba en la piscina, una vecina me preguntó que carrera académica había completado. Le dije: Filosofía. Y ella se echó a reír. Pues bien, hoy voy a hablar de un filósofo y de un libro de filosofía: Ignacio Castro Rey (Santiago, 1952), quien acaba de publicar en Pre-textos, una de las más prestigiosas editoriales españolas, Lluvia oblicua (Opinión y verdad en la sociedad del conocimiento). Lo primero, aclarar que Ignacio Castro no es un filósofo al uso. Aunque ha impartido clase de esta materia hasta hace un par de meses en un instituto de Madrid, nuestro autor practica la filosofía como una forma de vida. Castro no vive retirado en una torre de cristal, apartado del mundanal ruido. No. Lleva una vida cotidiana como cualquiera, es uno más entre los demás. Pero apuesta por una forma de vida diferente. Cada uno debe vivir su vida, la suya propia. Su filosofía no es el producto de un trabajo académico, o de un entramado discursivo o especulativo, sino algo que ha levantado sobre lo ya vivido, lo sentido o experimentado por él mismo. Hay, por decirlo así, una faceta socrática en Castro. Como el antiguo maestro griego, él no es filósofo porque trabaje en una institución académica, sino porque discute, bromea, ironiza y se divierte con sus amigos. Va al cine y escucha música, asiste a exposiciones, lee y conversa con los autores de los libros que frecuenta, incluso llega a sentar en una misma mesa a pensadores tan distintos y diferentes, que posiblemente no llegarían a comer juntos o por separado en el mismo restaurante. Y por este mismo motivo hay aquí momentos de sus películas preferidas, acordes de sus canciones más queridas o pinceladas de los maestros artistas que más le han impactado... Así pues, en Lluvia oblicua nos propone otro modo de vida y percepción, pero no uno alternativo y reconocido, sino abandonado en la imperante de nuestro radiante presente. Nos habla de la filosofía como un ejercicio espiritual, como preparación para salir afuera y afrontar las dificultades del mundo: pasar cada día como si fuese el último, vivirlo intensamente. Nos habla de una filosofía que se teje con las sensaciones que entran en cada uno de los seres humanos a través de los sentidos, no mediante el tribunal de la «razón ilustrada», la de los elegidos. Hay en las páginas de este libro un canto a vivir sin otra doctrina que la de habitar la tierra, como si cada hora fuese la última de nuestra existencia. Pero también contienen sus páginas compromiso y crítica, tal como corresponde a un pensador que se mantiene firmemente fiel a los clásicos. Incluso podríamos decir que Castro aparece aquí convertido en un sabio contemporáneo, comprometido, que en ningún momento da la espalda a los problemas de nuestra época, ni siquiera a las cloacas en las que viven dos tercios de la humanidad. Es decir: la miseria generalizada del mundo, el sufrimiento de una humanidad que, por serlo, tiene las manos vacías. Pero a la vez ejerce una crítica demoledora de los «escenarios despiadadamente iluminados donde es más que posible que Dios y el Diablo vivan abrazados ante la soledad que recorre el mundo». Apela Castro al coraje como arma para atreverse a vivir el problema que es toda vida, atreverse a darle una forma, aunque para esto tengamos que driblar, esquivar la ortodoxia social reinante. Esto es: devenir artistas del encuentro, la entrega y la seducción. En suma, Ignacio Castro nos invita a ser lo que somos, para así entender la vida de otro modo. El libro trata, pues, de una filosofía de nuestros hábitos, a la vez que ensaya una crítica de nuestro elevado y adorado orden global, desde un absoluto que nos fraterniza con cualquiera ser humano, de la ideología o cultura que sea.