
Grandas de Salime, Asturias en La España Barbaciada
Abandonamos la comuna, el vino heroico y el aislamiento de Negueira de Muñiz. Cruzamos el puente sobre el embalse (rezando un poco porque impone respeto mirar hacia abajo) y entramos triunfalmente en el Principado de Asturias. Solo tenemos que recorrer unos 30 kilómetros bordeando el agua, disfrutando de unas vistas espectaculares, para llegar a Grandas de Salime. Esta localidad cuenta con 774 habitantes, lo que comparado con los 228 de Negueira, nos parece una metrópolis cosmopolita. Su gentilicio es grandalés o grandalesa. Grandas de Salime es un punto clave, estratégico y vital en el mapa: es la última gran parada del Camino Primitivo de Santiago en Asturias antes de entrar en Galicia. Esto significa que el pueblo tiene una vida flotante de peregrinos. Si te sientas en un banco de la plaza, en cinco minutos verás pasar a un alemán con calcetines y sandalias, dos coreanos con sombreros técnicos y un señor de Cuenca con un palo y cara de sufrimiento existencial. Todos arrastrando los pies y buscando desesperadamente un albergue y una cerveza fría. El Camino le da una vidilla al pueblo que ya quisieran muchos. La historia reciente de Grandas está marcada, otra vez, por el Embalse de Salime, ese monstruo de hormigón que vimos en la etapa anterior. Se inauguró en 1954 y es una obra de ingeniería brutal. Pero lo más curioso de este embalse no es la presa en sí, sino el arte. La central eléctrica tiene unos murales gigantescos diseñados por el arquitecto y pintor Joaquín Vaquero Palacios. Son murales de estilo "realismo socialista" pero a la asturiana, que representan la electricidad y el trabajo. Es brutalismo industrial convertido en museo al aire libre. Una auténtica joya desconocida del arte español del siglo XX. Pero si hay algo que tenéis que ver sí o sí, Gonzalo, apúntalo en rojo, es el Museo Etnográfico de Grandas de Salime. Y ojo, que cuando digo museo etnográfico no me refiero a una sala polvorienta con cuatro aperos oxidados colgados de la pared. Estamos hablando de uno de los mejores museos de su género en toda Europa. Fue fundado por Pepe el Ferreiro, un hombre que se dedicó a recopilar la historia rural de la zona antes de que desapareciera. Tienen recreada una casa rectoral completa, una tienda de ultramarinos antigua con sus botes de la época, una barbería que da un poco de yuyu, un molino, una escuela... Entras ahí y hueles a siglo XIX. Es como viajar en el tiempo sin necesidad de Delorean. También tienen historia antigua de la buena: el Castro de Chao Samartín. Es un asentamiento castreño fundado en la Edad del Bronce que llegó a ser una ciudad importante y rica, llena de oro, hasta que un terremoto (sí, amigos, un terremoto en Asturias en el siglo II) se lo cargó todo. Los arqueólogos siguen excavando y sacando joyas de allí. Es nuestro Pompeya particular, pero con más lluvia y menos turistas italianos. Y para comer, aquí se estila el buen comer asturiano. Pote, fabada y ternera. Comida de la que te hace falta una siesta de dos horas para procesar.
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