
Show overview
La Traviata has been publishing since 2023, and across the 3 years since has built a catalogue of 116 episodes. That works out to roughly 110 hours of audio in total. Releases follow a fortnightly cadence.
Episodes typically run thirty-five to sixty minutes — most land between 57 min and 57 min — and the run-time is fairly consistent across the catalogue. None of the episodes are flagged explicit by the publisher. It is catalogued as a ES-ES-language Arts show.
The show is actively publishing — the most recent episode landed 3 days ago, with 28 episodes already out so far this year. Published by Radio Popular de Bilbao.
From the publisher
<p style="margin-bottom: .0001pt;"><span style="font-size: 13.5pt;">Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en <b><i>La traviata</i></b> con Margarita Lorenzo de Reizabal.</span></p> <p style="margin-bottom: .0001pt;"><span style="font-size: 13.5pt;">Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores.</span></p> <p style="margin-bottom: .0001pt;"><span style="font-size: 13.5pt;">Si te gusta la lírica, <b><i>La traviata</i></b> es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con <b><i>La traviata</i></b> y contágiate de la <b>pasión por la lírica.</b></span></p> <p style="margin-bottom: .0001pt;"><span style="font-size: 13.5pt;">Los <b>martes a las 17:00</b> tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en <b><i>La traviata</i></b>. <b>¡Pasión por la lírica! </b></span></p>
Latest Episodes
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Especial Semana Santa. La música sacra en el repertorio lírico
La música sacra ha sido uno de los grandes motores de la historia de la música occidental. Durante siglos, la Iglesia —en sus distintas confesiones— fue el principal espacio de creación musical, y en ese contexto nacieron algunas de las obras más importantes del repertorio vocal. A diferencia de otros géneros, la música sacra está directamente vinculada a un texto litúrgico o religioso, lo que condiciona tanto su forma como su lenguaje musical. Sin embargo, especialmente a partir del siglo XVIII, muchos compositores incorporaron a estas obras elementos procedentes de la ópera, dando lugar a un repertorio en el que conviven lo espiritual y lo teatral. En este programa recorremos algunas de esas obras, centradas en la voz solista y el coro, y escritas entre el Barroco y el Romanticismo. El Stabat Mater es una secuencia litúrgica de origen medieval, atribuida tradicionalmente al fraile franciscano Jacopone da Todi, y datada en el siglo XIII. Su texto en latín comienza con las palabras “Stabat Mater dolorosa”, que pueden traducirse como “Estaba la madre dolorosa”. Forma parte de la tradición devocional de la Iglesia y se centra en un episodio muy concreto: la presencia de la Virgen María al pie de la cruz durante la crucifixión de Cristo. A diferencia de otros textos litúrgicos más doctrinales, el Stabat Mater tiene un carácter profundamente meditativo y emocional, ya que invita al creyente a contemplar el sufrimiento de la madre y a participar espiritualmente en ese dolor. El texto se estructura en una serie de estrofas que desarrollan esta idea desde distintos puntos de vista. En las primeras, se describe la escena: María de pie junto a la cruz, sufriendo ante la muerte de su hijo. En las siguientes, el texto se convierte en una oración directa, en la que el fiel pide compartir ese sufrimiento como forma de acercarse a la redención. Finalmente, concluye con una petición de salvación y de acceso a la gloria eterna. Desde el punto de vista litúrgico, el Stabat Mater se asocia especialmente a las celebraciones de la Semana Santa, y en particular a la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. A lo largo de la historia, numerosos compositores han puesto música a este texto, desde el Renacimiento hasta la actualidad, lo que ha dado lugar a versiones muy diferentes entre sí, tanto en estilo como en dimensiones. Dos de las más conocidas son precisamente las que vamos a escuchar hoy, separadas por más de un siglo y representativas de dos momentos muy distintos en la evolución del lenguaje musical. El término Requiem procede de la primera palabra del texto latino “Requiem aeternam dona eis, Domine”, que significa “Concédeles el descanso eterno, Señor”. Se trata, por tanto, de la misa de difuntos dentro de la liturgia de la Iglesia católica. A diferencia de otras celebraciones litúrgicas, el réquiem tiene una estructura específica que incluye textos propios, como el Introitus, el Kyrie, la secuencia del Dies Irae, el Offertorium, el Sanctus, el Agnus Dei y la Communio. Uno de los elementos más característicos es precisamente el Dies Irae, un extenso poema medieval que describe el día del Juicio Final con imágenes muy vívidas: la resurrección de los muertos, la rendición de cuentas y la salvación o condena de las almas. Desde el punto de vista musical, el réquiem ha sido uno de los géneros más importantes de la música sacra, especialmente a partir del siglo XVIII, cuando comienza a desarrollarse en formato de concierto, con grandes fuerzas corales y orquestales. Sin embargo, no todos los compositores han tratado este texto de la misma manera. Mientras algunos, como Mozart o Verdi, siguen de cerca la estructura litúrgica tradicional, otros, como Brahms, optan por reinterpretar el concepto desde una perspectiva más libre, seleccionando textos y orientando la obra hacia una función distinta. Dentro de la música sacra luterana, uno de los géneros más importantes es la Pasión. La Pasión es una obra musical que narra los acontecimientos de la Pasión de Cristo, es decir, los episodios que van desde la Última Cena hasta la crucifixión y muerte, según los relatos de los Evangelios. En el contexto de la iglesia luterana alemana del siglo XVIII, estas obras formaban parte de la liturgia de la Semana Santa, y se interpretaban principalmente el Viernes Santo. Su función no era únicamente narrativa, sino también meditativa, ya que combinaban la lectura del Evangelio con comentarios poéticos y musicales que invitaban a la reflexión del fiel. Desde el punto de vista estructural, la Pasión se articula en varios niveles. Por un lado, el relato evangélico, que suele estar confiado a un tenor —el llamado Evangelista— que canta en estilo recitativo. Por otro, los personajes individuales, como Cristo, Pedro o Pilatos, que intervienen también en recitativos. A esto se añaden las arias, que no forman parte directa del texto bíblico, sino que funcionan como comentarios poéticos que detienen la acción para reflexionar sobre lo sucedido. Finalm
Orfeo en los infiernos de J. Offenbach
Para entender Orfeo en los infiernos, hay que situarse en un momento muy concreto de la historia europea. Estamos en el París del Segundo Imperio, bajo el gobierno de Napoleón III. Es una ciudad en plena transformación: grandes avenidas, vida nocturna, cafés, teatros… y una burguesía que busca, cada vez más, entretenimiento. En ese contexto, la ópera tradicional —la grand opéra francesa— seguía dominando los escenarios con sus grandes historias históricas, sus decorados espectaculares y su tono solemne. Pero al mismo tiempo, empezaba a surgir una necesidad distinta: la de un teatro más cercano, más ligero, más inmediato. Y es ahí donde aparece Jacques Offenbach. Nacido en Colonia en 1819, como Jakob Offenbach, hijo de un cantor judío, se trasladó muy joven a París, donde pronto destacó como violonchelista. Pero Offenbach no quería limitarse a interpretar música: quería crearla… y, sobre todo, quería reinventar el teatro musical. Tras años de dificultades, en 1855 consigue abrir su propio teatro: los Bouffes-Parisiens. Será allí donde desarrolle un nuevo tipo de espectáculo, ágil, satírico y profundamente conectado con su tiempo. Offenbach no inventa la opereta desde cero, pero sí la define, le da forma y la convierte en un fenómeno. Su música combina melodías irresistibles, ritmos vivos y una capacidad extraordinaria para caracterizar situaciones y personajes con rapidez y eficacia. Pero hay algo más importante aún: el humor. Un humor que no es superficial, sino profundamente crítico. Porque Offenbach utiliza la risa como herramienta para cuestionar la sociedad de su tiempo: la hipocresía moral, el poder político, las apariencias burguesas. Y en 1858, con Orphée aux enfers, lleva esta idea al extremo. La obra toma como punto de partida uno de los mitos más nobles de la tradición clásica: el de Orfeo, el músico capaz de descender a los infiernos por amor y conmover incluso a los dioses. Pero Offenbach —junto a sus libretistas, Hector Crémieux y Ludovic Halévy— hace algo completamente inesperado: desmonta el mito pieza a pieza. Orfeo ya no es un héroe romántico, sino un marido mediocre e infeliz. Eurídice no es una esposa fiel, sino una mujer deseosa de escapar. Los dioses del Olimpo no son figuras majestuosas, sino una corte aburrida, caprichosa y ridícula. Y el infierno… el infierno es, paradójicamente, el lugar más alegre de todos. El escándalo fue inmediato. Parte de la crítica acusó a Offenbach de frivolizar la cultura clásica, de atacar los valores establecidos, incluso de corromper el gusto del público. Pero el público respondió de otra manera: con entusiasmo. Orfeo en los infiernos se convirtió en un éxito rotundo, y marcó un antes y un después en la historia del teatro musical. Musicalmente, la obra es un prodigio de ligereza y precisión. Offenbach domina el ritmo teatral como pocos: números breves, contrastes rápidos, melodías pegadizas y una orquestación brillante, siempre al servicio de la escena. Y en medio de todo ello, introduce uno de los momentos más célebres de toda la música: el llamado “Galop infernal”, que el mundo entero conocerá como el can-can. Pero más allá de su fama, lo verdaderamente importante es lo que representa la obra: una nueva forma de entender la música escénica, donde la inteligencia, la ironía y el ritmo sustituyen a la solemnidad. Offenbach no destruye la ópera… pero sí la pone frente a un espejo deformante. Y en ese espejo, la sociedad de su tiempo —y quizá también la nuestra— no siempre sale bien parada.
La donna del lago de Gioachino Rossini
Hoy les invitamos a viajar a las brumosas tierras de Escocia, entre montañas, lagos y clanes enfrentados. Allí situó Gioachino Rossini una de sus óperas más bellas y menos conocidas: La donna del lago. Rossini nació en 1792 en la ciudad de Pesaro, en la costa adriática italiana. Hijo de músicos —su padre era trompetista y su madre cantante—, desde muy joven vivió rodeado de teatro y de música. Su talento fue extraordinariamente precoz. Con apenas veinte años ya estaba componiendo óperas que se representaban con gran éxito en los teatros italianos, y muy pronto se convirtió en el compositor más famoso de su tiempo. Durante la segunda década del siglo XIX Rossini dominó completamente la escena operística italiana. En apenas unos años escribió obras que hoy siguen siendo pilares del repertorio como Il barbiere di Siviglia, La Cenerentola, L'italiana in Algeri o Tancredi. Rossini poseía un talento melódico excepcional y un sentido teatral muy especial. Sus óperas se reconocen fácilmente por su energía rítmica, por el famoso crescendo rossiniano, y por una escritura vocal extremadamente brillante que exige gran virtuosismo a los cantantes. Pero Rossini no fue únicamente un maestro de la comedia. También cultivó con enorme éxito la ópera seria. Obras como Semiramide, Mosè in Egitto o la que hoy nos ocupa demuestran su capacidad para crear música dramática y de gran intensidad. En 1815 Rossini fue nombrado director musical del prestigioso Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los centros operísticos más importantes de Europa. Allí compuso varias de sus partituras más ambiciosas y desarrolló un estilo cada vez más refinado. Hay además un recurso musical muy característico que aparece constantemente en la música de Rossini y que se ha hecho famoso con el nombre de “crescendo rossiniano”. El procedimiento es aparentemente sencillo, pero enormemente eficaz en el teatro. Rossini toma una pequeña idea musical —un motivo rítmico o una breve frase melódica— y la repite varias veces seguidas. Cada repetición añade algo más: primero nuevos instrumentos de la orquesta, después más voces, más intensidad, más energía. La música parece crecer poco a poco, acumulando tensión y entusiasmo, hasta desembocar en un final brillante y explosivo. Este tipo de crescendo produce un efecto irresistible en el público. La emoción va aumentando progresivamente y la escena adquiere una sensación de movimiento y de alegría casi contagiosa. Rossini utilizó este recurso tanto en sus óperas cómicas como en las serias, y con el tiempo se convirtió en una de las señas de identidad más reconocibles de su estilo. Escuchando sus óperas es muy fácil reconocerlo: una melodía que se repite, la orquesta que se hace cada vez más grande… y de pronto, una auténtica explosión de música. Fue precisamente para ese teatro napolitano para el que escribió en 1819 la ópera que hoy nos ocupa: La donna del lago. Esta obra tiene además una importancia histórica especial, porque se inspira en la literatura del novelista escocés Walter Scott, autor que despertó una auténtica fascinación en toda Europa. Gracias a esa influencia literaria, Rossini creó una ópera llena de paisajes evocadores, clanes guerreros y pasiones románticas. Muchos musicólogos consideran que La donna del lago anticipa ya el romanticismo operístico que más tarde desarrollarán compositores como Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini o incluso Giuseppe Verdi. A pesar de su enorme éxito en vida, Rossini sorprendió al mundo cuando decidió retirarse del teatro de ópera siendo todavía relativamente joven. Su última ópera fue Guillaume Tell, estrenada en París en 1829. Después de esa obra monumental, el compositor prácticamente abandonó la ópera y vivió durante décadas dedicado a una vida tranquila entre París y Bolonia, componiendo principalmente música de salón y obras religiosas. Rossini falleció en 1868, convertido ya en una auténtica leyenda musical. Rossini la estrenó en 1819 en el Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los templos operísticos de Europa. Pero lo más interesante es que el compositor se inspiró en una obra del gran novelista escocés Walter Scott, autor que fascinó a los románticos del siglo XIX. De hecho, La donna del lago está considerada por muchos historiadores como una de las primeras óperas románticas italianas, con paisajes evocadores, identidades ocultas y amores imposibles entre enemigos. Rossini escribió la partitura pensando en grandes virtuosos del canto, y la ópera exige nada menos que tres grandes papeles de tenor, algo muy poco habitual.