PLAY PODCASTS
La imposibilidad del voto inútil

La imposibilidad del voto inútil

Karina Mariani Editoriales · karina mariani

March 25, 202116m 35s

Audio is streamed directly from the publisher (ivoox.com) as published in their RSS feed. Play Podcasts does not host this file. Rights-holders can request removal through the copyright & takedown page.

Show Notes

Para hablar de voto útil es necesario, ante todo, ser una persona creyente. Acá no hablamos de una religión, en lo que hay que creer a pies juntillas es en las encuestas. Hay que ser creyente en las empresas demoscópicas aunque vienen cometiendo garrafales errores desde hace años. Sobran ejemplos de las terribles equivocaciones, no pegan una, no anticipan tendencias, son menos confiables que el Tarot. Sin embargo, cada campaña electoral volvemos a nutrirnos de números y cuadros de tendencias en los que confiamos aunque los sabemos extraviados. Esos gafes que cometen los encuestadores, sin embargo, sirven para tatuar, en el ánimo de los electores, la sensación de que a las formaciones pequeñas no las vota ni la familia. En esos casos los ciudadanos podrían concluir que el candidato que les simpatiza no tiene ninguna posibilidad y en consecuencia votarlo sería inútil. Si las encuestas le concedieran alguna posibilidad, entonces su voto podría ser útil. El voto útil es, tal vez, el recurso más importante de campaña de los grandes partidos o, en el caso argentino, coaliciones de partidos. No tienen que desplegar grandes propuestas, con solo azuzar el miedo alcanza para obtener la fidelidad de sus votantes. Poco se esfuerzan en recuperar la confianza perdida de ese ciudadano que los puso en la posición mayoritaria ya que sólo se necesita determinar un mal mayor, que es la victoria del otro. Fomentan el miedo a la posibilidad de que gane el adefesio opuesto y predican que el voto sólo es útil si recae sobre las propias filas, endosando la responsabilidad del apocalipsis al votante ¡y no a sus malas gestiones o a sus devaneos ideológicos! Un giro argumental descabellado pero tan sólido como el de la enfermera de Misery cuando le rompe los pies a mazazos a su escritor cautivo. Estas líneas no desean minimizar los riesgos de la avanzada electoral del socialismo. La posibilidad de que el kirchnerismo siga triunfando con la imposición de su agenda chavista es perturbadora. La idea de que tenga un congreso adicto que revalide sus ataques al poder judicial, que acepte sus presupuestos indignos, que apoye la supremacía de las leyes de género, las sentencias de muerte a los sectores productivos que se plasmaron en las leyes de alquileres, teletrabajo o que continúen los expolios al campo es un peligro latente. Es necesario que la cantidad de representantes del oficialismo disminuya, no hay lugar a duda. Sin embargo, cuando aparecen nuevos partidos o figuras políticas outsiders es por algo. Pedirle a la gente que vote de forma útil es despreciar las demandas que constituyen la aparición de esos emergentes. La profusión de leyes votadas por unanimidad que no registran voces disidentes son clara consecuencia del peligro de las mayorías arrogantes de un sistema bipartidista. Los congresos se enriquecen con la diversidad de partidos, las voces minoritarias y la pluralidad de ideas en un hemiciclo, son una piedra en el zapato de la acción de gobierno. Para eso están los poderes, para ejercer control y anular el riesgo de impunidad. Hay una tercera cuestión que el invento de Victor D’Hont no debe opacar: un diputado debe recordar durante todo su mandato que es un mero representante de quién lo eligió y no una pieza más en el mecanismo del poder partidista. Si vuelve recurrentemente el descrédito a la clase política y su consecuente deslegitimación, es prudente buscar la razón en esta deformidad que representa la legislación por unanimidad. Útil, lo que se dice útil, no es votar al partido con más posibilidades de evitar que gane otro, sino que útil es votar, punto. Uno de los efectos de la polarización y el bipartidismo es que disminuyen la participación, el entusiasmo, la confianza en el sistema electoral. Las formaciones mayoritarias siempre tendrán el músculo para movilizar a la propia tropa. Cuentan con los recursos económicos e institucionales que les da estar insertas en el Estado. De suerte tal que el votante independiente, el votante apolítico o incluso el votante joven que recién se incorpora a los padrones, tiene nulo entusiasmo por el evento electoral. El Congreso se va a llenar lo mismo, no importa el porcentaje de gente que vote. Si votan poquísimas personas, aún con escasa representación en la sociedad, los partidos más votados se van a quedar con la mayoría de los cargos. Las formaciones nuevas tienen la ventaja de entusiasmar a esos márgenes descreídos o, más bien, hartos. Amplían las bases y el debate político, nada de esto puede ser malo.