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737. Así vendí mi guion: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón

737. Así vendí mi guion: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón

Guiones y guionistas

June 24, 20258m 25s

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Show Notes

El artículo 737. Así vendí mi guion: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

Hoy continuamos con la serie de pódcast “Así vendí mi guion”, dedicada a ver cómo se escribieron y vendieron los guiones más famosos. Ya vimos El indomable Will Hunting, Rocky, Juno, Pulp Fiction, Being John Malkovich, Little Miss Sunshine, Bailando con Lobos, Stranger Things, Seven, Thelma y Louise, El club de los poetas muertos y Amores Perros. Hoy veremos una de las películas más influyentes del cine español de los 80 y uno de los directores españoles más famosos de la historia: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Y, como venimos haciendo en la serie, nos lo va a contar su propio guionista, el inigualable Pedro Almodóvar. Yo soy David Esteban Cubero y esto es Guiones y guionistas.

Antes de empezar te hablo de la Academia Guiones y guionistas que está en cursosdeguion.com y tiene ya más de 100 cursos y masterclass. Esta semana continuamos subiendo clases del curso de Cómo distribuir un cortometraje. En la quinta clase nos centraremos en las distribuidoras profesionales. ¿Cuándo son necesarias y por qué? ¿Cómo tratar con ellas?

Así rodé Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón por Pedro Almodóvar

Desde muy niño supe que lo mío era el cine. No como un capricho pasajero, sino como una convicción profunda. A los diez años le dije a mi madre —la inolvidable Paquita, Francisca Caballero— que quería ser “como Ava Gardner”. No actor, no director, como Ava Gardner. Quería vivir entre bambalinas, sets de rodaje, historias que se cuentan con luces y sombras. Mi madre se reía, pero yo hablaba completamente en serio. Y ella, sin saberlo, fue mi primera musa. Me enseñó la relación íntima entre la realidad y la ficción.

La acompañaba cuando iba a leer cartas a las vecinas en mi pueblo, Calzada de Calatrava, en La Mancha. Muchas eran analfabetas, así que mi madre les “traducía” lo que les escribían sus maridos desde Alemania o Barcelona. Pero a veces la carta traía malas noticias, y ella… se las transformaba. Les decía justo lo que necesitaban oír. Mentía para consolar. Inventaba para aliviar. Y eso, con los años, me di cuenta de que era narrar. Que ahí había una ética del relato que me marcó para siempre.

Mi infancia y adolescencia fueron un máster intensivo en mujeres fuertes, contradictorias, pasionales, muchas veces oprimidas, pero siempre ingeniosas. Las mujeres de mi pueblo son las verdaderas protagonistas de mi cine. Y yo, de alguna manera, me crie escuchándolas, espiándolas, amándolas.

Quise formarme, claro. Pero cuando intenté entrar en la Escuela Oficial de Cine, ya la habían cerrado. Así que me tocó aprender a mi manera: viendo películas, escribiendo compulsivamente, y probando todos los formatos posibles. Durante doce años trabajé en Telefónica. De día iba con mi maletín, muy serio. De noche, me transformaba: cantaba con Fabio de Miguel como Almodóvar & McNamara, escribía cómics, fotonovelas, colaboraba en revistas como El Víbora. Una de esas colaboraciones se titulaba Erecciones generales, una fotonovela delirante, libre, muy yo. De ahí nació la idea para Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón.

Al principio la pensé como un corto. Pero entonces apareció Carmen Maura. Nos habíamos conocido en un grupo de teatro, y ella fue quien me dijo: “Pedro, esto tienes que hacerlo en cine de verdad, no en Super-8”. Y así lo hicimos. Con cuatro duros y muchísima inconsciencia.

El rodaje fue una epopeya. Duró casi dos años. No teníamos un duro y, por supuesto, ni permisos, ni ayudas ni subvenciones. Todo era semiclandestino. Grabábamos los exteriores a horas en las que no hubiera mucha gente, con planos muy cerrados para no llamar la atención. Las escenas interiores se rodaban en casas de amigos: el piso de Bom, por ejemplo, era la casa-estudio de los Costus, dos artistas maravillosos que eran el alma estética de la Movida.

La financiación fue puro compañerismo: Carmen Maura, Félix Rotaeta y otros amigos pusieron en total unas 500.000 pesetas. Imagínate. Eso no daba para nada, pero nos las apañamos. Usábamos lámparas de escritorio para iluminar. Las voces las doblábamos en mi casa. Alaska tenía solo quince años cuando empezamos y diecisiete cuando acabamos. Era una estrella en gestación, con Los Pegamoides y toda la estética punk a flor de piel. Yo le pedí que cantara “Murciana marrana” en una escena, y aunque al principio no le gustaba eso de cantar sin música, al final lo hizo estupendamente.

Había escenas muy atrevidas para la época. La famosa lluvia dorada, por ejemplo, la resolvimos con una pera de farmacia llena de cerveza. Todo tenía un punto ingenuo, pero también provocador. Yo no quería escandalizar por escandalizar. Quería mostrar lo que nadie se atrevía a enseñar: deseo, placer, lesbianismo, sadomasoquismo, cuerpos libres, mujeres que se ayudaban entre sí en vez de destruirse. Un universo donde el amor es ley. Mi cine no transgrede normas por placer, simplemente propone otras reglas. No creo en la moral impuesta, creo en la moral del afecto, del deseo, de la diferencia.

En cuanto al estilo… bueno, era lo que había. Pero también era lo que queríamos. Tenía una estética superochentera, muy casera, muy punk. Mis primeras influencias venían de Andy Warhol. Los créditos los hizo Ceesepe, con viñetas como de cómic, colores saturados, letras como garabatos. Todo muy pop, muy colorido. El rojo siempre está presente en mis películas, y en esta también. Es una respuesta visceral a la grisura de la dictadura, al luto perpetuo de mi madre en La Mancha. Yo quería explosión, libertad, exceso.

Cuando estrenamos en el Festival de San Sebastián, nos dieron para el pelo. “Zafia”, “impúdica”, “grosera”, decían. En Murcia, la película solo duró un día en cartel. Pero en Madrid fue otra historia: se mantuvo cuatro años en la sesión golfa de un cine del centro. Cuatro años. Porque, al final, conectó con algo profundo. Era el retrato —o el delirio— de una generación que estaba aprendiendo a ser libre sin pedir permiso.

Hoy, muchos dicen que Pepi, Luci, Bom es un documento esencial para entender la Movida Madrileña. No lo hice con esa intención, claro. Yo no sabía que formaba parte de un movimiento. Solo quería pasármelo bien y contar cosas que me hacían vibrar. Pero sí, creo que captura bien esa borrachera de libertad de los primeros 80, cuando Madrid se convirtió en una ciudad sin reglas, donde lo importante no era tener un discurso, sino una pulsión.

Con Laberinto de pasiones empecé a preocuparme un poco más por el lenguaje cinematográfico. Ya tenía algo más de presupuesto, más control del encuadre, del movimiento de cámara. Madrid volvió a ser mi escenario, pero con más glamour, con más juego visual. El sexo seguía siendo un eje central, pero lo mezclaba con humor, cotidianeidad y esa cosa de mirar a lo internacional, como si quisiéramos abrir las ventanas y que entrara todo el aire del mundo.

Yo no he querido ser provocador nunca. Lo que he querido es mostrar a mis personajes tal y como son, sin pedir perdón. Y eso, en una sociedad como la que salía del franquismo, ya era una revolución.

Mi cine es queer no solo por sus personajes, sino por su mirada. Porque respeta lo diferente, porque da voz a quienes no la tenían, porque celebra el deseo como una forma de vida. Al final, sigo haciendo lo mismo que hacía mi madre Paquita: inventarme historias para cambiar la realidad. Y eso, créeme, es cine en estado puro.

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