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625. Así vendí mi guion: Rocky

625. Así vendí mi guion: Rocky

Guiones y guionistas

July 20, 202317m 37s

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Show Notes

El artículo 625. Así vendí mi guion: Rocky se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

Hoy continuamos con serie de pódcast “Así vendí mi guion”, dedicada a ver cómo se escribieron y vendieron los guiones más famosos con el guion: Rocky. Ya vimos El indomable Will Hunting y hoy veremos otro clásico cuyo guion fue nominado al Óscar. Y, como venimos haciendo en la serie, nos lo va a contar su guionista, el propio Sylvester Stallone.

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Hoy continuamos con el curso de Ciencia Ficción en la televisión en el que nos sumergimos en los elementos más apasionantes de la Ciencia Ficción televisiva, explorando temas como robots, viajes en el tiempo, científicos extraordinarios, alienígenas de otras galaxias, inteligencia artificial, monstruos aterradores y valientes superhéroes.

En la clase de hoy hablamos de Monstruos: La fusión de ciencia ficción y terror existe desde prácticamente los orígenes de la literatura especulativa y futurista. Ello se trasladó a los productos audiovisuales o el arte secuencial en cuanto hicieron su aparición. Hablamos aquí de dos tipologías principales de monstruos, presentes no solo en estos géneros, pero cuya definición ha ido variando a lo largo del siglo XX, transformando el concepto de lo que consideramos monstruoso a nivel físico, y no tanto a nivel ético y moral.

Así vendí mi guion: Rocky. Por Sylvester Stallone.

asi vendi mi guion RockyCon poco más de veinte años, yo, Sylvester Stallone, era un chico de Hell´s Kitchen soñando con abrirme camino en la actuación. Como tantos novatos en este negocio, alternaba trabajos para mantenerme a flote con decenas de audiciones para pequeños papeles en diversas producciones. 

Pequeños destellos de éxito, como mi aparición en Bananas golpeando a Woody Allen, se entrelazaban con frustraciones ridículas, como la negativa a incluso considerarme como extra en El padrino. 

Sin dinero y frente a la dura realidad de aceptar cualquier personaje o salir a robar, terminé protagonizando en 1970 la película erótica The Party at Kitty and Stud´s (luego relanzada como El semental italiano). Aunque no la niego, tampoco estoy especialmente orgulloso de ella.

En aquel tiempo, vivía con mi novia, también camarera y aspirante a actriz, en un pequeño apartamento. Pasaba mis días entre la lectura de Edgar Allan Poe, la invención de historias y la observación de mucho cine, algo que mi trabajo como acomodador me permitía con relativa facilidad. Y mientras tanto, audiciones y más audiciones, en busca de mi oportunidad.  

Visto desde ahora, era un joven actor, pobre, y lo más parecido a un perdedor. La palabra ‘fracaso’ estaba escrita en cada pared de mi diminuto apartamento de Los Ángeles. Hasta había tenido que vender mi perro Butkus porque no podía permitirme alimentarlo. Y entonces, según la leyenda, una noche cambió mi vida.

Fui uno de los muchos espectadores de la pelea entre Chuck Wepner y Muhammad Ali en marzo de 1975. Wepner, un boxeador cuyos días de gloria ya habían pasado, estaba ante la oportunidad de luchar contra el más grande de la historia. Y aunque perdió, ofreció una gran pelea (incluso tumbó a Ali), en un evento que todavía se recuerda como una de las noches más mágicas en la historia del boxeo. Ahí vi la materia prima para la saga de un humilde boxeador.

No perdí ni un minuto y me sumergí en una maratónica sesión de tres días, en la que apenas comí o dormí, y que escribí la historia de lo que ahora se conoce como “un héroe de clase trabajadora”. Un hombre sencillo que encuentra en el boxeo una herramienta de redención y reafirmación. 

Rocky Balboa se definía a través del boxeo y desde ahí se revelaba como un personaje complejo, con un fuerte deseo de superación personal que reflejaba mi propia vida. Una historia que iba más allá del boxeo, que trataba sobre el espíritu humano, la lucha y la esperanza. Era mi historia, la historia de todos los desvalidos.

Sin lugar a dudas, la ficción se convertía en el espejo del artista, y el mundo de los boxeadores me fascinaba porque, como reconocí: “Nadie iba a querer ver la lucha de un actor y guionista por triunfar. Ese no era un mundo que podía generar mucha empatía, ni siquiera en mí podría generarla y desde luego que en el público mucho menos”.

Los productores Robert Chartoff e Irwin Winkler no estaban pasando por un buen momento. Algunos de sus proyectos habían fracasado estrepitosamente, como New York, New York, de Martin Scorsese, y ambos buscaban algún proyecto económico, pero con el potencial de convertirse en un éxito de taquilla. 

Mientras supervisaban algunos castings, se cruzaron conmigo, un desconocido Stallone, y algo les llamó la atención. Después de rechazarme para un pequeño papel, les mencioné que tenía un guion escrito. Chartoff y Winkler, inesperadamente, me pidieron verlo y notaron su potencial. De manera totalmente casual, Rocky comenzó a tomar forma.

Ambos productores no podían creer lo que tenían entre manos. Rocky era perfecta, no solo porque no requería una gran inversión, sino también porque era uno de esos relatos de caída y ascenso que tanto atraen a los espectadores. El guion tenía todos los ingredientes y el personaje de Balboa era sencillo pero a la vez con una faceta oculta mucho más compleja, que podía conmover incluso a quienes no estaban interesados en ver “una película de boxeo”. 

Casi me caí de espaldas cuando me ofrecieron comprar el guion por 350 mil dólares. Estaba prácticamente en la calle, solo tenía cien dólares en el banco y había vendido a mi perro porque ni siquiera podía alimentarlo. Al fin había llegado mi oportunidad de oro, pero me mantuve firme en mis principios, y quise poner algunas condiciones.

Acepté hacer numerosas modificaciones en el guion, escribí nueve versiones más y descarté el primer borrador que terminaba con Rocky renunciando al boxeo. A cambio de este trabajo, no cobré absolutamente nada, pero donde me mostré inflexible fue en mi deseo de protagonizarla. 

Aunque con cierta resistencia, Chartoff y Winkler aceptaron esa condición y compraron el guion. Con el libreto en su poder, los productores se asociaron con United Artist, quienes inicialmente propusieron una inversión de dos millones de dólares, con nombres como Robert Redford, James Caan o Burt Reynolds para el protagonista. 

Cuando surgió la cláusula que me colocaba como la estrella, United Artist no la objetó, pero redujo el presupuesto a un millón. No pensaban arriesgar más por un actor al que no conocía nadie. Al día siguiente, con el dinero que me habían dado, la primera cosa que hice fue buscar a la persona que había comprado a mi perro Butkus. Le compré de vuelta por $3,000 y un papel en la película. Comenzaba el tiempo de descuento y, según lo planeado, la película debía filmarse en apenas un mes.

Filmar Rocky y tenerla lista en el tiempo acordado, era un desafío que debía cumplir. El director elegido para llevar adelante la película fue John G. Avildsen, un realizador poco relevante que como yo encontró en la historia del boxeador una posibilidad enorme. 

En cuanto a quiénes iban a formar parte del elenco, la gran búsqueda fue encontrar a una Adrian ideal. El interés romántico del héroe debía personificar esa inocencia que requería el guion y encontrar a la actriz adecuada para ese papel fue un desafío. En la lista de aspirantes estuvo Susan Sarandon, quien fue descartada por ser “muy sensual”, y a ella le siguieron Cher y Bette Midler, pero finalmente el trabajo quedó en manos de Talia Shire. 

La hermana de Francis Ford Coppola logró una química inmejorable conmigo y pudo imprimirle a Adrian la complejidad emocional que demandaba su personaje, esa mezcla entre ternura y contención que tanto conmovió al público. 

Burguess Meredith, el actor que interpretó al entrenador Mickey, trabajó mucho conmigo sobre el tipo de relación que ambos debíamos tener en pantalla e incluso improvisamos algunas escenas que ayudaron a lograr el clima de intimidad entre ambos. 

Por último, la llegada de Carl Weathers fue la pieza que terminó de armar el rompecabezas. Weathers era un jugador de fútbol americano, que poco a poco comenzaba una carrera en películas clase B y en series como Kung Fu o Starsky y Hutch. Cuando nos conocimos, Carl y yo no congeniamos, la tensión entre nosotros era evidente y Weathers no dejaba de criticarme por mi talento actoral. Con el tiempo, la relación comenzó a mejorar y también, como sucede entre Rocky y Apollo, esa rivalidad inicial dio paso a una sincera amistad.

Con todo listo, el rodaje comenzó el nueve de enero de 1976, con un presupuesto de un millón de dólares, que luego recibió una inyección de cien mil dólares más (lo que llevó a Chartoff y Winkler a hipotecar sus hogares). 

Como exigía el calendario, el rodaje se realizó en 28 días exactos, aunque eso no significó que todo fuera tranquilo, sino todo lo contrario. Para ahorrar costos y no exceder (tanto) el presupuesto, gran parte de la filmación fue realizada de manera casi amateur, sin extras contratados y simplemente encendiendo la cámara sin una configuración muy profesional de luces y sonido. 

Muchas de las imágenes en las calles fueron improvisadas por Avildsen, que se limitaba a seguirme mientras trotaba, ante la sorprendida mirada de muchos transeúntes. Entre los muchos recursos empleados para ahorrar, decidieron prescindir de vestuario y nos pedían a los actores que usáramos prendas personales. 

Todas estas limitaciones y necesidades, sin lugar a dudas, le dieron a la película un espíritu de lucha que coincidía con el de Rocky. De esta manera, la mítica escena en las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia, se convirtió en el símbolo de una historia y de un rodaje, hecho a pulmón y sin las comodidades propias de una industria millonaria como es Hollywood.

Rocky llegó a los cines en 1976 y, junto con Avildsen, Chartoff y Winkler, pronto descubrimos que habíamos logrado un éxito arrasador. La película no solo obtuvo críticas elogiosas, sino que incluso fue la más taquillera de ese año y con una inversión de un millón cien mil dólares, recaudamos más de doscientos millones. 

También ganamos tres premios Óscar, en las categorías mejor dirección, mejor película y mejor montaje. Las nominaciones fueron numerosas, y aunque no gané, fui reconocido en las categorías a mejor actuación y guion.

El éxito de la película me abrió puertas que jamás pensé que me abrirían. Las numerosas propuestas laborales no tardaron en aparecer, aunque procuré elegir cuidadosamente mis siguientes proyectos con el fin de no estancarme. Ese recorrido me llevó en 1982 a protagonizar Rambo, el otro gran papel de mi carrera. 

Por otra parte, hubo dos gigantescas estrellas que quisieron conocerme para ver Rocky conmigo, Charles Chaplin y Elvis. En ambos casos, no pude vencer mi timidez y no me animé a aceptar esas invitaciones, algo que luego lamenté cuando ambos artistas murieron poco tiempo después.

Con el tiempo, el público quiso ver más material vinculado a Rocky. Por este motivo, en los años (y las décadas) posteriores llegaron ocho películas más. También hay una serie televisiva en marcha, que sirve a modo de precuela del primer largometraje, como así también varios videojuegos, documentales e incluso novelas. 

En 2011, ingresé en el Salón de la fama del boxeo por mi trabajo “entreteniendo e inspirando alrededor del mundo a los fans de ese deporte” y en 1981 se erigió una estatua de bronce de Rocky, en las escalinatas del Museo de Filadelfia. 

Al final del camino, pude lograr ese reconocimiento con el que tanto había soñado y que, a través de la figura de Rocky, pude compartir con el mundo. Esa estatua, y la emoción que despierta en las personas, es un recuerdo vivo de un personaje que nació de mis anhelos y de mis sueños.

A pesar de todos los logros, premios y reconocimientos, lo más importante para mí es la resonancia que Rocky ha tenido en la vida de tantas personas. A través de los años, he recibido numerosas cartas y mensajes de personas que me cuentan cómo Rocky les inspiró a enfrentar sus propios desafíos, a luchar por sus sueños y a no rendirse ante las adversidades. Esas historias son, para mí, la verdadera recompensa.

Si me preguntan qué lección quisiera que las personas se llevaran de mi historia, diría que nunca es tarde para luchar por tus sueños, y que siempre es posible transformar tus debilidades en fortalezas. No importa cuántas veces te caigas, lo que realmente importa es cuántas veces te levantas. Porque en la vida, como en el boxeo, no se trata de cuánto puedes golpear, si no de cuánto puedes recibir y seguir avanzando.

Así terminamos el pódcast de hoy en el que hemos visto el segundo episodio de la serie de Así vendí mi guion: Rocky. No sin agradecer a los que os suscribís a los cursos de Guion o contratáis las consultorías y mentorías que ayudáis a que el pódcast se mantenga. Estaremos juntos los martes y jueves con nuevas técnicas, estrategias y análisis para que aprendamos entre todos a ser mejores guionistas.

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