PLAY PODCASTS
400. Lecciones de la autobiografía de Woody Allen

400. Lecciones de la autobiografía de Woody Allen

Guiones y guionistas

April 1, 202124m 56s

Audio is streamed directly from the publisher (ivoox.com) as published in their RSS feed. Play Podcasts does not host this file. Rights-holders can request removal through the copyright & takedown page.

Show Notes

El artículo 400. Lecciones de la autobiografía de Woody Allen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

Hoy es un día especial porque el podcast cumple 400 programas. Vamos a celebrarlo con el guionista más laureado de la historia ya que posee el récord de la mayor cantidad de nominaciones a los Premios de la Academia al Mejor Guion Original, con 16 nominaciones y tres ganadas (Annie Hall, Hannah y sus hermanas y Midnight in Paris). Esta mañana he terminado de leer la autobiografía de Woody Allen “A propósito de nada” y os voy a compartir las partes más interesantes.

autobiografía de Woody AllenPero antes os recuerdo que en la plataforma de cursosdeguion.com podéis aprender todo lo necesario para escribir guiones y convertiros en guionistas. Tenemos cursos que enseñan a escribir cortos, largos, series, webseries, documentales, cómics… 65 cursos a día de hoy y cada semana salen tres clases nuevas. Y próximamente una comunidad de guionistas donde podremos vernos las caras e interactuar entre nosotros. Ya os iré contando más según vayamos acercándonos al momento.

Hoy continuamos el Curso de Guion Teatral, en el que analizamos las características particulares de la escritura de obras de teatro. En la clase de hoy vemos las tres unidades básicas: Unidad de acción, espacio y tiempo. Las unidades en el teatro aparecen en los orígenes del teatro griego. A partir de la definición que realiza Aristóteles sobre ellas, profundizamos en el entendimiento de los tres conceptos claves para el desarrollo de un texto dramático.

Y el sábado continuamos con el curso de Contratos de Guion: En la clase del sábado vamos a ver los tipos de contratos que puede tener un guionista y cuándo corresponde uno u otro. Es un curso muy necesario porque aunque a los guionistas no nos guste en general el mundo del papeleo, necesitamos un contrato para poder cobrar nuestros trabajos. Debemos aprender lo básico sí o sí.

Citas de la autobiografía de Woody Allen “A propósito de nada” para recordar

Infancia y vocación

Yo me había convertido en un mago aficionado, porque me encantaba todo lo que tuviera que ver con la magia. Siempre me inclinaba por actividades que me permitían disfrutar de la soledad, como practicar la prestidigitación, tocar el clarinete o escribir, puesto que así evitaba tener que lidiar con otros humanos, que, aunque no había ninguna razón que lo explicara, no me caían bien o no me inspiraban confianza.

Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que mis padres jamás vieron ninguna obra de teatro, ni visitaron ninguna galería de arte ni leyeron ningún libro.

Tuve dos padres cariñosos y, sorprendentemente, terminé siendo un neurótico. No sé por qué. (…) Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno.

En Un tranvía llamado deseo, Blanche dice: “No quiero realidad, quiero magia”. Y yo siempre he despreciado la realidad y he anhelado la magia. Traté de ser mago, hasta que  descubrí que solo podía manipular naipes y monedas, pero no el universo.

Como decía, he tenido suerte, y esa buena suerte me ha seguido todos los días de mi vida,  hasta ahora. No hay que subestimar su fuerza. La gente señala mi carrera y dice que no puede deberse todo a la suerte, pero no se dan cuenta de que en gran parte ha sido un buen golpe de dados y nada más.

En aquella época, en mi barrio de mala muerte, había innumerables salas de cine a las que se podía llegar andando y todas con programa doble. Había una sala de cine al girar cada esquina y no pasaba un día sin que hubiera algo que valiera la pena ir a ver… Si es que El oráculo del crimen o Fantasmas en la noche os agradan, a mí me encantaban todas.

Si bien admito que fui un alumno terrible, una cosa que siempre supe fue escribir. Escribía antes de que supiera leer. No aprendí a leer hasta primer grado, pero en el jardín de infancia ya escribía cuando volvía a casa, es decir, inventaba ficciones. Escribía sin la capacidad de volcarlo en palabras. La tradición oral. 

La comedia

Lo que más me gustaba eran los comediantes. Empecé a llevar un lápiz para tomar notas sobre sus actuaciones en un pedacito de cartón arrancado de la caja de caramelos de regaliz Good and Plenty. En poco tiempo fui capaz de copiar cada uno de sus números, cada imitación de cada estrella hollywoodense, y fue entonces cuando supe con certeza que, entre la comedia y la magia, yo terminaría actuando en un escenario.

Leía indiscriminadamente y seguía teniendo grandes lagunas en mi conocimiento, pero empecé a escuchar música clásica además de jazz, visitaba cada vez más museos y me educaba lo mejor que podía, no para obtener un título universitario ni por ninguna aspiración noble, sino para no aparecer un asno delante de las mujeres que me gustaban; aunque, en la mayoría de los aspectos, seguí siendo un asno. 

Os quedaríais impresionados por todo lo que no sé, no he leído o no he visto. Después de todo, soy director, es decir, escritor. El hecho de llevar gafas no convierte a nadie en una persona especialmente culta, ni mucho menos en un intelectual. 

Una tarde fatídica, después de una andanada buena de chascarrillos dirigidos a la pantalla durante la proyección de una película, alguien dijo: deberías escribir algunos de tus chistes. Son graciosos. Tenía la máquina de escribir robada que había comprado mi padre, así que fui a casa y me senté delante de ella. Inventé algunos chistes y los mecanografié en la Underwood. Como estaba en racha y siempre fui afortunado, mi madre, una mujer seria con nitrógeno líquido en el corazón, hizo una pausa en su ritual cotidiano de abofetearme en la cara por si acaso y, para mi sorpresa, dijo: “¿por qué no le enseñas tus chirigotas a Phill Wasserman y le pides su opinión? Él siempre se codea con esos graciosillos de Broadway.

Mi madre trabajaba cinco días a la semana, ocho horas al día, por 40 dólares semanales, y lo único que yo tenía que hacer era tomar el metro en Brooklyn después de la escuela, cuyo horario era de ocho a una, idear algunas alegres frases ingeniosas y luego volver a casa. A cambio recibiría $40 a la semana. Decidí no hacerme el interés ni fingir que necesitaba tiempo para pensarlo. Respondí que sí antes de que él pudiera terminar la frase. Y así fue como empecé a trabajar cinco días a la semana y a generar alrededor de 50 chistes al día. Suena como una gran hazaña pero, si uno puede hacerlo no es para tanto. 

A los 16 me di el lujo de adquirir una máquina de escribir nueva, una Olympia portátil. La he usado para mecanografiar todo lo que he escrito: mis guiones, obras, cuentos…  Todavía no sé cómo se cambia la cinta. Ahora se encarga mi esposa, pero durante muchos años, cuando era soltero, había un conocido al que invitaba a cenar cada vez que necesitaba cambiar la cinta. 

Danny Simon procedió a decirme que mis chistes eran geniales y a continuación afirmó que eran tan buenos que, aunque jamás aprendiera a escribir sketches u obras de teatro o cualquier otra cosa, podía ganarme la vida solo con ellos. 

Uno nunca sabe por qué la gente no se ríe de cosas que a ti te parecen muy graciosas. La risa no es una ciencia exacta.

La gente me pregunta si alguna vez tengo miedo de despertarme una mañana y no ser gracioso. La respuesta es no, porque ser gracioso no es algo que te pones como una camisa cuando te despiertas y de pronto es una camisa que no puedes encontrar. Simplemente, o eres gracioso o no lo eres. Si lo eres, lo eres, no se trata de algo que puedas perder ni de una locura temporal. Si me despertara y no fuera gracioso, no sería yo.

El oficio de cineasta

De modo que estoy allí escribiendo y la asistenta dice: “acaban de dispararle al presidente Kennedy. Se cree que está muerto”. Enciende la tele y en todos los canales hablan frenéticamente de la tragedia. Miro dos minutos, proceso la información y vuelvo directamente al guion. Nada me distraía. 

“No hago esto por el dinero, lo hago solo porque me gusta hacer películas”. Era cierto que yo casi nunca hacía nada, y desde luego nada que me importara, por dinero. Como Jack Collins decía siempre: “no escojas proyectos por el dinero, escoge artísticamente, céntrate en hacer un buen trabajo, y el dinero llegará solo”.

A diferencia de lo que ocurre en el cine o en la televisión, donde el guionista tiene los mismos derechos que una mujer indonesia, el sindicato teatral estipula que no se puede cambiar ni una palabra sin la aprobación del autor.

La velocidad es la mejor amiga del director de comedias. Lo que buscas son risas, y si tienes algo de capacidad para hacer cosquillas y crear situaciones irrisorias, y si muestras con claridad tu mercancía en la pantalla y permite que el público pueda ver y oír los remates de los chistes, vas bien encaminado. 

La gracia de hacer una película es hacerla, el acto creativo. Los aplausos no significan nada. Incluso aunque recibas los elogios más entusiastas, seguirás teniendo artritis y culebrilla. ¿Y es tan terrible que la gente no se estaxíe con tu obra? ¿Que a alguien no le guste tu película? Basta de perder el tiempo con trivialidades.

El consejo que siempre doy a los realizadores jóvenes cuando me lo piden es el siguiente: sudar la gota gorda. No levantéis la mirada. Trabajad. Disfrutad de vuestro trabajo. Si no disfrutáis de vuestro trabajo, cambiad de oficio. No os dejéis dirigir por otros. Vosotros ya sabéis qué os parece gracioso o a qué objetivos aspiráis. Eso es todo lo que necesitáis. tenéis una visión: tratad de plasmarla. Así de simple. Juzgad por vosotros mismos. (…)  Lo único que quiero decir es que la diversión reside en el trabajo en sí. El resto son tonterías o paparruchadas, como vosotros prefiráis. Yo prefiero paparruchadas.

No me gusta la idea de que se premien obras de arte que no se realizan con un propósito competitivo sino para satisfacer un deseo artístico y, con suerte, entretener. No estoy interesado en el pronunciamiento de ningún grupo respecto de cuál es la mejor película del año, o el mejor libro, o el intérprete más valioso.

Con los años, he logrado esquivar la trampa de los éxitos y los fracasos. Yo no me dedico a producir éxitos, si no los mejores filmes que pueda. El fracaso es uno de los gajes del oficio. Si tienes miedo de fracasar o no puedes superarlo cuando te sucede – y si eres un artista que corre riesgos, seguramente te va a suceder en más de una ocasión-,  debes buscarte otro modo de ganarte la vida. 

Yo jamás hago una proyección de prueba de mis películas. No me interesa colaborar con los espectadores para realizar un filme. Una vez que lo entrego, ya está. (…) A los productores siempre les decía lo mismo: si queréis invertir en mis películas, ponéis el dinero en una bolsa de papel marrón, os largais y yo me presentaré al cabo de un tiempo con una película terminada que vosotros tendréis el derecho de distribuir como mejor os parezca.

El guionista

Después de años trabajando en el mundo del cine, mi teoría es que el problema casi siempre reside en el guion. Es mucho más difícil escribir que dirigir; un director mediocre puede realizar una película buena a partir de un guion bien escrito, pero un gran director nunca podrá convertir un guion flojo en una película buena. Si yo pusiera dinero en una película, me aseguraría de que tuviera un gran guion. 

En cuanto a la escritura, me despierto y, después de desayunar, escribo a mano en blocs amarillos tamaño folio tumbado sobre la cama. Trabajo todo el día o, si no, al menos una parte de cada día de la semana. No porque sea un adicto al trabajo, sino porque eso me evita tener que enfrentarme al mundo, uno de los escenarios que menos me gustan. 

Escribir me gusta más que rodar, porque rodar es un trabajo duro y físico bajo un clima caliente o frío en horas infames que requiere un millón de decisiones sobre temas de los que conozco poco. De pronto, tengo que dar indicaciones sobre ángulos de cámara y vestuarios y peinados femeninos y maneras de amueblar una casa y automóviles y música y colores.

Me considero fundamentalmente escritor, y eso es una bendición, porque un escritor nunca depende de que lo contraten para trabajar, sino que genera su propio trabajo y elige su horario.

Y con estas frases de la autobiografía de Woody Allen terminamos el podcast de hoy. Si os ha sido útil, agradecería comentarios y valoraciones en Itunes, Ivoox, Youtube o Spotify. O que compartáis este podcast por redes sociales. Y por supuesto agradecer a los que os suscribís a los cursos de Guion o contratáis las consultorías y mentorías que ayudáis a que el podcast se mantenga. Estaremos juntos los martes y jueves con nuevas técnicas, estrategias y análisis para que aprendamos entre todos a ser mejores guionistas. 

El artículo 400. Lecciones de la autobiografía de Woody Allen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.