
Ni de izquierdas ni de derechas, de centro. De centro comercial...
Devenir · Devenir
January 13, 20191h 5m
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Show Notes
Por Juan Manuel Aragües:
El lugar donde, en la actualidad, se desarrolla lo fundamental de la batalla política es en la construcción de subjetividad. Si en algo se ha mostrado eficaz en capitalismo es en su capacidad de construir sujetos ajustados a los intereses del poder. Jesús Ibáñez decía que el sujeto es el objeto mejor producido por el capitalismo. El capitalismo ha generado un sentido común social que no se ajusta, en modo alguno, a los planteamientos de una política crítica. Por ello, el discurso que se genera desde nuestro entorno no cae sobre campo abonado, sino todo lo contrario. La nuestra es una propuesta política casi siempre a contracorriente o con un alcance muy limitado.
Desde los albores de la Modernidad, la política ha sido entendida como un esfuerzo de regir la vida social desde el ámbito de la razón. Diseñar racionalmente la sociedad ha sido el empeño que alentaba detrás de todos los intentos de construir una sociedad más justa y libre...
Pero una cosa es dotar de racionalidad a la sociedad y otra entender que la política, en su conjunto, está sometida a esa racionalidad. Esa indistinción es la que está llevando al más rotundo de los fracasos a la izquierda europea. Porque aunque no se deba renunciar en modo alguno a la construcción de una sociedad que se ajuste a las reglas de la racionalidad, es preciso darse cuenta de que los seres humanos, y muy especialmente en esta sociedad mediática y consumista que nos ha tocado vivir, desbordan los límites de la racionalidad y se mueven, en muchí- simas ocasiones, por deseos, pasiones o afectos que nada tiene que ver con lo racional. Es más, me atrevería a decir que la política contemporánea se ha convertido en el arte del estímulo y control de esas pasiones, mucho más que en la reflexión racional sobre la realidad.
El análisis racional del ser humano nos descubre que no es solo racional. Esto es algo que ya teorizó en el siglo XVII uno de los mayores filósofos de la historia, Spinoza, quien reflexionó profundamente sobre cómo los afectos y deseos influyen en la acción humana, individual y colectiva...
Que nuestra sociedad está organizada desde la construcción y subsiguiente explotación de deseos en las personas es algo que comprobamos a diario.Y sin tener que remitir a deseos consumistas, es evidente que los seres humanos se hallan tremendamente influidos por deseos, afectos y pasiones. Quienes han entendido esto, saben que han de hablar al deseo de la gente, no a su razón. Y de ese modo, articulan su oferta política desde planteamientos muy simples y abstractos que apelan directamente a los sentimientos de las personas.
El ejercicio de la política tiene como condición inexcusable mirar a la realidad a los ojos. Y la realidad de nuestras sociedades es que han convertido todo, incluida la política, en una diná- mica de consumo, sometida, por tanto, al deseo, y no a la razón. Si desde posiciones progresistas nos empeñamos en acercarnos a la política armados exclusivamente de la racionalidad más circunspecta, continuaremos en la senda de derrota a la que las reglas de esta sociedad nos abocan. Sin renunciar a la pretensión de construir una sociedad libre, justa, fraterna, se impone urdir estrategias que «afecten», influyan, seduzcan, a la ciudadanía.
Las acciones de los individuos vienen provocadas siempre por causas exteriores que nos impelen a actuar, lo que en lenguaje spinoziano se conoce como afectos. Frente a la tradicional idea, de origen cartesiano, de un individuo libre y autónomo, que actúa a partir de sus propias decisiones, hay que subrayar las múltiples influencias a que se halla sometido el actuar humano. Influencias que la mayor parte de las veces quedan ocultas o inconscientes, lo que deriva en la creencia de que nuestros actos son fruto exclusivo de nuestras decisiones. Hay que señalar la importancia del mundo que nos rodea para explicar nuestros modos de ser y de actuar.
Pudiera parecer una visión fatalista y desesperanzada del sujeto, en la que este queda sometido a los vaivenes de un mundo que le domina. Más bien al contrario, es que es preciso ser conscientes de esas influencias exteriores, de esos afectos, para poder tener algún tipo de control sobre nuestras vidas, puesto que, precisamente, el desconocimiento de estos mecanismos nos somete a ellos con mayor rigor.
No cabe duda de que el conocimiento y control de esos mecanismos tiene una importantísima dimensión política. De ahí, los afectos de la política, el análisis de las estrategias que inducen a los individuos a tomar sus decisiones en el campo de lo político. ¿Cómo son afectados los individuos? Esa es una pregunta política de enorme importancia. La política es esencialmente pasional, está movida por pasiones, no por razones, como la tradición dominante defiende. En política no se trata de que un argumento sea racional, o verdadero, sino de que «apasione», influya, a la gente. Las ideas, por sí solas, no tienen fuerza política, es preciso cargarlas de capacidad de afectar. Una idea imprescindible, como la de cambio climático, no afecta, sin embargo, a nuestras sociedades, lo que hace que nuestras políticas sigan realizándose de espaldas a esa acuciante realidad.
De todo ello se desprende la importancia de los medios de comunicación, en la medida en que son la gran máquina productora de afectos. Ellos visibilizan las ideas/problemas, las cargan con un suplemento pasional, las convierten en afectos que condicionarán las actuaciones de los individuos. No solo en el ámbito político, sino en buena parte del actuar humano, sometido, por ejemplo a través de la publicidad, a desarrollar ciertos tipos de prácticas antes que otras.
De ese modo, nuestras sociedades mediáticas, el capitalismo neoliberal consumista, han adquirido una gran capacidad de control sobre los individuos, a los que someten a sus intereses sin conciencia de esa sumisión por parte de la ciudadanía. Pues controlar por afectos alegres es más eficaz, mucho más eficaz, que hacerlo a través del miedo o la violencia. De ahí que promover afectos alternativos, generar otro tipo de pasiones, sea condición indispensable para un nuevo mundo, una nueva política...
No cabe duda de que en nuestras sociedades el instrumento fundamental de construcción de subjetividad son los medios de comunicación de masas. Ellos establecen la agenda de lo que se debe hablar, modelan nuestros deseos de consumo, nos in-forman de lo que ellos deciden que es la realidad. Frente a los poderosísimos medios de comunicación del capital, frente a esas metamáquinas afectantes, tal como las denomina Lordon, las posiciones críticas no presentan más que algunos medios digitales, ningún diario en papel, ninguna televisión, ninguna radio. Mientras el neoliberalismo se infiltra cotidianamente en nuestros hogares para decirnos cómo debemos vivir, qué debemos desear, qué debemos pensar y, por tanto, a quién es razonable votar –de entre las opciones que, cual producto de supermercado, el sistema nos ofrece-, la crítica del capitalismo carece de presencia.
Nuestras políticas están a expensas de lo que el poder, a través de sus medios de comunicación, decida transmitir. Y, ¿cómo vamos a pretender que aquellos cuyos privilegios queremos erosionar hagan un traslado mínimamente ecuánime de nuestras propuestas? ¿No nos encontramos, más bien, con lo contrario, con un constante falseamiento de nuestra práctica por parte de los medios del poder? ¿Cómo pretender propuestas políticas que contrarían los intereses económicos y políticos de sus dueños?
Es imposible avanzar electoralmente si no somos capaces de intervenir en las dinámicas de comunicación y construcción de subjetividad. Si algo me irrita es escuchar esa frase de que . Claro que algo tendrá que ver, en algunos casos, nuestra torpeza, pero cuando es el enemigo el que ha de contar lo que tú haces, ¿podemos esperar otro resultado?
En definitivas cuentas, haríamos bien en dejar de rasgarnos las vestiduras en cada cita electoral y ponernos a trabajar de una vez, en serio, en promover herramientas de construcción de discurso y, por lo tanto, de sujeto. De otro modo, hacer política institucional es tarea, casi, vana.
Juan Manuel Aragües