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La trampa de la identidad o sobre cómo construir un sujeto antagonista.

La trampa de la identidad o sobre cómo construir un sujeto antagonista.

Devenir · Devenir

December 26, 20181h 31m

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Show Notes

Por Juan Manuel Aragüés. Impresionante Aragües. Para enmarcar. Aragües nos aclara porqué son tan necesarios hoy día filósofos como Marx y Deleuze... Seguimos con el tema de la identidad, la diferencia y el posmodernismo, y claro, las condiciones materiales de la existencia... Dejemos que hable Aragües: Vladímir Ilich acuñó la teoría de las dos culturas dentro de una cultura. Para Lenin, en todo momento histórico se produce la pugna entre dos formas de cultura, una que representa una orientación progresista y otra de perfiles reaccionarios... HACIA UNA POSMODERNIDAD ANTAGONISTA Dentro de la Modernidad, a pesar de la existencia de un poderoso imaginario compartido, es posible detectar la existencia de una Modernidad de perfiles más conservadores y otra de carácter más crítico o antagonista. Resulta bastante evidente que no es lo mismo Descartes, con su dualismo antropológico, que Spinoza, con su monismo materialista; o Hegel, con su profundo idealismo, que Marx o Nietzsche y su ateísmo materialista. Ello no obsta para que en los discursos más avanzados podamos encontrar inercias de los perfiles dominantes del momento histórico. Algunas páginas de Marx no son ajenas a ese espíritu progresista y teleológico que preside a la Modernidad dominante, por poner un ejemplo. Lo mismo vale para la Posmodernidad. Nuevamente podemos decir que no es lo mismo Lyotard que Deleuze, Rawls que Negri, Rorty que Butler, por poner algunos ejemplos. Eso lo podemos contemplar, de modo muy claro, en el tema que más preocupa a quienes se lanzan a una desaforada crítica de la Posmodernidad, la cuestión de la diversidad, de la diferencia. Podría decirse que la de la diferencia es una de las cuestiones caracterizadoras del pensar posmoderno. La preocupación por la misma se extiende por una extensa nómina de autores, pero el enfoque de ella se hace tiene implicaciones muy diferentes. Deleuze, como apuntamos en el anterior artículo, lo sintetizaba de manera magistral en las páginas de Diferencia y repetición, al advertir la existencia de dos vías de la diferencia. Una que la incentiva y que desemboca en una incomunicación idiota, de la que, a nuestro modo de ver, Lyotard es el ejemplo más claro, aunque en el tramo final de su obra intente reorientar su posición; otra que la entiende como origen y fundamenta, de ese modo, una política del encuentro, koinota, de búsqueda de lo común, de la que el propio Deleuze se erige en expresión más acabada. Esta última se convierte en perspectiva inexcusable para abordar la política en los actuales tiempos de profunda crisis de las formas políticas representativas. Como apunta Lordon en La société des affects, “no se lucha radicalmente contra el imaginario neoliberal sin atacar su núcleo duro metafísico, es decir, su idea de hombre. El imaginario antídoto es, por consiguiente, antihumanista teórico, un imaginario antisubjetivista”. La crítica al esencialismo de la tradición moderna, la comprensión del sujeto como una producción social, resultan indispensables para llevar a cabo el combate político del presente. Decía Jesús Ibáñez que el sujeto es el objeto mejor producido por la sociedad capitalista. Solo desde la conciencia de esa producción social de subjetividad es posible entablar el combate por la producción de una subjetividad antagonista. La sociedad posmoderna nos coloca ante nuevos problemas y contradicciones que solo desde un discurso posmoderno es posible abordar. Las herramientas modernas, como el teleologismo, el esencialismo antropológico, la idea de progreso lineal, el mecanicismo determinista, no nos son útiles para abordar una realidad que las impugna. En todo caso, muchos autores de esa denigrada Posmodernidad nos aportan herramientas imprescindibles para analizar nuestro presente. En última instancia se trata de reivindicar dos gestos marxianos. El primero, el de mirar a la realidad a los ojos, sin llamarse a engaños, como condición inexcusable para una política materialista. El segundo, abandonar cualquier sectarismo a la hora de buscar herramientas teóricas para interpretar el presente. Marx, voraz lector de todo lo que le sirviera para entender su presente. Y del mismo modo que Marx, aunque moderno, fue capaz de desarrollar un discurso crítico que erosionaba muchos de los supuestos de la Modernidad de la que era hijo muy legítimo, dándoles una orientación materialista, de lo que se trata es de desarrollar una Posmodernidad antagonista, de perfiles materialistas. Porque, en última instancia, y como siempre en la historia del pensar, a lo que asistimos es a la sempiterna pugna entre materialismo e idealismo. LA DIVERSIDAD El último cuento que parece quererse contar una cierta izquierda es aquel que hace de la diversidad una taimada trampa neoliberal, ideada para erosionar las poderosas herramientas teóricas y las prácticas hegemónicas del pasado. La diversidad es entendida como un fruto intencional del neoliberalismo posmoderno que ha desviado al activismo político de las luchas verdaderamente relevantes, que son las que tienen que ver con el ámbito de lo material, es decir, económico. Entre los muchos problemas que se derivan de la crítica de la diversidad, el que me parece más relevante es el que, en realidad, se realiza desde la misma perspectiva esencialista e identitaria que se pretende combatir. Más que de una trampa de la diversidad, nos hallamos es ante la trampa de las identidades, una trampa que imposibilita la construcción de un sujeto político antagonista de amplio espectro. El resultado es que, lejos de solucionar el problema, se recae en esa política idiota (de idion, particular, propio) que se pretende impugnar. Ciertamente, se denuncia un problema preocupante: el de la idiocia de ciertos movimientos sociales, que solo saben pensar en su estrecho campo de interés. Pero es un problema que no se soluciona argumentando que la identidad de clase subsume el resto de contradicciones y luchas, porque bebe del mismo esencialismo que se critica. No se trata de buscar qué identidad es más inclusiva, pues las identidades no implican posición política: ser obrero no implica ser revolucionario, como ser mujer no implica ser feminista, ni ser homosexual te convierte en defensor de los derechos de los oprimidos. Eso ya lo supo explicar de manera magnífica, y muy divertida, Paco Vidarte en su Ética marica. Intentaré abordar esta espinosa (¿Spinoza?) cuestión desde dos autores que creo que contribuyen a colocarla en sus justos términos: Marx y Deleuze. No se trata de buscar qué identidad es más inclusiva, pues las identidades no implican posición política: ser obrero no implica ser revolucionario, como ser mujer no implica ser feminista, ni ser homosexual te convierte en defensor de los derechos de los oprimidos. Marx es un autor que, desde su lógica materialista, erosiona el esencialismo de la tradición filosófica idealista y desarrolla una propuesta que tiene muy en cuenta la complejidad de lo social. Por decirlo de manera muy contundente: Marx carece del simplismo en el que han caído muchos de sus seguidores. En la caracterización del sujeto, lo entiende como “el conjunto de sus relaciones sociales” (Tesis VI sobre Feuerbach, también algo semejante escribe en su Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel), es decir, no entiende que pueda ser definido, de modo exclusivo, por su posición de clase, sino por el conjunto de mediaciones (como luego desarrollarán Lukács y Sartre), que le atraviesan. Claro que la posición laboral del sujeto es determinante para Marx, no puede ser de otro modo en un momento histórico en el que la mayoría de la población está sujeta a interminables jornadas laborales y apenas dispone de tiempo para cultivar otras relaciones sociales, pero no es, en absoluto, la única. Y, desde luego, con el paso del tiempo, con la aparición de otras formas de capitalismo, en las que el tiempo libre es colonizado por el consumo y los medios de comunicación, como bien apunta Bernabé, las relaciones constituyentes del sujeto no pueden ser entendidas como lo fueron a finales del siglo XIX. Pero aunque Marx conceda privilegio a la cuestión laboral, esa posición de clase no es determinante políticamente. Porque una cosa es la clase desde una perspectiva sociológica y otra desde una perspectiva política. Marx pone cuidado en distinguirlas, pues si es evidente que quienes comparten espacio en la fábrica pertenecen a la misma clase sociológica, no tienen por qué hacerlo a la misma clase política. No en vano, una de las tareas de los comunistas (y creo que Marx lo era, a pesar de no trabajar en ninguna fábrica) es constituir a los proletarios en clase, como bien dice en el Manifiesto comunista. Es decir, por el hecho de ser proletarios no constituyen, políticamente, una clase, pues la clase, lo recuerda en Miseria de la filosofía, es posterior a la lucha de clases. Primero se establece una lucha y, en esa lucha, se constituyen las clases, los sujetos políticos, reflexión que podemos extender al conjunto de los movimientos sociales. Como ya he argumentado en alguna ocasión, la condición de mujer no te convierte en feminista, ni la de hombre te incapacita para participar en el movimiento. Desde esta perspectiva, ajustada al planteamiento de Marx, pertenece a la clase obrera quien, como Marx, participa en la lucha contra el capital, y, del mismo modo, pertenece al movimiento feminista quien lucha contra el patriarcado. No se trata de esencias, de posiciones sociales determinantes, sino de prácticas, como no se cansa de insistir Marx. La clave no es cargar contra la diversidad, sino pasar de políticas idiotas a proyectos koinotas, es decir, superar ese sectarismo que, por cierto, no ha nacido con la posmodernidad, sino que ha sido seña de identidad –identidad- histórica de una cierta izquierda. Por ello se trata de crear una izquierda diferente, pero no idiota. DELEUZE Y LA DIFERENCIA Por otro lado, Deleuze nos proporciona una magnífica argumentación para hacer frente a esa idiocia que, con razón, se critica en ciertos colectivos sociales, y de la que no están exentas tampoco las argumentaciones obreristas. Lo hace cuando, en Diferencia y repetición, aborda la cuestión de la diferencia desde una perspectiva política. Escribe Deleuze: “Consideremos dos proposiciones: sólo lo que se parece difiere; y sólo las diferencias se parecen. La primera fórmula plantea la semejanza como condición de la diferencia; Según la otra fórmula, en cambio, la semejanza, y también la identidad, la analogía, y la oposición, sólo pueden ser consideradas como efectos, productos de una diferencia primera o de un sistema primero de diferencias”. Deleuze nos está hablando de dos modos de entender la diferencia. La primera es el resultado de la destrucción de la semejanza y supone la promoción de la diferencia, la glorificación de la misma. Frente al histórico primado de la identidad, se trata de promover las diferencias, lo que, desde una perspectiva política, desemboca en esa idiocia de la que venimos hablando. A fuerza de buscar diferenciarnos, nos volvemos incapaces de encontrarnos con los demás, pues construimos una identidad de rasgos extremadamente específicos. Ciertamente, esa es una práctica presente en ciertos colectivos actuales, para los que es preciso acrisolar una serie de características para no resultar sospechoso de pertenecer a un grupo privilegiado. Pero ese listado de características acuñado por un colectivo es replicado por otro, que coloca al anterior en el listado de los privilegiados, y viceversa, en un aberrante y peligroso juego de sospechas y descalificaciones que conduce al más profundo sectarismo. Se razón en denunciar esas prácticas, pero no en convertirla en la única posible en el campo de la diversidad. Existe, por el contrario, una segunda posibilidad, que es partir de la diferencia que nos constituye, esa que Marx constata al entender que somos el conjunto de nuestra específicas y singulares relaciones sociales (no en vano, Marx, en los Grundrisse, acuña el concepto de individuo social), y que solo admite un camino político, el de la búsqueda de lo que nos une, de lo que podemos construir en común. Frente a los idiotas, que se regocijan en su diferencia y que imposibilitan el tráfico político entre aquellos que no habitan los estrechísimos márgenes de su territorio, los koinotas, permítaseme el neologismo, desde la conciencia de su diferencia constitutiva, apuestan por la construcción de un proyecto común, por el paciente tejido de redes que diseñen un sujeto político, antagonista, sí, pero lo más amplio posible. CONCLUSIÓN Sin duda, no es preciso ser vegana, homosexual, racializada y precaria para tener derecho a alzar la voz contra las injusticias, pero tampoco es justo entender que cualquiera de estas posiciones es fruto de una estrategia neoliberal. No cabe duda de que el neoliberalismo, el capitalismo, posee una aguda inteligencia que le permite fagocitar en su favor, sobre todo en dinámicas de consumo, aquello que en un determinado momento ha nacido desde una voluntad crítica con el sistema. Pero sería un profundo error tirar al niño con el agua sucia. La clave no es cargar contra la diversidad, sino pasar de políticas idiotas a proyectos koinotas, es decir, superar ese sectarismo que, por cierto, no ha nacido con la posmodernidad, sino que ha sido seña de identidad –identidad- histórica de una cierta izquierda. Por ello se trata de crear una izquierda diferente, pero no idiota. (Juan Manuel Aragües)