
El Código de la Redención (Pastor Andrés Mejía)
Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP · Iglesia ETP
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La Iglesia de hoy esta enfrentando uno de los problemas más terribles de todos los tiempos en su historia, LA TOLERANCIA Y LA ALCAHUETERÍA. Desde el comienzo Dios ha anhelado un Pueblo que sea Su Pueblo y que Dios sea su Dios; para que esto ocurra es necesario que la iglesia sea transformada conforme al carácter de Dios.
Para poder entender el Código de Redención es necesario ir a los inicios, a los tiempos del Éxodo; El pueblo Hebreo (El pueblo de Dios) fue sometido a tributos y a esclavitud y opresión, los amargaron con dura servidumbre y los hicieron servir con dureza en toda labor del campo y en todo su servicio los obligaban con rigor.
Nace Moisés, al que Dios designó para sacar a Su pueblo (Israel) de la esclavitud, crece y ve a sus hermanos en duras tareas, mata a un Egipcio que maltrataba a uno de los suyos y por temor a que Faraón lo mate huye de Egipto hacia la tierra de Madián.
Muere el rey de Egipto y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre y clamaron y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre y oyó Dios el gemido de ellos y se “Acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob y miró Dios los hijos de Israel y los reconoció”.
Dios llama a Moisés estando apacentando las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, en el monte Horeb, monte de Dios y el Angel de Dios se le aparece en una llama de fuego en medio de una zarza… Se identificó como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob y le dijo: He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto…Y toma la decisión de libertarlos.
Muchos de los que están aquí, que forman parte del pueblo espiritual de Dios, necesitan ser reconocidos por Dios, y hoy están clamando por causa del Egipto que se ha introducido en sus vidas, su hogar y su familia y hoy te invito a que levantemos nuestra voz y clamemos a cuello tendido: “Señor mira mi aflicción, reconóceme como tu pueblo, ayúdame, sácame de la esclavitud en la que estoy…” Dios ha visto la aflicción de su pueblo y ha oído el clamor a causa de nuestros exactores, ha conocido nuestras angustias y ha descendido hoy para librarnos de mano de todos nuestros enemigos.
El código de la Redención consta de:
El Misterio de la Cruz: Muerte para Redimir
Entender la Cristología es, en esencia, entender el Evangelio; sin embargo, muchos llenan las bancas sin comprender la magnitud de la Cruz. Dios, en su naturaleza eterna, no tiene principio ni fin, pero se hizo visible y ocupó un cuerpo humano con un propósito sagrado: poder ser herido. Si Cristo no se hace hombre, no puede participar de la muerte, y es precisamente esa entrega la que hace a Dios aún más grande ante nuestros ojos.
Vivimos en una cultura que busca el crecimiento pero le huye a la muerte; el miedo humano se resume en esa palabra. Pero el Señor vino con un diseño claro: se hizo hombre para poder morir y murió para poder redimir. ¿Por qué este sacrificio extremo? Porque sobre nosotros pesaba una demanda judicial del tribunal del cielo que exigía el cumplimiento de una ley tajante: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." — Romanos 6:23 (RVR1960)
Sin Cristo como nuestra redención, lo perderíamos todo para siempre. Por eso se manifestó el misterio de la piedad: para que en ese madero, Aquel que es eterno pagara nuestra deuda y nos devolviera la esperanza.
Hoy muchos ostentan cruces, pero carecen de la doctrina de la cruz. Debemos entender que, en su origen, la cruz no era más que una herramienta de tortura y vergüenza; miles murieron en ellas antes y después de Cristo, pero fue Aquel que se entregó en ese madero quien la hizo memorable y gloriosa para nosotros. Por eso, mantener a un Cristo colgado en una cruz hoy es una ofensa directa a la Resurrección y una victoria indirecta para el enemigo, quien intenta susurrar que la obra no se consumó. Pero la Palabra es contundente: "No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor." — Mateo 28:6 (RVR1960)
Pablo, un hombre de linaje y poder, entendió que el Evangelio no se mezcla con méritos humanos ni filosofías baratas. Mientras el mundo intentaba (y sigue intentando hoy) convertir la cruz en una decoración eclesiástica o en una ley de hombres, Pablo fue tajante al declarar que nuestra única jactancia es el sacrificio que nos separa del sistema del mundo:
"Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo." — Gálatas 6:14 (RVR1960)
La cruz jamás fue un símbolo estético; es el escenario de la gloria donde el instrumento de vergüenza se convirtió en nuestra mayor victoria.
Dios es tan grande que estuvo dispuesto a perder Su vida para que nosotros tuviéramos vida; perdió Su lugar de gloria para darnos a nosotros un lugar ante el Padre. Sin embargo, el drama de hoy es que se habla demasiado de lo que el cristiano puede poseer y muy poco de lo que Cristo ya consumó. Hemos cambiado la predicación de la Redención por una psicología barata y "píldoras de optimismo" que solo alimentan el ego. La prédica moderna gira en torno al "yo", a cómo sentirme bien, cuando el mensaje bíblico gira en torno a cómo morir al pecado.
¿Qué es la Cruz? La Cruz es muerte. Es el escenario donde el sacrificio y el arrepentimiento le ganan la partida al deseo humano. Por eso el mundo no la entiende, pero para nosotros es la fuente de autoridad:
"Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios." — 1 Corintios 1:18 (RVR1960)
La Cruz es el único poder que me permite morir a lo que yo soy para vivir para Aquel que me salvó. Si Jesús dejó Su trono para morir por mí, ¿cómo me atrevo yo a no morir a mis gustos para agradarlo a Él? La Cruz no es una sugerencia, es el poder para transformarme, para renunciar a la iniquidad y para abandonar lo que Dios aborrece. A todo aquel que dice "no puedo", el Código le responde: necesitas el Evangelio de la Cruz. Porque el seguimiento de Cristo tiene una condición innegociable:
"Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame." — Lucas 9:23 (RVR1960)
La Sangre: El Precio Innegociable de Nuestra Libertad
Llegamos a la esencia misma del Evangelio: la Sangre. Este es el mensaje que define nuestro destino eterno; o nos lleva al cielo o nos hace perderlo todo. El apóstol Pedro nos llama a un temor reverente, recordándonos que nuestra libertad no tiene una etiqueta de precio humana. No fuiste rescatado con oro ni con plata, que son cosas que perecen y se devalúan, sino con la divisa más alta del Reino: "Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación." — 1 Pedro 1:18-19 (RVR1960)
Nuestra herencia vacía y esa vana manera de vivir no se podían pagar con lo que el hombre cuenta con sus manos. Fue necesaria la Sangre Preciosa de Cristo, un sacrificio que jamás fue un "Plan B" de emergencia, sino el diseño eterno de Dios manifestado hoy por amor a nosotros. ¡Nuestra esperanza no descansa en un mártir derrotado, sino en el Dios vivo que levantó a Cristo después de que Su sangre fuera derramada para nuestra redención!
Pecar contra un Dios Santo no es un error de cálculo; es un riesgo eterno. El pecado no respeta vocación ni estatus social, y cuando se vuelve continuo, nos expone al castigo d...